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SERENA 

 

Cuenta la gente del pueblo que cuando Serena estaba presta a venir a este mundo y apenas faltaba una semana para su nacimiento, se oyó un trueno sobre el cielo de la campiña que rugió como un león con gran fuerza, y el estruendo fue tal que no se vieron pájaros en el cielo por semanas. Era el tiempo de los aguaceros bíblicos que desbordaban presas con su terrible plañido, arrasaban bosques de flamboyanes y ahogaban aldeas enteras a su paso.

El día de su desgracia, la madre de Serena regresaba de su jornada muerta de cansancio. Venía arrastrando los pies que le pesaban como columnas de cemento. Trabajaba de sirvienta en una hacienda cercana y le dolían los dedos de tanto pelar ajos y fregar los pisos. Dicen que la mujer se detuvo en el camino a respirar el olor añejo de la tierra húmeda que se levantaba desde el pasto como el heraldo de la tormenta en la cercanía, y recordó que había olvidado preparar la cena, así que apretó el paso. Mientras avanzaba con rapidez a través del páramo e iba arrastrando los huaraches de hule contra las piedras, sintió los dedos del viento destrenzando su largo cabello que le llegaba hasta la cintura, de donde saltaron una docena de chispas que parecieron incendiar el cielo cárdeno al contacto con la atmósfera. Nunca supo cómo fue ni en qué momento, pero al parecer de entre las nubes se dejó caer un rayo que golpeó como un látigo ardiente sobre su menudo cuerpo, atraído quizás por el pararrayos de su trenza. No fue sino hasta un par de horas más tarde que unos campesinos la encontraron flotando desnuda a la orilla de un río y se la llevaron cargando hasta su choza.

Por fortuna, el cuerpo gestante de la madre sobrevivió al aguijón de fuego, pero el relámpago le había penetrado la mollera y le había escapado por uno de los dedos del pie, calcinándole los vellos del pubis y las pestañas. También cuentan que con el correr de los días el cabello se le volvió metálico y los ojos cansados se le llenaron de cataratas por el flechazo de luz. Aun cuando la criatura no sucumbió en el accidente ni tampoco sufrió daño alguno dentro del marsupio de su madre, su tez de mulata sí cambió. Su dermis se tornó extranjera y violácea como la piel de las ciruelas, lo que en su juventud despertaría el anhelo de los hombres del pueblo y le granjearía la envidia de muchas mujeres. Fue así como Serena, hija del trueno, arribó a este mundo sorprendiendo a curiosos y extraños con ojos incendiados del color del ámbar, y se convirtió en la criatura más encantadora que haya florecido en aquellas regiones del país. Tenía el nombre de un cielo sin nubes, del mar en reposo.

De alguna forma sus padres siempre supieron que Serena era una niña diferente. Y lo supieron no por la belleza extraordinaria de su piel malva que la hacía resaltar del resto de las mujeres al igual que una flor bucólica abriéndose paso entre la nieve, sino porque muy rara vez pronunció palabra alguna hasta cumplir los ocho años.

Desde muy pequeña, Serena se mostró reacia a cualquier contacto humano. Era un animal salvaje que escarbaba la tierra con los dedos buscando piedras de colores y sabandijas, y mordía la hierba como un potro. Al igual que otros chiquillos de la aldea, le gustaba galopar descalza por el monte y arrancar cosmos desmayados por la lluvia. Pero al contrario de los otros niños, ella nunca dormía en casa, sino en el corral de los caballos. La verdad es que la niña se sentía más a gusto hablando el lenguaje de los animales que el de los hombres, y aprendió a hablar pájaro a los diez años. Estudió el canto de las aves, sus gorjeos y su piar, y podía predecir con gran destreza si caería lluvia abundante esa temporada o si habría sed en el campo. 

–Este año tendremos sequía –dijo–.

–¿Quién te ha dicho semejante cosa, Serena? –preguntó el padre asombrado, pues era la primera vez que escuchaba hablar a la niña en mucho tiempo–.

–Las aves. ¿Ve cómo vuelan en parvada escapando de la mano del viento?

–Sí

- Es que están escribiendo mensajes en el espejo del cielo. 

–¿Y qué dicen?

–Que no habrá ni una gota de agua en todo el valle.

No obstante, a pesar de sus habilidades de adivina y de poder leer el augurio de las aves, la gente la observaba transitar por el pueblo como una criatura errante a una distancia prudente, pues sus ojos amarillos les producía un terrible escalofrío. Durante años se rumoró que el mismo diablo la había tocado con el rayo, arrancándole la lengua aquella noche en la tormenta. De modo que su madre, para evitar el cotilleo incesante de las vecinas que la tenían más que harta, se dio a la tarea de educarla ella misma en las labores de la casa y la preparó en el arduo artificio de ser mujer.  

–¡Niña tonta! ¿Quién te dijo que los ajos se pelan así –dijo–. Debes aprender a ser buena esposa.

A pesar de los castigos dolorosos que a menudo la madre se inventaba para hacerla hablar, ya fuera quemándole los brazos con cera caliente o encerrándola en casa por semanas, Serena no tuvo ánimos de articular sonido alguno y el instrumento de su garganta se desafinó con el tiempo. En algún punto de su trágica historia, los padres de la muchacha llegaron a creer que esa chiquilla desnutrida en verdad había perdido la voz por completo de forma misteriosa, pues nunca rechistó ni una sola palabra cuando su padre la tomó de la mano un día y la trepó en el lomo de una mula, llevándola al monte para venderla con un hombre veinte años mayor que ella.

–¿Qué opina? –dijo el padre, arrimando a Serena para que el hombre pudiera examinarla más de cerca–.

–Pues la verdad está muy delgada la chiquilla y tiene un busto de pichón que apenas si se asoma, aunque sus dientes están blancos como conchas –respondió el hombre, hurgando en la boca de la niña con el dedo–.

– Pero las ancas de india son buenas para sembrar hijos –se apresuró a responder el padre–. Y además puede predecir el temporal.

–Sí, puede ser que tenga usted razón.

–Obedece a tu esposo siempre, Serena. Sé buena mujer –sentenció el padre–.

–Tres mil pesos tal como lo habíamos acordado, ¿cierto? –preguntó el hombre, sacando una bolsa de cuero con monedas de entre sus ropas–. Ahí está mi parte del trato. Cuéntelo.  

–No hace falta, jefe –dijo el padre–. Somos hombres de palabra, ¿qué no?

Así, sin más ni más, el viejo se dio la media vuelta y se alejó contando el dinero con el corazón contento por un camino de terracería, para desaparecer detrás de un cerro.

Aquella mañana, sin embargo, Serena permaneció afónica todo el trayecto hasta su nueva casa y no movió los labios mientras iba sentada sobre la carreta. Mientras él la iba tanteando con sus dedos bajo las bragas e iba preguntándole sobre guisos y artes culinarias, ella miraba en silencio el matiz encarnado de los mirasoles que apuntaban boquiabiertos al cielo tragando las primeras gotas de lluvia. Ese hombre tosco era Genaro, el hombre que milagrosamente le devolvería la voz a puntapiés en los años venideros.

Al cabo de un tiempo, el espíritu silvestre de Serena cedió bajo el yugo de su amo al igual que su juventud de leche, y esa mujer se volvió una hembra dócil, casi igual de mansa que un perro. Jamás se supo que se quejara de algo, porque sabía de antemano que de haber chistado una sola palabra aquella tarde, de haberle pedido que recordara sus deberes matrimoniales que tanto había jurado en el altar cuando se casaron unos años más tarde en el pueblo, habría perdido hasta las muelas. Ya antes había tenido que escapar bañada en sangre y había corrido a refugiarse en el hogar cercano de una comadre. Pero Genaro siempre la iba a buscar hasta el mismo infierno con pistola en mano y la sacaba de donde estuviera escondida. Sólo bastaba con peinar el aire con su olfato minucioso y de inmediato ubicaba el rastro en la brisa, y entonces la traía de vuelta, arrastrándola por todo el camino, hasta que por fin la metía a empujones y la pobrecilla, con la boca atragantada de polvo y los codos arañados por las piedras, se guarecía como una gata asustada a llorar bajo la cama.

–Genaro, mi amor, yo te amo… ya no me pegues, por favor –pedía la mujer, abrazándose los pechos–. Te lo ruego.

–¡Cómo chingados no, tú eres mi mujer y aquí haces lo que yo te diga! ¡faltaba más! –gritaba Genaro, mientras picaba con la escopeta bajo el colchón como si se tratara de un arpón ballenero–.

Así que Serena se clavaba una flor en el pelo para apaciguar el alma de Genaro y pasaba las tardes desviviéndose en atenciones maternales para su esposo, procurándolo con gran dulzura en todo momento y viéndolo sorber la sopa caliente.

–Esto sabe a mierda. A ver si aprendes a cocinar, pendeja –le dijo, aventando el caldo contra la pared de la cocina y saltó enfurecido sobre ella, lanzándola de un manotazo contra el muro.        

Esa misma noche, bajo el fulgor de un quinqué de aceite que alumbraba la habitación, Genaro decidió perdonarla en silencio y sintió entonces unas ganas tremendas de hacer el amor bajo las sombras que bailoteaban en el techo.

–Flaca, ¿estás despierta? –le dijo–.

Sintió el cuerpo tibio de Serena al otro lado de la cama, acostada de espaldas, y lanzó el gancho de su brazo para atraerla contra su pecho. Notó que la muchacha estaba indispuesta, que refunfuñaba algo extraño entre sueños, que le rechazó las caricias al primer intento pues le dolían los pechos al apretarla contra su cuerpo, pero no le importó. De pronto, el hombretón la montó como a una yegua tratando de iniciar los primeros movimientos del amor, y Serena lo rechazó con la fuerza de su brazo y sus codos, aventándolo a un lado.

–¿Ahora qué chingados te pasa, eh? –gruñó Genaro, abriéndose la cremallera del pantalón–.

–Nada –respondió ella–. Tengo la garganta seca.

Serena se levantó de la cama y fue entonces a la cocina. Al fondo de una de las gavetas estaba escondida una botella de alcohol que sólo utilizaba en contadas ocasiones cuando horneaba los pasteles que tanto le gustaban al esposo, así que la abrió y le dio un gran sorbo. Aquella noche, sin embargo, se dio valor tomando tequila para amarlo en la penumbra del cuarto y hundir la cara en ese pecho lanoso. Su barba le picó el escote, tensando todos sus nervios al instante, y sintió el asco de una lengua recorriendo su cuello, besándola. Bajo la carne de aquél hombre monstruoso le ardieron las entrañas. 

Genaro despertó al primer cacareo del gallo. Le pidió a Serena que le prepara el desayuno. «¡Muévete!», le dijo. Se lavó la cara y los sobacos con el agua de una palangana, se puso una camisa limpia, y partió rumbo a la hacienda, con su mula a un costado. Ella se quedó en la puerta mirándolo con su cuerpo yerto y los ojos mirando al vacío, como si el alma se le hubiera desinflado por el ombligo, viéndolo alejarse cada vez más y más hasta que el hombre fue sólo un punto apenas visible en el horizonte. Después, la muchacha se recogió el cabello con la ayuda de algunas horquillas y se fue a lavar la ropa al río.

Entonces sucedió que, dos días después, a Serena se le ocurrió bajar a la aldea a comprar provisiones. Desde que se le empezó a marchitar la vida a lado de aquél hombre horrendo, el recuerdo del pueblo con su plaza amplia y su quiosco de hierro forjado, sus tiendas de raya y sus ancianos vestidos con calzones de manta, comenzaba a ser tan vago como una fotografía en sepia en un periódico carcomido. No había vuelto a pisar ese lugar en más de ocho años, y no porque lo tuviera prohibido, sino porque ella conocía a la perfección los ataques de celos que Genaro sufría cuando otros hombres se le acercaban para ayudarla a cargar las provisiones. Era tal su delirio, que la enfermedad podía tumbar a Genaro en cama durante semanas, o la boca se le iba de lado, o las anginas lo ahorcaban, o los ojos se le enyerbaban de derrames. Parecía un perro con rabia. Así que prefería evitar esas escenas. De modo que aquel día la muchacha aprovechó la ausencia del esposo para vestirse con las mejores ropas que tenía, se envolvió un chal alrededor de los hombros cubriendo la cabeza, tomó el dinero de una lata de café en la alacena, y se fue caminando, cuesta abajo, hasta el pueblo.

El primer lugar que Serena volvió a visitar y que al principio no reconoció del todo fue la iglesia. Enormes setos bordeaban el atrio bajo los árboles, y una fuente de piedra con querubines labrados escupía el agua a borbotones. La muchacha fue a persignarse frente a la puerta y luego se sentó en el primer escaño. Pidió por el perpetuo descanso del alma de su madre, muerta hacía ya tanto tiempo, pero le reprochó en silencio que no tuviera el coraje suficiente para defenderla cuando la arrancaron de sus brazos. No pudo evitar sentir rencor para su padre que llevaba años enfermo, pues recordó el precio que había cobrado al venderla aquel día en el monte, por lo que no hubo plegaria alguna para su alma. «Ojalá se queme en el infierno, tata», pensó. En cambio, pidió a los santos que Genaro pudiera reprimir un poco más su naturaleza brava, que ya no le floreara la boca; que no la dejara tirada, ahogándose en charcos de sangre. Se dejó llevar por el olor penetrante del incienso y la cera de las velas derritiéndose a los pies de una virgen, y cerró los ojos.

Al salir del templo, vio a las parejas de novios que marchaban alegres hacia la plaza y se iban a comer viandas en las bancas alrededor del quiosco, mientras una banda de viento tocaba en lo alto de un escenario improvisado. Sin embargo, pudo descubrir un rostro familiar entre la multitud, a lo lejos. Bajo la sombra espesa de un sabino había una pareja besándose. Pudo percibir que las ropas de algodón y el sombrero eran muy parecidas a las de Genaro esa mañana, que bien podrían haber sido como las de cualquier otro hombre en la plaza, si no fuera por el cinturón de cuero azul que siempre portaba su marido y con el cual le había aporreado la espalda en varias ocasiones. «Tiene que ser él, no hay duda», se dijo. Temerosa al principio, pero después con una gran resolución, Serena serpenteó hasta donde estaban sentados los enamorados y se puso a espiarlos detrás de un árbol. Sólo entonces cayó en la cuenta de que el esposo le daba la vuelta con una india del pueblo, una chiquilla tonta de cuerpo de pájaro que parecía estar hechizada con los galanteos del hombre. Entonces sintió que la boca se le encharcaba con el sabor amargo de la bilis y deseó tener un revolver para clavarle una dumdum en el pecho. «Ese malnacido no sabe con quién se ha metido», se dijo. Era tanto su cólera, que los ojos se le abrieron como faros y se le cubrieron de diminutas vetas purpúreas, ahogados de rabia. Luego entró a un almacén que tenía los anaqueles repletos de numerosas mercancías y compró todos los víveres que necesitaba, junto con una caja de veneno. Una hora más tarde, ya en casa, Serena estaba apurada en la cocina horneando un delicioso biscocho.  

Aquella tarde funesta, sin embargo, Serena perdió el sentido del olfato. Cuando Genaro se quitó el sombrero y abrió la puerta de un manotazo, el olor a pan recién horneado le golpeó las narices, abriéndole el apetito. No pudo resistir la tentación y corrió a clavar su dedo en el betún añil, llevándoselo a la boca. «Espera a que se enfríe», lo reprendió en el acto, esbozando una sonrisa perversa que apenas pudo difuminar tras un semblante radiante. «Anda, ve a lavarte las manos», le dijo. Genaro tenía la mirada de un niño, ansioso por probar la suave torta deshaciéndose lentamente en su boca, e incluso se apuró a sacar los platos polvorientos de la alacena y puso los cubiertos que tenían sobre la mesa. Quizás la enorme dulzura y el amor ilusorio en los ojos de Serena aquel día habían logrado hacer milagros, templando la naturaleza feroz de ese hombre tosco. La comida le había vuelto a recordar el fogón en casa de su madre mientras le horneaba galletitas de cacahuate y tartas rellenas de manzana. Para su desgracia, Genaro se tragó el cuento de que la fiera que dormía agazapada en el corazón de Serena había sido domada por completo, y por un instante pensó que su mujer al fin había comprendido cuál era su lugar en aquella casa.

Afuera, el viento ronroneaba en el mosquitero de la puerta, y Serena la cerró de un sólo golpe.

–Hay muchos gorriones piando en los árboles –dijo la muchacha–. Se avecina una gran tormenta.

–No es un buen augurio entonces –respondió el hombre–.

–Ya lo sé. Será una mala noche sólo para unos cuantos –dijo–.  

Serena encontró en el augurio de su trinar que el desastre llegaría.

Cuando terminaron el ritual de la cena, la mujer recogió los platos y le pasó el cuchillo a Genaro para que hiciera los honores. El hombre se dispuso a cortar el pastel con gran frenesí y reservó un gran pedazo para sí mismo. No había terminado de darle el tercer mordisco a la torta cuando un sudor frío le empezó a caminar por el cuerpo, bajo la piel, haciendo que su estómago se crispara del dolor. La ponzoña le había mordido el pecho, sujetando su corazón entre sus dientes, sofocándolo.

–Maldita india, ¿qué me hiciste? –chilló Genaro, llevándose las manos al pecho–.

El hombre caminó algunos pasos estirando su brazo, tratando de alcanzar a Serena que sonrió impávida a su amo, pero ésta dio un brinco hacia atrás y él cayó de bruces sobre la plancha de cemento, inconsciente. Serena creyó que había muerto y corrió de inmediato a buscar una sábana del ropero. Empezó envolviéndolo por la cabeza para cubrir su horrible cara de espanto con los ojos de pescado llenos de miedo, y luego amortajó el torso que le tomó un poco más de tiempo debido a la amplitud de la espalda. Mientras le quitaba los huaraches de cuero, sintió que una mano rústica la tomaba por detrás, arrancándole los cabellos.

–¡Suéltame! –le ordenó, mientras su blusa se hacía jirones–.

La mujer clavó sus dedos de india salvaje en las cuencas de Genaro como dos aguijones (quien aulló de dolor), y un ojo botó de repente como un tapón de corcho sobre la cara del hombre, el cual quedó colgando de un fino hilo de seda cubierto de sangre.

 –¡Ya muérete! –le dijo–. 

Lo vio por última vez tendido boca arriba y con las fauces abiertas sobre el piso de la cocina. Tenía las órbitas del color de la carne viva, y se guardó la canica blanquecina en el bolsillo del delantal. Salió de la casa caminando despacio bajo un cielo púrpura y se sacudió el cabello cubierto de polvo. Al pasarse la lengua por los labios secos la boca le supo a plasma; entonces sintió un sabor ácido y metálico que le recorría la garganta. A lo lejos se podía oír el ladrido de unos perros corriendo despavoridos por la calle, entre las pencas. Por último, la muchacha entró en el corral de los pollos, que se arremolinaban en torno a ella impulsados por el hambre, hurgó en el fondo del bolsillo, y arrojó el ojo de seda entre las zancas de los pollos, que picotearon el globo con desesperación hasta reventarlo.

Cansada y con el cuerpo entumecido, fue a recostarse a su habitación. Era tal el dolor que traía acumulado sobre los hombros que no pudo evitar caer rendida sobre el catre y se durmió profundamente, casi de inmediato, dejándose caer en la densa bruma de su realidad.

En su sueño, Serena pudo olfatear el aroma de la hierba fresca creciendo bajo sus patas y el hedor agrio del estiércol de algunas vacas pastando en la cercanía. Tuvo la intención de olvidar todo cuanto había hecho aquella tarde en esa casa maldita, dejar el cadáver tumefacto sobre el piso de la cocina con la sangre todavía caliente. Al cabo de un largo rato, empezó a reconocer algunos sonidos en el ambiente que le llegaban al azar desde todas partes dentro de aquel espejismo donde se encontraba atorada (el rebuzno de un asno quejándose; el tamborileo de las pezuñas de un caballo corriendo a todo galope por el campo), y alcanzó a oír su nombre, murmurado dulcemente al oído en una voz de niña: «Serena, despierta». De pronto sintió unas manos de hombre que le acariciaron el lomo y que le propinaron una tremenda nalgada a la altura de las ancas tratando de despertarla. Quiso seguir durmiendo, deseó seguir anclada a la cama sintiendo el calor de las sábanas bajo su cuerpo maltrecho, pero esta vez el golpe enérgico de un fuete en las costillas la obligó a abrir los ojos de repente, calcinando sus pupilas de ámbar al chocar contra una luz de espanto.

Cuando Serena intentó hablar y preguntarle al capataz dónde se encontraba, un relincho grave brotó de su boca, y sintió que los labios carnosos se le ponían cada vez más pesados y se retorcían sin control sobre una pared infinita de enormes dientes. Sintió que la crin de su cabello se ondulaba al soplar el viento, y alcanzó a divisar una cola que brotó a un costado y se movió de forma autónoma, espantando a las moscas que bajaban a beber gotas de linfa en su negro pelaje.           

Cuando por fin Serena despertó de la duermevela y cobró conciencia de que había estado durmiendo todo ese tiempo, giró la cabeza tratando de enfocar con sus orejas cuanto sonido se escuchaba en el corral, y vio la vida desde sus preciosos ojos equinos mientras comía hierba. Aquella mañana, Serena soñó que era una mulata que podía ver a colores.

© Rigatito Némesis, 2014.

Imagen

GUINEA PIG EYES

Those were times of heavy rainfall when he came to this world. From an early age and when he still resembled more a tadpole with a tail –without any fingers in his hands nor tongue to stand for himself–, his parents chose his destiny from the very beginning and, in doing so, he was cursed for his entire life. They did so by simply opening an old book crammed with names on a page, pointing to a word at random, and uttering the spell: Claudio. Since then, the deformed creature came alive writhing inside his mother’s womb just like a maggot; he was no longer an embryo curled inside his warm cocoon. That was the precise moment when he became a human being and decided to open his eyes for the first time. Long after, he was re-baptized with the same troubled name by his parents, who fortuitously sealed his existence with the gloomy star of his fate: Claudio –which in Spanish means “the lame”–.

That little boy with huge bulging eyes and guinea pig’s teeth always envied some soccer players that he used to watch on TV. He was a lad who would spend most of the day doing a dozen tricks with a soccer ball in the dusty field of a small park near his house. However, the threads of his future life had already been woven, so the great hobby of Claudio was not football indeed, but girls.

At age 10, he decided to spy on one of his female neighbors through the window of her bedroom. In order to do so, he climbed up to the top of a jacaranda tree with the amazing skill of a monkey, but while he was climbing, Claudio accidentally slipped and fell face down on the flowers that were in the yard. Both of his legs and some vertebrae got broken. He was badly hurt. He spent nearly six months embedded in a brass bed watching black-and-white TV every day, so that his silhouette almost seemed stamped in the bed mattress on purpose. For this reason, his legs rapidly slimmed down to the point that they looked like two long and skinny tubes; they almost resembled a cricket’s legs.

Since that horrible accident, he had the feeling that his legs were unsoldered to his hips, so he had difficulty walking. As a result, some school guys were mean to him and they used to make fun of him at recess, yelling at him: “Here comes Claudio, the cripple”. Consequently, his classmates always excluded him from any soccer match because, frankly speaking, he never scored a single goal in his life. He was not good at playing. He could barely run, so he would remind you of a frail chicken with a broken leg. As a result, school girls always thought of Claudio as a fragile, feeble creature, and they constantly felt sorry for him. All of them refused to speak to him, even Leticia, the spoiled girl to whom his heart was utterly devoted. In fact, she was the main reason why Claudio had broken both of his legs that night as he watched her taking off her dress. Nonetheless, they used to be sickened by seeing that sorrowful guy crawling himself painfully along the corridor of the school. He made them recall one occasion when they found a gutted, stone-dead sparrow on the floor, and they simply poked its eye with a wooden stick. A bunch of worms popped out right in the place of its eye. He always made the cold-blooded girls feel sick.

But his worst misfortune was yet to come. One day, when Claudio was 15, he noticed that a small lump was emerging on his back. He went to the bathroom and tried to look at himself in the mirror, but all he saw was a bump which timidly appeared hidden between his shoulder blades; it was the size of a tiny peach. Claudio told his parents what he had discovered in the shower that morning, and his father asked him to open his shirt: “Here, let me see it. Step into the light so I can see what it is”, –said his father, putting on his glasses–. Under the dim light of the lamp, he could see something like a bruised bump on Claudio’s backbone. It seemed as if moving by itself. The father could not help to open his eyes wide. He was completely astonished; he was absolutely horrified at what he had just seen, so he stepped back.

–“What the hell… Did you hit yourself, kid?”, –asked the father, wiping his hands with a handkerchief.

–“No, Dad… It just popped up. It started as a puny lump. It began to grow a couple of days ago, but it was until now that I just noticed it. I dunno what it is”, –said the boy.

 His father pinched the lump with his finger, and he noticed that the ghastly thing squirmed itself beneath his son’s elastic skin like a leech. His mother fainted when she saw “the thing” crawling beneath Claudio’s back as if it were alive. Accordingly, both parents decided to take him to the doctor the following day, but they could not erase the horrible memory of what they had seen that terrible night.

The next day, after many tests and a dozen scrupulous radiographs, Claudio was given a rather bleak prognosis: “You have a hump, kid. No other explanation. We must operate immediately” said the doctor, a serious expression on his face. Claudio, who was used to his feeble, grotesque body, immediately agreed; he wanted to get rid of that bump that made ​​him look like a stunted camel. The mere idea terrified him even more than his parents. “Please, doctor, remove it… Take it off, I beg you!!! Pull it out!!!” –cried the boy.

That night, while Claudio’s body was lying face down on the plate and his mind was under the deep slumber of anesthesia, doctors rushed to take the bulge out. When the surgeon nailed the scalpel in the lump punching a hole in it, he noticed that in addition to the blood that flowed profusely from a tiny hole, there was also a lot of air coming out as if it were a little deflated latex balloon, causing a slight hiss that echoed throughout the room: zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz… claaa…uuuu….diiii….oooooooo….. “What the fuck was that?”,  –cried one of the nurses, throwing the mask on the floor and left the room, frightened.

A week later, his mother changed the bandage on his back while he was still in bed. He noticed that the scar had begun to close at last, so he touched the nylon stitches with his warm fingers. For a moment he felt relieved and was able to breathe carelessly. Two weeks later, he decided it was time to get some fresh air; he wanted to play with the dog outside. “Fetch it, Bunny!” –said the boy, throwing the ball at her. Suddenly, he began to feel a slight tingle that started to emerge in the depths of his chest, behind his lungs; it climbed up around his neck. He felt that strange feeling again, but this time not in his back, but behind his Adam’s apple. It was a new small bump that had begun to emerge at one side of his larynx. As it climbed his neck, one could see its hideous, scorched skin; it was the same purple bump that apparently had been removed weeks before. Claudio then ran off to the bathroom looking for a mirror. He could feel the fear beating inside his heart. When he took his hands off around his neck, he observed the little grisly ball covered with thousands of tiny red veins; it was swollen almost to the size of a fist under his jaw. “What the hell is happening to me!?”, screamed Claudio, as he opened the bathroom drawer trying to find some scissors. Without thinking, he squeezed the lump with his left hand and stuck the scissors so hard until the same hissing sound he had heard two weeks ago echoed in the room. The wound was bleeding a lot. zzzzzzzzzzztttttttt… cla… u…dio. The young man kept quiet for a couple of minutes trying to understand what he had just heard, but when he saw his hands wrapped in the red blood, he collapsed.

Over the years, Claudio visited many hospitals where word spread among nurses about the case of a man who had a strange lump that would walk all around his body, crawling under the skin. He met many skilled experts in the field; he even talked to thousands of people around the world who simply wanted to help him. Journalists seemed terrified cockroaches who roamed the halls of the sanitarium trying to capture the best picture of the hideous boy. The National Geographic channel even offered him to make a photographic report about his unusual illness, but he refused. There were plenty of foreign experts who tried to help him, but all in vain. Unfortunately, the lump never disappeared. One day it would pop up on his thigh; one week later it would pop up on the palm of his hand, and so on. Claudio was so fed up about clinics, physicians, shots, visitors, people… He just wanted a normal life. One day, therefore, he simply accepted his destiny and asked his parents not to take him to that kind of places anymore. 

The truth is that Claudio was a man who had suffered all kinds of misfortunes because of his hideous name. Believe it or not, every time he uttered it, it made him feel like if he had swallowed a bunch of sharp needles. Oh, God!, you have no idea how much he really loathed his name. Thus, one fine day, he decided that he was going to look for a brand-new name who would give him a new identity, a nickname that might change his bad luck once and for all; a name that could be really meaningful for him. This way, he began to walk the city streets collecting and copying distinguished names in a small notebook that he used to carry in his pocket, but it occurred to him that the legend of a murdered politician or even the story about a famous poet who had been killed by his lover could condemn him to repeat the same deadly story. No, he did not want that. Afterwards, he sought some other names in the branches of his family tree, but he did not like what he found. There were plenty of stories about relatives who had died of rare diseases, criminals, family members who had committed suicide, cousins who had been kidnapped, soldiers who had fought alongside Pancho Villa –they had betrayed the general, and because of that they had been shot–, etc. He kept on searching tirelessly for a new alias during decades, until one day he simply dreamed about the solution.   

The next day, he woke up very early in the morning and went straight to the kitchen, opened the cupboard and pulled out a pound of flour. He took out a few eggs, a little milk from the refrigerator, and also some butter. He mixed all the ingredients, kneaded some dough with his fingers for a while, and baked some small muffins. On each muffin, he carved with a knife something legible: “Altair”. Twenty minutes later, the house was permeated with the sweet smell of vanilla and he found himself sitting at the dining table, in front of a white dish with a few freshly baked cakes, and he whispered: “This is my name: Altair, bird that flies high…, this is my name: Altair, bird that flies high…, this is my name: Altair, bird that flies high …”. He ate all the muffins at once. And thus, he welcomed his new nickname as if it was the Holy Spirit. As he devoured every crumb, the nickname permeated every single pore of his revolting body. He felt so proud of his new identity that he could not help crying, because he knew he was no longer “the lame”.

The following days, Altair felt relieved of the tremendous burden that he had carried on his back for so many years. His backbone was straightened, the muscles in his legs were swelled, and he felt like if he had been born again. Previously disabled, he found himself able to walk without the use of crutches at last. All of a sudden, laughter flourished in his emaciated lips erasing his dark soul. Hence, his hair turned hazel, as if a wave of light had soaked his face. By changing his alias, not only did he change his appearance, but also his character, so that he became a strong, cheerful boy. He was now an athletic, handsome guy. Besides, his appearance was altered so many times that day –layer after layer of his former skin vanished without trace—, that no one ever attempted to prove that that hideous, sinister creature existed. Instead, there was a man of great beauty. Only his huge bulging eyes remained the same. By the time his parents arrived at home, his misshapen body had already been distorted so much that when they opened the door and saw Altair standing in the lobby wearing a dressing gown and without shoes, they failed to recognize him. 

— Who ARE you? What are YOU doing HERE? –both his parents asked, terrified.

Altair smiled at them. For the first time, Altair felt he was completely free, just as a bird flying up high in the sky.

 Rigatito Némesis, 2013.

birds and cage freedom

XXVIII: La Ligaterna

 

A mi mamá Hilda.

 

 

Desde que tengo uso de razón, siempre temí horrores a las lagartijas. Las veía correr deprisa en el patio trasero en la casa de mi abuela, escondiéndose entre las hojas de la higuera y brincando con gran destreza por las ramas del chabacano, trepando por los muros altos o comiendo mariposas blancas, y sentía un correr de hormigas subiéndome en tropel por el brazo que me erizaba hasta el más mínimo vello en mi cuerpo. Desde que tengo memoria, la palabra “lagartija” siempre tuvo connotaciones negativas en mi vida, pues a menudo la relacionaba con algo asqueroso, con el dolor de su mordedura venenosa (cosa que para un niño de cuatro años era bastante admisible, pero que algún tiempo después descubrí era falso) y con mi secuestro.

Mis padres empezaron a tener problemas casi al año de que yo naciera debido a los continuos engaños y a las escapadas nocturnas de mi madre. Se había fugado un centenar de veces con tipos desconocidos que conocía en la calle y que iban a esperarla en su camioneta a la vuelta de la esquina, en plena madrugada, para reaparecer unos días después como si nada hubiera pasado. Mi abuela, que con el correr de los años no tuvo otra opción que revestirse con el atavío de madre, me brindó la seguridad de sus faldas a cuadros marrones, y cada vez que veía pasar una lagartija corriendo desesperada por el jardín y gritaba asustado «¡ahí viene la lagartija!, ¡ahí viene la lagartija!», aferrándome a sus enaguas para que me cargara, mi madre me extendía la mano y me sujetaba recio para no dejarme ir. La sensación de seguridad que me brindaba ese simple gesto es inexplicable. No hubo monstruos de ojos saltones con cuernos y baba radiactiva bajo mi cama en mi infancia que pudieran perturbar mis más tiernos sueños o me despertaran con un sudor frío por las noches; en cambio, tuve lagartijas que me recordaban a la madre fugitiva que, muy de vez en cuando, veía acostada como un ser extraño que dormía hasta altas horas del día y se pintaba los labios y las uñas del color de las cerezas en aquella cama polvorienta. Fueron muchas las veces en que ella regresaba a casa con la cabeza gacha, a veces golpeada en el rostro por sus amantes o con la ropa hecha jirones, el pelo revuelto y sin un centavo, y mi padre la perdonaba en silencio con el corazón lacerado; la tomaba de la mano, la llevaba al cuarto y entonces le abría de nuevo la puerta de nuestro hogar.

Alguna vez, como a los cuatro años, jugando con mis playmobiles en la mesa de centro de la sala sin querer escuché una conversación de adultos y noté que mi abuela-madre la llamó “casquivana” cuando platicaba con las visitas. Sin saber siquiera lo que en realidad significaba aquel mote, desde ese entonces ella se convirtió para mí en “la casquivana”. Esa palabra me asombró desde el inicio y me la pasaba repitiéndola como un loro todo el día. «El perro es casquivana; no me gusta la casquivana caricatura; dame dulces, casquivana». Se me hacía una palabra fuerte, graciosa, pero sobretodo desconocida y extraña, tal como lo era mi madre para mí en ese entonces: una presencia chocante que pasaba de largo por mi casa y se comía nuestra comida. «¿Cuándo viene la casquivana a casa, papá?», le decía a mi padre, y éste, enojado, me decía «Te voy a coser la boca si sigues diciendo esa palabrota», me daba una nalgada y se encerraba en el cuarto a llorar como un niño y a echarse un trago. Como ya no podía decir “casquivana” en aquel entonces por temor a que me zurcieran la boca, y dado que la única palabra más cercana en mi léxico precario que me podía causar un cierto tipo de repulsión era “lagartija”, la madre fugitiva se convirtió con el tiempo en “La Lagartija”. «¿Por qué no me quiere la lagartija, mamá?», le decía a mi abuela, y ésta me contestaba «no, hijo, no se dice la lagartija; como sea ella es tu madre» y me arropaba entre sus brazos.

La verdad es que aprendí a tolerar un poco más a las lagartijas con los años, que aunque ellas no merecían toda la culpa de las sandeces y los deslices que mi madre a menudo cometía, siempre les guardé un cierto recelo en lo más profundo de mi ser. Tanto que la última vez que alcancé a ver una pequeña lagartija corriendo por el jardín, hace ya casi veintiséis años, no dudé en aplastarla con una roca enorme que sembró a la criatura en la tierra y le rompió los huesos, dejando una mancha de sangre esparcida en el pasto que nunca olvidaré.

Un día mi madre se escapó. Salió como una gata de la noche sin hacer el menor ruido por una ventana de la sala, toda ella sigilosa, y desapareció sin decir adiós. No se llevó nada, sólo la ropa que llevaba puesta y su bolso repleto de maquillaje. De tal suerte que a partir de ese momento quedamos desamparados, mi padre y yo, y nos quedamos solos a la deriva en ese cuartucho polvoriento como en una isla. Mi abuela-madre, que a menudo había velado mi sueño, se convirtió simplemente en “mamá”. Con el tiempo mis padres se separaron, era un ir y venir de los tribunales, vinieron muchos cambios en el cuartucho con láminas de cartón donde vivíamos en casa de los abuelos junto a la higuera, muebles se fueron y otros los reemplazaron, y mi padre se refugió cada vez más en el alcohol y en el trabajo, siempre trabajando para mantenernos y poder olvidarla.

Aunque no lo parezca, fui muy feliz en aquellos años. Mi mamá me llevaba al kínder tempranito, me hacía de comer, me picaba papaya con limón y azúcar, me compraba chucherías en el mercado, juguetes de plástico, canicas de muchos colores y algunas con ojo de gato, cajitas de playmobiles que olían a cartón nuevecito, y recuerdo estar tirado sobre mi estómago en una colchoneta vieja viendo el televisor los domingos junto a mis tías-hermanas y mis padres-abuelos. ¿Qué más podría pedir un niño de cuatro años al que nunca quiso su madre fugitiva si no amor?

La antepenúltima vez que vi a La Lagartija (y digo antepenúltima porque la vi una penúltima ocasión a los seis años cuando me acosó a la salida del colegio para tratar de raptarme de nuevo y pedir rescate, o la última cuando me llamó por teléfono veinte años después para agendar una cita y charlar sobre nuestras vidas en un café), fue una vez que me quedé al cuidado de una de mis tías-hermanas. Mientras jugaba en el patio de la casa, escuché a lo lejos que alguien llamaba a la puerta. Era ella. De alguna forma ya lo presentía. Venía vestida de jeans de tubo y con el pelo recogido, con la excusa de haberme comprado algo de ropa y algunos juguetes, pero al verla, más que sentir amor, sentí miedo. El cuijo de mi corazón golpeaba sus puños contra mi pecho. «La Lagartija, La Lagartija…», grité, pero ya era demasiado tarde, porque de un solo empujón ella y su amiga asaltaron la casa, y mientras la mujer sometía a mi tía-hermana y la maniataba, La Lagartija aprovechó el descuido para arrebatarme de aquella vida. No recuerdo mucho, pues algunas de mis más tiernas memorias después de tantos años aparecen rodeadas por una densa bruma de olvido y de espanto, pero sí recuerdo haber visto cómo La Largatija me cogió por la cintura y me trepó a un carro negro que bajaba a toda velocidad por la calle, y la imagen de mi tía-hermana gritando desesperada, pidiendo ayuda a través del medallón del auto, mientras aquella horrible mujer la sujetaba firmemente del cabello. En la confusión, creo que empecé a llorar y a suplicar por mi vida en ese momento, y les pedí de favor que me regresaran a mi casa, vomité sobre el piso del auto, pero quizás me quedé dormido en pleno llanto hasta que me desmayé. Fue un rapto que duró casi un año.

Hace cuatro días, veintiocho años después de mi secuestro, al bajar las escaleras por la mañana encontré una pequeña lagartija de unos cuantos centímetros que estaba escondida tras una maceta. Quizás estaría cazando hormigas y moscas impulsada por el hambre. Al principio dudé en acercarme a ella siquiera como presintiendo el peligro que unos pasos más adelante me acechaba, e incluso intenté gritarle a David para que viniera a atraparla, pero no me escuchó. Al encontrarnos cara a cara, ambos nos miramos con cierta curiosidad, inmóviles, ella giró su diminuta cabeza hacia mí y pude entonces observar sus ojos de miedo. Noté que su corazoncito palpitaba deprisa bajo su torso recubierto de piel áspera y grisácea, y que los músculos de sus patas estaban contraídos y listos para emprender la retirada en cualquier momento. Traté de no hacer ningún movimiento brusco, me aproximé unos cuantos pasos hacia ella, pero debido a mi miedo absurdo de la infancia no quise siquiera tocarla. Así que busqué entonces una servilleta, la cogí por las patas y entonces la solté en el jardín; la infame corrió a camuflarse entre las plantas.

Pasé dos días buscando a la diminuta lagartija entre las hojas y debajo de las rocas. No quería pisarla por un descuido y cargar con otro crimen en mi conciencia, y cada que salía al patio a lavar la ropa caminaba con gran sigilo, buscando en cada pisada y rincón a la susodicha. Pero ayer muy temprano, cuando ya mis esperanzas se habían consumido, la vi haciendo sus ejercicios matutinos de calistenia sobre la hoja ancha de una begonia, y al verse observada, rápidamente trepó sobre la pared para desaparecer bajo el calentador de la casa.

Me di cuenta que ese insignificante reptil que tanto miedo me causó en mi niñez y que constantemente inundaba mis pesadillas de miedo quizás estaba más asustado que yo al verme, y que no era venenosa como las arañas del Amazonas como yo había imaginado. Hoy temprano al buscarla de nuevo, ya no encontré a la lagartija. Lo último que supe de ella es que ayer estaba encaramada en un tiesto de flores y que mi perro la perseguía. No sé si éste se la haya tragado o si decidió por fin marcharse y emprender el regreso a casa.

Cierto es que algunos miedos de nuestra infancia a menudo corren y desaparecen como el cuijo entre la hierba, que mueren cuando uno despierta envalentonado un día y entonces aprende a enfrentarlos y los aplasta de un zapatazo, pero también existen otro tipo de lagartijas mucho más grandes y poderosas que corren sin cesar por nuestra memoria sin que el paso del tiempo pueda vencerlas. La verdad le fui perdiendo el miedo a La Lagartija con los años, y la última vez que vi a aquella mujer de cuarenta y tantos años cruzando la puerta de cristal en el restaurante, con la cara deslucida y marcada por el sufrimiento de una vida licenciosa que aparentaba ser el de una mujer mucho mayor; cuando vi mi propio rostro reflejado en el de ella, las mismas facciones, la misma boca y los mismos ojos, sentí pena. Quise ayudarla, quise conocerla más en esas cuantas horas que pasé tomando café con ella y escuchándola bajo la luz neón, quise adivinar sus razones, saber de aquella desconocida que estaba sentada frente a mí en el comedor, pero era obvio que ella ya había elegido su propio camino.

Sin duda alguna, me quedo con la madre que me tocó escoger en esta vida.      

© 2013, Rigatito Némesis  

lagartija

XXVI. Ojos de Cobayo (versión final)

 

Eran tiempos de lluvias torrenciales cuando él vino a este mundo. Desde muy niño y cuando aún era un renacuajo con cola y sin dedos en las manos ni lengua para poder defenderse, sus padres eligieron su destino y lo maldijeron de por vida. Bastó con sólo abrir un libro atiborrado de nombres en el listado de una página, señalar una palabra al azar con el dedo índice y proferir el encantamiento: Claudio. Desde ese momento, la criatura disforme cobró vida retorciéndose en el vientre de su madre y dejó de ser un embrión que buceaba dentro de su cálido capullo. Aquella mañana de abril, sin embargo, el niño fue bautizado con un nombre colmado de problemas, bordando su existencia con la estrella de su mote: “el cojo”.

Ese niño pequeño de enormes ojos saltones y dientes de cobayo siempre envidió a los futbolistas de la televisión. Era un alevín que pasaba gran parte del día haciendo un sinfín de suertes con la pelota, practicando la jugada de las tijeras o el látigo con sus amigos imaginarios en la cancha polvorienta de un parquecito cerca de casa, o imitando a su gran ídolo Pelé. No obstante, los hilos de su destino ya habían sido tejidos, y el gran pasatiempo de Claudio no era en realidad el fútbol, sino las niñas.

A los diez años, mientras trepaba con la agilidad asombrosa de un mono hasta la punta de una jacaranda para poder espiar a una vecinita por la ventana de su cuarto, Claudio resbaló del árbol y fue a caer de bruces sobre las flores en el patio. El resultado fue desalentador para el hincha: se había quebrado las dos piernas en varios pedazos y se lastimó algunas vértebras. Fue así como pasó los seis meses siguientes empotrado en una cama de bronce viendo los partidos en el televisor a blanco y negro de su habitación, orinando en una bacinilla de peltre y estampando su silueta en el colchón. Sus piernas se enflaquecieron a tal grado que parecían dos tubos largos y escuálidos, casi dos remos de grillo. Desde entonces, sus ancas de metal quedaron desoldadas a la cadera y los chiquillos crueles del colegio le apuntaban con el dedo en el recreo, gritando:

–Ahí viene Claudio el cojito, escóndanse todos. Al que lo toque se vuelve de piedra y se le cae el brazo…

Los niños corrían despavoridos a ocultarse y se burlaban de él porque rengueaba al caminar, razón por la cual siempre lo excluían de los partidos de fútbol porque no anotaba ni un sólo gol, sino que a duras penas podía desplazarse por la cancha. Claudio se movía con la gracia de una gallina despescuezada con la pata rota.

La verdad es que a las niñas de la escuela siempre les pareció que Claudio era un ser frágil que inspiraba mucha lástima, y nunca quisieron dirigirle la palabra; ni siquiera Leticia que era la niña por la cual Claudio se había quebrado las dos piernas aquella noche mientras la observaba quitarse el vestido y enseñar las bragas. Para el grupo de niñas malcriadas, ver a aquel joven arrastrarse por los pasillos de la escuela les producía la misma aversión que cuando se encontraron a un gorrión tieso sobre el pavimento un día, muerto por el frío y relleno de gusanos, y le picaron los ojos con un palo. Es por ello que Claudio aborreció educación física gran parte de su pubertad y pronto olvidó el sueño de practicar fútbol profesional para siempre. En cambio, prefería pasar las horas sentado en la ventana del salón de clases viendo a sus compañeros corriendo de un lado a otro con sus jerséis mojados de sudor y tierra, pateando el balón con gran destreza y anotando goles con la cabeza. Siempre alerta, percibía la emoción regándose por el rostro de Leticia cuando algún jugador anotaba un gol en la cancha. Muchas veces deseó en secreto poder tener unas piernas de acero que obedecieran sus pensamientos, que lo pudieran llevar corriendo hasta donde ella estaba sentada, tomando el fresco en una banca debajo de los árboles, y dejarla boquiabierta con el marcador del partido. Pero Leticia era un témpano de hielo que ni siquiera se inmutaba ante la presencia de Claudio, y él era un espectro que registraba cada movimiento suyo en la oscuridad del aula: un mechón de cabello cayendo dócilmente sobre los ojos de Leticia; su blusa de blonda semitransparente; la juventud de sus caderas curvas. 

 A los quince años con su cuerpo asimétrico y su cojera de perro, le brotó un bultito en la espalda. Se fue a mirar al espejo mientras se duchaba y vio una protuberancia que se asomaba tímidamente entre sus omóplatos del tamaño de un durazno. Asombrado, Claudio les contó a sus padres lo que había descubierto en la regadera esa mañana mientras comían, y su padre le pidió que se abriera la camisa:

–A ver, déjame verlo. Ponte bajo la luz para que pueda ver qué es –explicó el padre, colocándose las gafas y estirando la mano para tocarlo–.

Bajo la luz mortecina de la lámpara apareció algo semejante a un chichón amoratado sobre la línea de la columna, y el padre no pudo evitar abrir los ojos horrorizado y alejarse unos cuantos pasos.

–¿Acaso te golpeaste? –preguntó, mientras se limpiaba las manos con un pañuelo–.

–No, me salió solito. Empezó como una bolita que fue creciendo desde hace un par de días, pero hasta apenas hoy lo noté –replicó el muchacho un poco asustado–. ¿Es grave?

El hombre notó que el pequeño bulto se retorcía por debajo de la piel elástica como una sanguijuela cuando le ponían el dedo encima, y también hacía lo mismo cuando Claudio trataba de incorporarse y poner la espalda recta. Su madre simplemente cerraba los ojos y fruncía el ceño de asco tapándose la boca para no gritar. Exaltados, ambos padres decidieron llevarlo con un médico al día siguiente, pero no pudieron borrar de su mente la imagen horrible de aquella noche: la fotografía repulsiva de una protuberancia en la espalda de su hijo moviéndose parsimoniosa bajo los músculos.

Al día siguiente, después de muchos exámenes escrupulosos y una docena de radiografías y análisis, el pronóstico fue un tanto desolador para Claudio:

–Tiene una joroba. No hay otra explicación. Hay que operarlo de inmediato –añadió el doctor con una expresión grave en el rostro–.

Claudio, acostumbrado a su cuerpo débil y deforme de mantis después de vivir tantos años encerrado en ese traje de esperpento, accedió inmediatamente a arrancarse de encima ese bulto que lo hacía parecer un camello raquítico y que le aterraba tanto o incluso más que a sus padres.

–Quítemela, por favor, doctor; quítemela…–dijo–.

Mientras Claudio yacía entumecido boca abajo en la plancha del quirófano tras el letargo profundo de la anestesia, los doctores se apresuraron a extraerle la protuberancia. Al clavar el escalpelo en la turgencia de su espalda y dar el primer pinchazo, notaron que además de la sangre que emanaba profusamente había una gran cantidad de aire que salía de aquel orificio minúsculo, como si se tratara de un pequeño globo de látex desinflándose, lo que provocó un profundo silbido que hizo eco en todo el recinto: zzzzzzzzzzzzzzzzzt… cla… u… dio.

–¿Qué carajo fue eso? –gritó uno de los enfermeros, aventando el cubrebocas y salió de la sala, despavorido–.  

Una semana después, aún en cama, mientras su madre le cambiaba los vendajes, notó que la cicatriz en su espalda se comenzaba a cerrar y repasó los dedos tibios sobre los puntos de nylon. Por un momento se sintió aliviado y pudo respirar con tranquilidad, sintiendo cómo el peso que había cargado por tanto tiempo sobre los hombros se iba aligerando poco a poco. Era como si alguien se le hubiese trepado en cuclillas al cuello y ahora, después de la operación, simplemente hubiera desaparecido. Ahora sólo restaba concentrarse en la  cirugía de las piernas que había sido programada dentro de los dos meses siguientes y pedir un milagro al cielo. Quería caminar. Quería poder trepar hasta la copa de los árboles donde subían las ardillas como cuando era niño. Quería invitar a Leticia a bailar.

Cuando por fin se pudo calzar la camisa él mismo, decidió que era tiempo de tomar algo de aire fresco y salir al patio después de la convalecencia, y darle de comer al perro.

De pronto, empezó a sentir un leve cosquilleo que le nacía en lo más profundo del pecho, detrás de los pulmones, y le subía ágilmente por el cuello. Volvió a sentir el peso de plomo en su cuerpo, pero esta vez no en la espalda, sino detrás de la manzana de Adán. Era una pequeña protuberancia que empezaba a emerger a un lado de su laringe y le calcinaba la piel; el mismo bulto violáceo que al parecer le habían extirpado unas semanas antes. Corrió a buscar un espejo en el baño sintiendo el miedo en su corazón que brincaba aterrado entre las costillas, y al quitarse las manos del cuello, observó el pequeño balón tapizado de minúsculas venas que se infló más y más hasta alcanzar el tamaño de un puño, bajo su mandíbula.

–¿¡Qué diablos me está pasando!? –chilló Claudio, y revolvió el cajón bajo el lavabo del baño, buscando unas tijeras–.

Sin pensarlo, tomó el bulto con la mano izquierda apretándolo entre sus dedos y clavó las tijeras con tal fuerza que en la habitación retumbó el mismo silbido que se había oído en la sala del quirófano, al mismo tiempo que la sangre borboteaba en la herida: zzzzzzzzzzztttttttt… cla… u…dio. El joven quedó impasible tratando de entender lo que recién había escuchado, y al ver sus manos envueltas en el rojo de la sangre, se desplomó.

Fueron muchas las intervenciones que el muchacho sufrió con el paso de los años; muchos los hospitales donde se corrió la voz entre las enfermeras sobre el caso del joven que tenía un abultamiento que le caminaba todo el cuerpo bajo la piel; y también donde se consumió gran parte de su juventud. Los periodistas eran cucarachas que recorrían despavoridos los pasillos del sanatorio tratando de captar las primeras imágenes del chico. El canal de National Geographic incluso le ofreció grabar un programa acerca de su insólita enfermedad, a lo cual Claudio se rehusó pues consideró que la humillación recibida por tantos años al vivir encerrado en una burbuja de plástico había sido suficiente como para que todavía pudieran conocerlo miles de espectadores alrededor del mundo en vivo y a todo color. Cierto es que la gente en aquel entonces se atropellaba para poder verlo a través del vidrio de la puerta del sanatorio como si se tratase de la mujer serpiente o el hombre de dos cabezas. Hubo muchos especialistas que trataron de ayudarlo, provenientes de muy diversas partes del continente, pero la protuberancia nunca desaparecía. Un día se la desenterraban de una pierna y a la semana siguiente le volvía a salir en la nuca. Si le extirpaban el bulto de un brazo, le brotaba en el dorso de la mano, y así sucesivamente. A veces comenzaba como un cosquilleo bajo la lengua; otras veces como un dolor agudo parecido al pinchazo de una aguja y una pequeña verruga brotaba en su lugar, floreando un horroroso chichón. Así que Claudio, harto de tanto ajetreo y de la comida insípida de la clínica, y temeroso de que la turgencia le pudiera aflorar en la cara como un tercer ojo, decidió abrazar a su destino y no volvió a pisar ese lugar nunca más.

De modo que el muchacho pasó gran parte de su vida odiando su apodo porque sabía de buena tinta que era el alias de varios antepasados infortunados, y en cierta forma el mote le recordaba a un bisabuelo alcohólico que había muerto de cirrosis, un abuelo compulsivo que acumulaba trastos y cajas inservibles en pilas inmensas alrededor de las habitaciones, y a un tío muerto. Sin siquiera consultarlo, sus padres lo habían bautizado nombrándolo al igual que el tío desaparecido (que además de cojo era indigente), con lo cual acrecentaron sus múltiples penas.

Entonces ocurrió que, cansado de su tormenta, decidió darse a la búsqueda de un nombre nuevo que lo ayudara a cambiar su fortuna. Empezó por recorrer con gran dificultad las calles de la Ciudad de México coleccionando y copiando nombres ilustres en una libretita, pero se le ocurrió que la leyenda de un político asesinado o el cuento de un poeta colgado del alféizar de una ventana podrían condenarlo a repetir la misma historia funesta. No, no quería eso. Suficiente ya había tenido todos esos años. Después buscó incansablemente en las ramas de su árbol genealógico y encontró algunas ficciones sobre parientes que eran malhechores, familiares asesinados, primos que habían sido secuestrados, tíos lejanos que habían muerto de enfermedades poco comunes y hubo hasta caudillos que incluso lucharon a lado de Pancho villa y agonizaron baleados sobre pencas de agave o bajo los rieles del ferrocarril. Sin embargo, Claudio continuó buscando incansablemente un nuevo alias. Recorrió los barrios bajos, las librerías antiguas del centro y sus nombres novelescos, los callejones oscuros llenos de historia prehispánica, las cantinas, el registro civil, las notarías, e iba calcando los nombres que hallaba sobre placas de metal a su paso.

Claudio siempre fue un hombre aquejado. A menudo el sobrenombre le daba comezón en la garganta porque se le atoraba al pronunciarlo produciéndole una terrible carraspera y le inundaba el alma de rencor al recordarle las risotadas y los insultos añejos de los niños del instituto. Era tanto su coraje, que un día se armó de todo el valor que pudo y, harto de esa malaventura, se arrancó el nombre del cuello como una pluma de ave. De aquel orificio turgente brotó todo el mal contenido durante años que le corrió como un ventarrón por todo el cuerpo buscando una salida, aullando: claaaaau…u…u..di…ooooooooooooooooooooo…. Y cayó en un profundo sueño.

La idea le había venido en sueños. Al despertar lo primero que hizo fue correr a la cocina, abrió la gaveta de la alacena y sacó un bote lleno de harina. Del refrigerador extrajo algunos huevos y una poca de leche y manteca. Mezcló todos los ingredientes, amasó con los dedos una masa espesa por un buen rato, e hizo unas pequeñas magdalenas. Sobre cada una, escribió cortando con un cuchillo las letras de azúcar: Altaír. Al cabo de veinte minutos, la casa se impregnó con el olor de la vainilla y se halló sentado al comedor, frente a un plato blanco con unos cuantos bizcochos recién horneados, y se dijo:

-Este es mi nombre: Altaír, pájaro que vuela alto…; Este es mi nombre: Altaír, pájaro que vuela alto…; Este es mi nombre: Altaír, pájaro que vuela alto

 Y entonces recibió su nuevo mote como al espíritu santo, y mientras devoraba hasta la última migaja, el apodo le iba penetrando en cada poro de su cuerpo. Así se regaló Altaír su nuevo nombre aquel día y se vistió con él, orgulloso de portar algo que por fin lo identificara y ya no ser más “el cojo”.

 En los días siguientes, Altaír se sintió aliviado de la carga tremenda que había llevado a cuestas por años. Su espalda se enderezó, sus piernas se engrosaron y se sintió como un hombre reinventado. Por fin se pudo levantar de esa cama de bronce en más de treinta años sin el apoyo de las muletas, y puso la planta del pie derecho sobre el frío azulejo, hasta que se incorporó en sus dos pies y pudo caminar por sí mismo, sin nadie que lo cogiera del brazo. La risa le germinó en los labios demacrados borrando su alma tenebrosa y el pelo se le tiñó de un color avellana claro, como si una ola de luz hubiera empapado su rostro de pronto. Al mudar de alias no sólo le cambió la apariencia, sino también el carácter, y se volvió un muchacho robusto, feliz, y de huesos anchos; fuerte, atlético. Ese mismo día siguió mutando una y otra vez de cuerpo tantas y tantas veces, y capa tras capa de aquel ser horrendo se le iba cayendo como la piel de una cebolla hasta que un hombre de gran belleza se reveló ante sus ojos. Tanto cambió que al regresar sus padres y descender del coche y entrar en el vestíbulo, viendo a Altaír inmóvil, vestido en bata y sin zapatos, con un brillo inusual en sus pequeños ojos de cobayo, no lo reconocieron.

–¿Y usted quién es? ¿Qué hace aquí? –preguntaron sus padres, aterrados–.  

Por primera vez, Altaír se sintió libre como un pájaro volando en lo alto del cielo.

 © Rigatito Némesis, 2013. 

ojos raros

XXIV. Pájaros de Nieve

Bombilla de luz,

¡Bendice mi vuelo!…

1.

El amor de Adrián por Manuel comenzó en la más tierna infancia hace 42 años. Atrapados en una piscina de aguas profundas y líquidos amnióticos, bailoteaban abrazados en una danza somnolienta como pequeños peces jugueteando en el útero templado de su madre. Desde mucho antes de nacer y abrir los ojos a este mundo, el gran amor y el lazo psíquico que ambos hermanos sentían eran tan fuertes que compartían la misma placenta y dormían en la misma cuna de agua, y con el tiempo no sólo compartieron los mismos gustos, sino también los mismos hombres y hasta la misma cama.     

Manuel y Adrián eran dos espíritus inseparables, tercos y de carácter fuerte. Eran, lejos del ojo experto, el facsímil casi perfecto del otro: caminaban erguidos con un porte altanero y un tanto delicado que hasta parecía que flotaban en el aire al caminar; eran muy altos, delgados y de talle elegante como antílopes, y hasta podría decirse que de buen cuerpo; tenían grandes ojos marrones y cabello muy oscuro, lacio, que hacía un hermoso contraste con su piel apiñonada; y compartían el gusto por las telenovelas y las canciones de antaño. Criados por su abuela materna en una casita setentera de dos pisos en Coyoacán, bordeada por una docena de malvones rojos serpenteando en el jardín, crecieron en una atmósfera repleta de baúles atiborrados de un sin fin de cachivaches, vestidos y pelucas viejas, discos de vinilo y tocadiscos polvorientos sobre carpetitas de crochet, escuchando atentos las historias interminables acerca de las tantas artistas de cine que en su juventud la abuela Tita había idolatrado.

Adrián y Manuel, que a menudo jugaban a encerrarse en el estudio del segundo piso y a ser las nuevas “divas del cine de oro mexicano” con las pelucas bien puestas con horquillas clavadas en el pelo, las caras de geisha embarradas de maquillaje y talco maja del tocador de la abuela, y los enormes vestidos raídos de encajes y sedas estampadas enredados como fundas de almohada alrededor del cuerpo, amaban sentarse por las tardes sobre la alfombra del recibidor y pasar largas horas viendo telenovelas. No es que la parafernalia del cine no les atrajera en aquellos tiempos de su niñez en absoluto, sino que Manuel, que tenía un carácter mucho más tozudo y fustigador que Adrián, consideraba que las artistas de telenovela eran mucho más multifacéticas que las de cine al realizar un sin fin de muecas en un solo capítulo, por lo que muy frecuentemente preferían imitar todas las poses y gestos de las actrices favoritas de telenovela frente al espejo del estudio, dando giros de ballet al ritmo del tocadiscos.

Desde muy pequeños, ambos hermanos se sentían atraídos por la farándula. Manuel era un excelente imitador de Lucía Méndez y le encantaba ponerse vestiditos de puta de cabaret bordados de lentejuelas y ser “Colorina”, y volverse la mala encarnada de la historia. Adrián, que era más sensible que Manuel y que de no haber sido gemelo bien pudiera haber sido el hermano menor, mucho más inocente y dramático, hacía el papel de la desarrapada Mariana (Verónica castro) en “los ricos también lloran” y se colgaba cuanto trapo sucio y viejo se encontraba en los baúles de la abuela. Así, los dos hermanitos jugaban a ser los escritores y las actrices protagónicas de sus propias telenovelas en aquellos tiempos, y la abuelita Tita reía a carcajadas mientras los niños encarnaban a una prostituta fugitiva con una boa de plumas enredada al cuello y a una malhablada privada de buenos modales y de educación, en busca de la felicidad que sólo el amor puede dar, brincando sobre la cama.

Manuel y Adrián redescubrieron su amor desde muy pequeños. Desde niños, aún a la tierna edad de nueve años, Tita los metía a bañar juntos en una tina de hierro y los enjabonaba con sales y perfumes, y los niños se quedaban largas horas solos jugando con la esponja de baño y los cepillos entre las burbujas, metidos en el agua hasta el cuello hasta que la piel de los dedos se les arrugaba y se les volvía como pasas. Fue en uno de esos chapuzones en que sin querer la mano de Manuel fue a parar a la entrepierna de Adrián tras el jugueteo, y éste, a cambio, sintió un tremendo escalofrío que le subió velozmente como una chispa de electricidad por todo el cuerpo y se le atoró en la garganta, arrancándole la lengua. Ambos hermanos se quedaron embotados en silencio mirándose fijamente por un largo rato, incrédulos, sin saber qué decir, y de pronto el pie de Adrián se sintió obligado a tocar la dócil entrepierna de Manuel bajo el agua, para después terminar envueltos en un cálido abrazo, sintiendo el calor del sol dentro de sus pechos. Sin darse cuenta, Manuel se encontró en los labios de Adrián y probó el sabor metálico del primer beso, y Adrián conoció el erotismo que hay detrás de una erección y supo el olor de un cuello imberbe muy parecido al de la espuma de mar. Ambos hermanos habían entendido todo ese día: estaban destinados a amar a un hombre de por vida.

Desde aquel entonces, los jóvenes hermanos se dedicaron a aprender el arte secreto del amor y a quererse a escondidas. Fueron muchas las veces en que tendidos sobre el pasto y cogidos de la mano, en el jardín, dieron rienda suelta a sus más profundos deseos, camuflados bajo el frondoso arbusto de azaleas mientras la abuela dormía profundamente en su alcoba bajo el arrullo rítmico de un bolero; y fueron muchas más las veces en que encerrados con llave en su recámara y completamente desnudos, la abuela Tita, vieja y cansada por la edad, tocando a la puerta con su bastón, estuvo a punto de descubrir su amor en la clandestinidad del armario.      

Al pasar el tiempo, Adrián y Manuel siguieron creciendo y desarrollándose juntos y amándose en un sin fin de formas y posiciones a escondidas de la abuela, y aunque eran la copia exacta del otro, sus vidas cambiaron. Manuel que era un ferviente admirador de Lucía Méndez desde su infancia y de las telenovelas, terminó aprendiéndose de memoria los ademanes y canciones e interpretando a varias cantantes famosas por aquellas épocas en un bar gay de mala muerte por el centro del D. F en las noches. Se compró un par de pelucas en la lagunilla y un centenar de vestidos bordados con bisutería barata, varios rellenos y cajas de maquillaje, y se volvió un transformista profesional. Ya travestido en la pista de baile parecía una Sasha Montenegro en una película del Santo y Blue Demon contra el doctor Frankestein. Adrián, que era un poco más reservado y apegado a la casa, optó por convertirse en la enfermera de la abuela Tita hasta sus últimos días, siempre sentado al lado de la pobre viejecita encorvada viendo el televisor, dándole de comer gelatina y papillas de verduras en la boca, y recordando las épocas doradas de antaño.

2.

La primera que se adelantó en morir ese año fue la querida abuela Tita. Ocurrió dos meses después, en septiembre; murió del beso azucarado y mustio de la diabetes que le fue picando el hígado como cuervo a través de los años hasta desgarrarlo. La empalagosa muerte la tendió con sus raíces plateadas penetrando en la tierra y quedó silente como tronco caído; la enterró una noche mientras dormía con los rulos enredados el pelo y su perra obesa le lamía los dedos de los pies, bajo las sábanas. 

Pocos días después de que muriera la tía Tita y al quedarse sola la casa, Manuel llegó desconsolado un día sin decir ni una palabra, aventó el sombrero y las gafas oscuras sobre la cama, y dijo: “yo ya me harté de esto… No aguanto ni un minuto más en esta pinche casa. Todo huele a naftalina… Hay que vender todo”. Y así, sin más ni más, tomó una maleta que estaba guardada bajo el cubo de escalera, metió toda su ropa dentro, sus vestidos y sus pelucas, descolgó la chaqueta beige a cuadros de la silla y sacó un cigarrillo de uno de los bolsillos. Lo encendió. Salió de aquella casa fumándose su Marlboro como un tren encabritado aventando pequeñas bolas de humo por el pasillo… y se marchó.  

3.

Adrián, que vivió solo durante varios años entre las penumbras de aquella casona antigua leyendo los diarios apolillados de la abuela Tita de cuando fue artista de radio y reorganizando los vestidos en el tocador antiguo, y desconociendo el paradero de su hermano, se convirtió con el tiempo en lo que Manuel siempre temió muy dentro de su corazón: un hombre que estaba locamente enamorado de una mujer. “Jamás, jamás me dejes; ¿entiendes? Nunca te enamores de una mujer, porque entonces me romperás el corazón; me vas a dar en toda la madre. Yo no puedo competir con ellas. Enamórate de un hombre, cógetelo, consíguete un amante si quieres, pero no de una mujer. Me muero de celos tan solo de pensarlo”, le había advertido Manuel una tarde mientras estaban tirados en el patio viendo los aviones pasar volando en el cielo. Adrián, que era un buen mozo de aspecto reservado y muy atractivo, siempre bien vestidito y afeitado, sin querer había conquistado el corazón de una de sus vecinas (amiga de Tita) llamada Helena. No hay mucho qué decir acerca de la tal Helena que, aunque era una española rica y era unos cuantos años mayor que Adrián, se dice que era una mujer que poseía una muy mala suerte en la vida: se había divorciado tres veces a sus cuarenta y siete años (los tres esposos fallecidos), nunca engendró hijos (se dice que abortó a una preciosa niña cuando tenía como veintiséis años) ni tampoco tuvo mascotas; sin pasatiempos, sin ningún recuerdo, sin familia. Sólo era una pelirroja ricachona muy supersticiosa y de caderas amplias que tenía mucho dinero atiborrado en una cuenta del banco y una hermosa casa bordeada por una enorme barda de piedra y una densa cortina de hiedras en el mismo rumbo, justo a unas cuadras de la casa.

Adrián y Helena se conocieron gracias a la tía Tita cuando éste acompañaba a su vieja abuela a venderle galletitas que ella misma preparaba en su cocina, y al verla por vez primera asomando su nariz aguileña por el enrejado del patio con ese cabello como espuma de zanahoria, Adrián inmediatamente depositó en ella las esperanzas de formar una familia, de ser normal, de tener a alguien a quien poder amar sin tener miedo, sin jugar siempre a las escondidas o amar en las sombras. Helena, por su parte, mientras tomaban el té en el patio trasero con el perfume penetrante de las gardenias explotando entre los arbustos del jardín y Helena acariciando su zapatilla contra la pierna de Adrián bajo la mesa, vio en ése buen hombre la oportunidad de tener el hijo que tanto había anhelado por tantos años, de sentirse mujer nuevamente y se imaginó tomada entre esos brazos fuertes, varoniles, amarrada al dosel de la cama, y sintió aquello que no había sentido en mucho tiempo: las ganas de no morir sola. Helena temía horrores a la soledad.

Se decían muchas cosas de Helena en aquellos tiempos. No tenía ni una sola amiga porque las vecinas le habían apodado “la malasuerte” y escondían a sus maridos cuando Helena pasaba muy rara vez contoneando sus caderas por el mercado metida en esos vestiditos rojos de licra mientras compraba baratijas y antigüedades para su casa. También se dice que tuvo una hija que concibió en un viaje de noche, en el baño de un avión, mientras atravesaba el pacífico siendo tomada en volandas por un narco Colombiano barba partido a treinta mil pies de altura. La niña fue procreada en mitad del trayecto de la Ciudad de México a Barranquilla.

Helena era una mujer de “altos vuelos”.

4.

¿Qué decir qué sucedió después? Sucedió lo predecible. Manuel llegó a la casa un día llorando, sucio, con la barba sin afeitar de días y sin un peso en el bolsillo. Traía la maleta vieja llena de cachivaches y ropa sucia en bolsas de plástico, y con moretones en toda la cara y sin un diente. Parece que se peleó con el dueño del bar donde trabajaba por un cliente que le agarró las nalgas en plena función y se agarraron a golpes, y éste lo echó a la calle como un perro, y Manuel vagó varios días durmiendo en hoteles baratos del centro del D.F. hasta que se le acabó el dinero.

Al entrar en la casa, Manuel percibió algo diferente en la atmósfera añeja del vestíbulo. Era como si el aire estuviera cargado de electricidad estática y saltaran chispas al contacto con la piel. Había en el ambiente un olor nuevo, diferente al de la naftalina que le recordaba el olor del cabello de la abuela Tita y a las termitas, al olor rancio de las flores en el patio, un olor dulzón que se le metía hasta adentro de las narices y le erizaba uno a uno los vellos de la nuca: el olor del amor. “Tenemos que hablar, Manuel…”, le pidió Adrián, agarrando a Helena fuertemente de la mano que se escondía tímidamente tras su espalda. “Dime…. Te escucho” –contestó Manuel, rechinando los dientes–. “Hay una fuerza maligna en mi corazón, y esa fuerza se llama desamor. Lo siento mucho…”, añadió Adrián.

Manuel permaneció inmóvil por un momento, en silencio, repitiéndose para sus adentros que no quería confirmar lo que ya sabía: Adrián ya no lo amaba. Incrédulo de lo que sus ojos veían, apretó los puños sintiendo unas enormes ganas de matarlos, se dio media vuelta y se marchó; subió las escaleras rápidamente y se dirigió a la recámara de la abuela para no salir en tres días. Aquella noche, convertido en todo manos y dedos, se hizo el amor como nadie jamás se lo había hecho.

En la semana siguiente, Adrián no volvió a tocar el tema en la casa, y Manuel no volvió a dirigirle la palabra nunca. Sentados los tres a la mesa del comedor, había un completo silencio mientras los tres agachaban la mirada y miraban al vacío con los ojos sumergidos en el fondo de la vajilla.  

Manuel y Adrián no volverían a compartir el mismo lecho, abrazados uno al otro en ese enorme camastro rodeado de cortinas, ni compartirían los mismos amantes.  Helena la malasuerte lo había reemplazado, avanzando en su cama como una lepra.

5.

En su viaje de golondrina, igual de etérea que el viento, Helena se vio en sueños. Era una hermosa pájara de ojos bordados de chaquira y plumas abrillantadas de seda negra, y cuando abría la boca ocasionalmente para soltar un ¡yuju! de alegría mientras caía en picada, no salían palabras. En vez de eso, un agudo y férreo canto de urraca brotaba.

En su sueño se sentía libre. Era como una pequeña cometa sin cuerda llevada a hombros del viento, planeando en las alturas y dando piruetas repetidas sobre el techo de la casa. Pisar el viento era como pisar una tonelada suave de algodón invisible bajo las plantas de los pies, y no caer.

Podía oler la resina de los naranjos. Podía mover las alas. Podía volar…

Desde arriba, pudo apreciar las altas palmeras de la construcción que se erguían como curveados pararrayos entre el jardín y el huerto instalado en el patio trasero, a un lado de una pequeña charca enflaquecida por el agobiante calor de mayo: ruda, manzanilla, menta, albahaca, laurel, tomillo. Vio a Adrián y Manuel y la negra, la mascota de la abuela Tita, una perrita criolla, tumbados bajo la sombra tupida de un limonero, tomando el fresco.

Helena continuaba en cama con los párpados pegados. Mientras su mente estaba dispersa en la densa bruma de aquél sueño, vio algo más que el simple vuelo de aquella noche. Se vio a sí misma nuevamente, pero esta vez ya no era una pájara de canto de urraca de largas plumas brotándole por debajo de los sobacos, sino Helena la “malasuerte” contemplando dubitativa su imagen en la luna del ropero con la mano puesta sobre el cuello tibio y vestida en camisón ligero.

Un chiflón del jardín penetró a través de la ventana con un leve siseo cargado de un intenso olor a jazmín, y una vela se encendió en algún punto de la habitación, inyectando un desagradable vapor de azufre a la atmósfera. Sintió como si alguien le mordiera suavemente el cuello y le repasa la cicatriz en la nuca con la lengua. Su conciencia se crispó. De modo que para cuando cayó en la cuenta de que estaba de pie, viéndose imitada en aquel espejo, la habitación ya había dejado de estar en tinieblas, y sabía que soñaba. Sabía que nada podía ser real dentro de aquella alucinación y que aquél debía ser un mal sueño…

Gotas de sudor le besaban los pechos.

6.

—Fíjate qué tengo en el cuello…. —pidió Helena a Adrián levantando medio cuerpo de la cama y se echó el cabello hacia atrás—. Me pica, ¿qué tengo?

—Un lunar.

—Tonto. Mira más abajo. ¿Qué es, dime…?

—Es un lunar —contestó Adrián.

—¡Yo no tengo lunares! —gritó Helena y fue a registrarse en el espejo del ropero, estirando el cuello tan blanco como el mármol—. ¡Dios Santísimo! Un morado… ¡Me ha besado el diablo!

—No parece un beso —corrigió Adrián, de pie, enrollado en la sábana como un fantasma—. Parece más bien un piquete.

—No se ve como un piquete. Te dije que lo había soñado. Algo malo va a pasar… –contestó Helena, reacomodándose el camisón.

—No lo creo. Vuélvete a dormir, nena… —dijo Adrián leyendo la hora en el reloj que estaba clavado arriba de la cama—. Aún es temprano. Tengo que irme a acostar.

7.

Al día siguiente, Helena tuvo una macabra idea: limpiar el aura de la casa. Rasparle el maligno vaticinio como si limpiara la mugre pegada al horno de la cocina. Limpiarla de todo mal.

Lo primero que se le ocurrió purgar fue la sala y el amplio recibidor. Para tal efecto, cargó varios gramos de aromática mirra en un incensario de cobre sobre la mesa del comedor, y lo alimentó con la lumbre de una cerilla sacada de su bolso. Botó a la negra a puntapiés de la casa, que se fue aullando con tal espanto hasta el patio, como si alguien le hubiera soltado un balazo entre las patas. Además, sacó las alfombras, las carpetas tejidas, el juego de té de la abuela con florecillas rojas que yacía con sorprendente equilibrio dentro de una charola de plata y sobre la codera del sofá, y el macetero del baño repleto de begonias que traía ya varios botones disimulados entre las ramas. Después se dio a la tarea de pasear al oloroso fuego hasta el último rincón de la casa: arriba y abajo, de un lado a otro.

—Malas vibras, malas vibras, ¡Fuera de esta casa! —increpó Helena balanceando el péndulo de humo y el rosario con tremenda fuerza, para después depositarlos sobre la mesita de centro—. Demonio, ¡Largo!… In nòmine Patris et Filii et Spiritus Sancti!

Cuando Helena llegó a la ventana del comedor se detuvo un momento, asomó la vista otra vez hacia el cielo que apenas si podía distinguirse por la densa lluvia, y preguntó, alzando las manos:

—Virgen María. Dios Santísimo. San Pedro: ¿Recibieron finalmente mi mensaje?

Envíenme una señal.

8.

Después de bajar a la cocina a beber un vaso de leche tibia para conciliar el sueño, aporreado desde hacía un rato por los potentes truenos, y habiendo reacomodado las cosas expulsadas al patio por la mañana —ahora las alfombras destilaban líneas de agua sobre el linóleo de la sala por la lluvia—,  Helena fue a acostarse.

Se puso el camisón de franela que sólo utilizaba en contadas ocasiones cuando sabía que por la madrugada la visitaría el frío, y se untó la mascarilla grumosa de avena hecha a partes iguales de agua y de miel alrededor de los ojos y la boca con un pincel duro. Con el cepillo de crin de la cómoda se acicaló el cabello frente al espejo por un buen rato.

Más tarde, se ungió la cera de abeja de un pomadero con un dedo sobre los labios, se puso dos rodajas gruesas de pepino sobre los párpados, y sobre éstas, el antifaz de tela. Lista.

Media hora después, enquistada en cama, Helena logró tener el sueño tan pesado como de piedra.

9.

Helena recibió la señal que tanto había pedido al cielo.

A eso de las cuatro de la madrugada, el intenso calor que se logró condensar en la habitación la obligó a dar un vuelco sobre la cama y despertar. Adrián seguía durmiendo profundamente a su lado. Su rostro, así como la cubierta plástica del colchón debajo de su cuerpo y su cabello, estaban completamente empapados, como si alguien hubiera vertido con mala voluntad varios galones de agua sobre ella al estar durmiendo. Pero no era agua de lluvia, ni agua del fregadero de la cocina, sino la humedad atrapada por horas durante el sueño, entre los surcos elevados de la cama. El camisón de franela se le adhería al pecho y sus redondos chupetes saltaban a la vista.

Cuando por fin pudo abrir los ojos en la oscuridad, aún húmeda y tibia, sintió miedo. Algo en su conciencia se volvió a crispar como en el día del sueño, y cuanto nervio había alojado en sus piernas y brazos se tensó al instante, como si un fuerte calambre le estuviera recorriendo el cuerpo y paralizándola. Era el aviso del miedo: “Algo malo ha ocurrido. Quieta. No te muevas. Podrías quemarte…”.

Al poner un pie sobre la alfombra del cuarto, sintió el piso tan caliente que gritó y dio un brinco de gato hacia la cama, como si una plancha de tostar hubiera sido reemplazada en lugar del antiguo linóleo corroído de la casa.

Helena tuvo entonces más miedo. Alguien llamaba ahora a la puerta con fugaces golpeteos: clap, clap, clap…

—¿Quién es?

Por el resquicio, una luz incandescente trataba de penetrar hacia ella, de alcanzarla. ¿Sería la luz del pasillo? ¿Ya habría despertado Manuel?.

 —¡Satanás! —se dijo a sí misma metiendo la cara bajo el cobertor—: ya vienes por mí… ¡Dios Santísimo, ocúltame en tu manto!.

 10.

Dos horas más tarde, Adrián despertó de súbito y se dirigió al cuarto de baño y notó que Helena no estaba en la cama. Después de afeitarse, se lavó con sumo cuidado el rostro, los dientes, se pasó el peine de cerdas abiertas por el cabello y se limpió el cuello y detrás de las ojeras con un paño del toallero. ¿Qué era lo que olía y soltaba tanto humo en la casa? Apenas si se podía ver la botella de alcohol entre tanta bruma, apenas si podía verse a sí mismo en el espejo. ¿Helena estaría todavía haciendo la limpieza espiritual de la sala? ¿Tan temprano?.

Fue abajo a investigar.

11.

—¿Qué fue? —preguntó Manuel al policía de la brigada contra incendios que en ese momento estaba concentrado,  terminando de redactar su reporte.

—Parece que una brasa de un incensario olvidado en el comedor empezó todo —respondió—. El fuego devoró más de la mitad de la casa, pero dejó intacto el lado norte.

—¿Y Helena? ¿Se pondrá bien? –preguntó Manuel al rescatista esta vez.

—No lo sabemos aún. Veremos si su suerte le ayuda a pasar la noche. Está muy delicada  —añadió el rescatista, consternado—. Suerte que no quedó toda hecha cenizas como la cotorra del patio…. 

 —¿Y la negra? ¿La han visto? —inquirió Manuel, que en ese momento se acercó a donde estaba Adrián, llorando.

—Sí. Se fue corriendo despavorida, hacia la charca del patio. Por ahí ha de andar metida —dijo el policía.

—¿Y qué fue? ¿Qué inició el desastre, por fin? —volvió a preguntar Manuel.

—Mala suerte, tal vez… —dijo el policía.

—Suerte que no cayó un rayo y partió la casa en dos —comentó Adrián—. Si no, también Dios nos hubiese churruscado… 

A pocos metros de ellos, el crujido de uno de los muebles quemados por el incendio desplomándose los obligó a volver la vista hacia la puerta delantera, y Adrián pudo ver algo entre los escombros que atrajo de inmediato su atención. Era una esfera de vidrio con un gran agujero en la base y algo dentro, que se parecía más bien a la borra deforme o al plástico derretido, y aún estaba caliente. Adrián cogió la orilla de su chaqueta y envolvió la pelota de vidrio con cuidado y caminó hacia la charca en el patio trasero, buscando a la negra.

—¡Negra! ¡Negra…!

En el camino, al pasar bajo las palmeras humeantes con las hojas parcialmente mordidas por el fuego, Adrián recordó algo. Desenvolvió la pelota de vidrio, la miró con detenimiento y pudo recordar qué era: el amuleto de Helena.

Helena, que era tremendamente supersticiosa, tenía esa bola de vidrio sobre el tocador de roble para darle suerte. Adentro de la bola había un pajarillo de plástico y agua con diamantina blanca como azúcar que simulaba la caída de la nieve sobre el animalito, al agitarse. Cada noche, antes de rezarle su cuota de rosarios a la Virgen y al batallón inmaculado de santos alojados dentro del ropero, Helena se vestía el camisón ligero de seda y se aplicaba la mascarilla de avena sobre los pómulos y la frente, y dedicaba un rato a contemplar la esfera de vidrio, sentada frente al espejo. Ella creía que eso la protegería de su mala suerte. Pero el mal augurio siempre llegaba a su vida de una forma u otra, siempre.

Cuando Adrián halló la esfera entre las cenizas, recordó a Helena siendo subida en la ambulancia y su rostro de pájara de plástico derretido.

La pájara y Helena (sólo unos días más tarde) murieron casi en las mismas circunstancias: la pájara hecha un churrusco en la casa dentro de su jaula y Helena hecha un churrusco en el hospital. No hubo suerte para ninguna de las dos.    

Esa mañana, las pájaras de nieve habían volado.

© RIGATITO NEMESIS, 2013.

PÁJARO AZUL

XXIII. El Coleccionista de amor (Versión final)

 

Marcelo era un judío de hermosos ojos azul topacio que tenía la manía de complacer a la gente con tal de ser amado. No sólo nació con la desdicha de tener una madre que poseía la vocación innata de ser puta y brindar un servicio social a más de una docena de clientes asiduos a sus sábanas, sino que pasaba gran parte del día arrumbado como un mueble en la esquina de un cuarto húmedo dentro de su cuna, bajo el arrullo fétido de las ratas lamiéndole los dedos regordetes con olor a leche. Su padre, un archivista monótono de gafas de fondo de botella que invertía más de diez horas sembrado frente a un escritorio, jamás mostró interés alguno por conocer a su primogénito. En cambio, gastaba el tiempo nadando en un mar de expedientes entre archivos perdidos y gruesos libros de contabilidad. La verdad es que la vida de aquel hombre aburrido transcurrió como la de un accesorio más de la casa que igual se hundía en el sofá de terciopelo cada noche mientras veía el televisor, o era una sombra que pedía de cenar siempre a la misma hora sin alterar su rutina. De tal suerte que un día simplemente se olvidó del pequeño niño y dejó de notar su existencia.

–¡Papá! ¡Mira! Papá, ¿te gusta mi dibujo…? 

–Marcelo, por favor, deja en paz a tu padre y no estés jodiendo… ¡vete a jugar a la calle, con un carajo! Anda –le ordenaba la madre.

Marcelo, o Michel (Michelle) como alguna vez su madre lo nombró porque muy dentro de ella habitaba el deseo reprimido de que fuera una niña hermosa y poder vestirla con bucles, listones y falditas de encajes, resultó ser un niño muy solitario que tuvo una infancia desprovista de todo tipo de amor e ignoraba el sabor de las caricias. El único familiar cercano que le sobrevivía era una abuela drogadicta que con gran frecuencia se turnaba la cama con la hija, e incluso habían fijado horarios bien establecidos en los cuales cada una podía atender a los clientes y rentar el cuarto sólo en ciertas horas permitidas. Así que, a falta de cariño y sin dinero, el chiquillo se vio en la tremenda necesidad de recurrir a su imaginación un sinfín de veces para matar el tiempo mientras permanecía encerrado bajo llave en un cuartucho repleto de muebles viejos de peluquería y enjambres de cucarachas que corrían despavoridas a esconderse bajo el colchón. A veces el encierro se alargaba hasta más de doce horas y las tripas le rechinaban de dolor. Había ocasiones en que su madre se olvidaba de abrirle el candado de la jaula, pues se iba a visitar a clientes desde muy temprano y regresaba borracha hasta la mañana siguiente, por lo que Marcelo no tenía otra opción que llevarse puñados de cucarachas a la boca que con el hambre que tenía le sabían a tostadas de maíz y a hierba. Pero de alguna forma milagrosa el chiquillo siempre sobrevivía.

Esa misma semana, a la madre se le ocurrió ventilar la casa después de cinco días de ausencia. Llegó toda mugrosa con la falda desabrochada y las pantimedias descocidas, abrió el candado preocupada por lo que podría encontrar dentro, y una vez que sus ojos se acostumbraron a la penumbra del cuarto, notó que Marcelo estaba al fondo, empapado sobre un charco de orines. Su conciencia se encrespó y entonces se sintió tan mal de verlo ahí tirado como un perro muerto que quiso rectificar su error llevando al niño al mercado.

–¿A dónde vamos? –preguntó Marcelo soñoliento, mientras los dedos del pie se le asomaban por el zapato.

–A comprarte lo que tú quieras, mi niño. Ya verás que te compro un animalito para que no estés tan solito. ¿Sí? –respondió la madre.       

De entre una docena de opciones, Marcelo se apresuró a escoger treinta pesos de pececillos multicolores y una pecera de globo en los que invirtió todo su presupuesto. La madre le compró algunas cebras y peces japoneses, pero no le duró mucho el gusto a Marcelo, pues a la semana siguiente la madre volvió a desaparecer y sólo regresó hasta cuatro días después cuando una patrulla la encontró vagando por Río Churubusco y la escoltó a regañadientes hasta su casa. Fue así como en un ataque de rabia e impulsado por el hambre nuevamente, el niño no tuvo otra opción que devorar a los peces uno a uno mientras les arrancaba los ojos y escupía las entrañas que sabían a metal, y se bebía el agua con orines donde las pequeñas sirenas habían hecho su nido.     

Con el tiempo, Marcelo creció y sus padres decidieron empezar una nueva vida cada quien por su lado. Juraron no volver a cruzarse en el camino del otro para evitar más rencores de antaño antes que terminar matándose el uno al otro por tanto odio recolectado durante tantos años de matrimonio, y de mutuo acuerdo se borraron de la memoria. Así que pusieron tierra de por medio y el padre subió sus cachivaches a una pick up prestada para nunca regresar. Esa fue la última vez que el niño volvió a saber de él. A Marcelo, un eterno cacharro que rodaba de casa en casa con cada mudanza al igual que la loza rota, la cama con dosel salpicada de garrapatas y los sillones forrados con plástico, le tocó la desdicha de quedarse a vivir con su madre y su abuela malhumorada, quien poco conocía de él y a veces olvidaba ponerle cubiertos en la mesa.

En aquellos tiempos Marcelo vivió su adolescencia en un burdel clandestino que estaba instalado en el segundo piso de una vecindad por el rumbo de la Merced, acostado sobre un colchón de hule espuma apenas más grueso que una hoja de cartón, y dormía bajo nubes espesas de cigarro y mariguana. Vio a más de un centenar de hombres desconocidos y una docena de feligreses asistir con gran religiosidad a la cama de su abuela y adentrarse en las piernas de su madre como en un templo, y vio cerrarse las cortinas del dosel un quintillón de veces frente a sus narices. Su abuela era una morsa que apestaba a tabaco y se revolcaba detrás de un mar de muselina. Cada gemido, cada olor, cada maniobra le resultaban tan familiares a Marcelo que a esas alturas del partido ya no le sorprendía en absoluto ver a cuadrillas de narcos subiendo las escaleras, cargando un cuerno de chivo al hombro y en las manos un six-pack de Tecate. Así que apretaba los párpados fuertemente y se ponía a imaginar que estaba en algún lugar muy lejano, que tenía una vida de circo nómada, o simplemente se ponía a dormir hecho un ovillo, arrullado por el canto monótono de un disco de vinilo: perfume de gardenias.

 Marcelo vivió así hasta cumplir los dieciséis años, justo el día en que conoció a un tipo treintón de buen ver en el último vagón del metro y se hicieron novios en menos de quince minutos, en el trayecto de la estación Pino Suárez a Tacuba, sin saber siquiera sus nombres. A pesar de sentir el peso de las miradas curiosas sobre sus espaldas, se fueron agarrados de la mano hasta llegar al final de la línea donde decidieron enfrentar juntos al destino. De esta forma, Marcelo que siempre había sido un tanto tímido y desconfiado, se sintió seguro con aquel hombre desconocido y no dudó siquiera en pedirle al tipo que le diera hospedaje, y le prometió que algún día se lo pagaría.

–Puedo trabajar en lo que sea; sólo quiero irme de aquí. Ayúdame por favor, te lo suplico –le dijo Marcelo. No te pido más…

El tipo asintió un tanto asombrado, lo metió a escondidas a su departamento en un tercer piso con su ropa metida en una caja de cartón, se tejieron unas cuantas mentiras para que la hermana de éste no sospechara que eran amantes y de esa forma es que Marcelo por fin se independizó de su abuela y su madre para jamás volver a saber más de ellas. Obviamente por la vida de Marcelo pasaron muchos hombres y muchas parejas con el tiempo, pero en cuanto consiguió empleo como ayudante en una tienda de vestidos de novia y pudo regresar el favor, no dudó en hacerlo.

Todo esto viene a colación porque el día que conocí a Marcelo jamás pude dilucidar el enorme sufrimiento que había en la vida de este precioso judío tras esos enormes ojos azules. Yo lo conocí un día de tantos en una cafetería del centro histórico que estaba por la calle de Moneda, y recuerdo haber accedido a pasar la noche en su departamento por el rumbo de la Condesa, beber un cóctel y quizás oír un cd de jazz. Marcelo amaba el jazz con toda su alma y era un hedonista que había aprendido el arte del placer en base a una vida de dolor. Pero también poseía una personalidad  bastante inverosímil.

La casa de Marcelo era completamente blanca como esas playas de Isla mujeres que casi parecieran cubiertas de azúcar impalpable. Era, más bien, una especie de penthouse con una terracita llena de plantas amazónicas y un bello porche tapizado de macizos de umbelas. Todo (desde la cocina hasta el rincón más íntimo del baño, incluyendo las baldosas del piso y el techo, la decoración minimalista, las plantas, hasta el patio) era de un lujo exquisito y de una belleza inmaculada. Marcelo tenía un gusto desmedido por la limpieza y había desarrollado con el paso de los años una fuerte alergia hacia el polvo y los ácaros, y dado el blanco es bien sabido que es el color más limpio que pudiera existir en el espectro, pues todo tenía que estar decorado en ese tono dando la sensación extraña de que la casa era un santuario de hielo tapizado por una sempiterna capa de nieve. Al llegar al departamento había que sacarse los zapatos y entrar descalzo para no manchar con las suelas sucias una docena de alfombras níveas que parecían conejos desmayados por todos lados, y había que pasarse un par de toallitas desinfectantes por las manos, la cara y el cuerpo varias veces antes de darle la mano o de tocarlo. Marcelo limpiaba todo cuánto se cruzaba en su paso: el porro de la puerta, las hojas de las flores, el canto de sus libros favoritos cuando los abría con sus manos de látex y se ponía a releerlos. Recuerdo que el día que me invitó a tomar un trago a su casa terminó embalsamando cuidadosamente mi cuerpo para no tocarme. Marcelo acostumbraba meter a bañar a sus amantes antes de acariciar cada rincón y pliegue de sus cuerpos, pero como ese día no había agua en el edificio, simplemente sacó un rollo de plástico para envolver carnes de la gaveta de la cocina y empezó a dar vueltas a mi alrededor, una y otra vez, hasta formar una mortaja transparente y dejarme apretado como una salchicha. «Bah, ¿qué más da? –me dije.» Ya estaba habituado a los hombres raros y sus costumbres igual de extravagantes. Sabía que sólo así podría amarme aquella noche.

–No tengas miedo, lo hago muy seguido. Confía en mí –me dijo.

Esa fue la primera vez que me besó tímidamente a través de un orificio en el envoltorio de momia y que alguien me hizo el amor sin siquiera tocarme.

 Marcelo, además de ser amathofóbico y odiar el polvo, guardaba pequeños mechones de pelo de sus amantes preservados celosamente en frasquitos de vidrio como parte de las tantas rarezas de su personalidad, y además era una especie de bruja tarotista que escogía a sus amantes de acuerdo a la lectura de sus lunares. Creía con gran fervor que los lunares de una persona podían darle pistas, como en un mapa celeste, sobre la personalidad de un individuo. En mi caso sólo le bastó con leer mi lunar cerca del hombro derecho para saber que era gay en aquel café del centro y supo de mi gran espíritu sensiblero; notó mi lunar en la mano y supo al instante que era el símbolo del amor sincero. En cambio, mi lunar en el cuello le mostró que era una persona con un gran gusto por la mesa y que, por supuesto, no podría rechazarle la invitación a cenar. Así fue como nos conocimos. Marcelo, por su parte, tenía un lunar negro muy marcado en el codo que, según él, vaticinaba que tendría que luchar mucho en esta vida y enfrentarse a una multitud de obstáculos de toda índole, y poseía otro más pequeñito en el párpado izquierdo que, según decía, trágicamente le auguraba una fuerte dificultad para amar.

–Yo no puedo enamorarme de nadie, absolutamente de nadie, ¿sabes? Porque sé que sufriré mucho y además tengo mucho miedo de hacerlo. ¿Recuerdas al tipo pelón del que te conté, que me bajó el dinero durante más de un año y al final me dejó sin carro? No, ya no quiero eso. Este lunar significa lágrimas, muchas lágrimas –respondía–. Ya tuve suficiente. Mi lunar claramente marca que estaré solo de por vida.

–¿Y por qué no te lo borras con láser? –le preguntaba siempre con cara de incrédulo.

–Porque sería como ser un prófugo de tu propio destino. ¿Sí me explico? –contestaba–. A mi edad, uno no puede ir por la vida revelándose a los designios divinos de los astros.    

 Pero lo que más horrorizaba a Marcelo en aquellos años no eran los ácaros, sino el miedo a su propio olor corporal. Su rutina de baño consistía en tomar tres duchas diarias, intercaladas con el lavado incesante de manos, genitales y de axilas cada que entraba al baño. Como todas las filias y fobias que lo afligían, su trauma tuvo origen en su más tierna infancia. Cuenta que de niño su madre lo llevó un día a visitar a los abuelos maternos en un rancho polvoriento, allá por el rumbo de Jilotepec, y entonces quedó boquiabierto al ver un centenar de árboles de tejocote sembrados al lado del camino, cargados de racimos con frutos amarillos como si se tratase de un oasis en pleno desierto. Entonces Marcelo, sediento y con hambre por el viaje, se ofreció amablemente a recoger la fruta tirada en el piso y se atiborró los bolsillos del pantalón con fruta para el camino. Se fue a sentar a una piedra y se puso a comer tejocotes asoleados en el patio por un buen rato mientras adentro velaban a su tío.

–Quédate aquí y no hagas ningún ruido –le dijo su madre–. No quiero quejas de tus tías, ¿entendido?

A las dos horas, en pleno velorio y mientras una señora gorda lanzaba gritos de agonía, Marcelo sintió un dolor terrible en el estómago y, sin más ni más, sin poder avisar “ahí va el golpe” siquiera, se cagó en el rancho, justo ante la mirada atónita de los dolientes. Jamás sintió en su vida tanto dolor como el que su madre le provocó al propinarle una cachetada a puño cerrado.

–¡¡Eres un cerdo!! Cómo se te ocurre hacerme esto en estos momentos…  ¡escuincle cochino!

Su madre se lo llevó a rastras llorando hasta el río para lavarlo, donde lo nalgueó de nuevo con una vara por cagarse y lo desnudó frente a sus primos (que se meaban de la risa en la orilla) para que aprendiera una lección de semejante vergüenza. Estuvo tiritando en el agua fría hasta que la piel en la punta de los dedos se le ablandó como uva pasa. Desde entonces, Marcelo tuvo un temor morboso a cualquier fluido corporal e incluso a vomitar, y con el tiempo se convirtió en el Bromidrosifóbico consumado que fue al final de sus días: horror a los hedores del cuerpo.

De modo que para no ser rechazado, Marcelo se untaba tres desodorantes diferentes después de cada baño, se ponía una capa invisible de loción desde la punta del pelo hasta los dedos de los pies, y se metía en el bolsillo un sachet apestoso a lavanda que compró en un viaje a Francia y el cual le ayudaba a conciliar el sueño por las noches cuando lo mordía el insomnio por miedo a la oscuridad. Con el paso del tiempo, Marcelo desarrolló muchas más manías en su haber: miedo a los espejos, miedo a los colores, miedo al dolor, miedo a engordar, miedo a los gatos, miedo a la gente, miedo a los relámpagos, miedo a comer en vajillas de plástico, miedo a los espacios abiertos, miedo al sol, miedo a los mocasines con calcetas, miedo a los árboles; en fin, miedo a casi todo. Eterno ermitaño, Marcelo pasó sus últimos días encerrado en su penthouse leyendo novelas añejas y murió un día de agosto en su cama, ahogado como una oruga enrollada entre los plásticos que protegían su lecho del polvo. Supe que la policía lo declaró un “accidente mientras dormía”, pero también sé, de muy buena fuente, que Marcelo un día de tantos despertó de su sueño de pitonisa temiendo horrores a la soledad, y fue así como surgió en él el miedo a la vida.

  © Rigatito Némesis, 2012.

 

Imagen tomada de la url: http://coleccionistayapuntadora.wordpress.com/contacto/

XXIV. MISS AK-47

Mi paso por el narcotráfico fue efímero y extraño. Efímero porque afortunadamente duró no más de un par de meses y extraño porque en ese tiempo viví toda suerte de cosas raras que jamás me habría imaginado a mis 17 años. Yo no era Miss Bala queriendo participar en un concurso de belleza ni tampoco andaba buscando a mi amiga borracha, perdida en una fiesta VIP allá por la frontera. Yo era un joven estudiante de universidad ávido de experiencias que sin querer un día de tantos fui a parar al lugar más insólito justo en el centro de la colonia Roma. Sucede que en aquel entonces andaba en la eterna búsqueda del amor y me topé con un clasificado en el periódico sobre una fiesta privada de ambiente que decía en letras pequeñitas y cursivas “Milk: grupo VIP de encuentro para gente de ambiente; sábados de 9 en adelante. Toque la puerta.”. Sólo eso decía, y más abajo un teléfono. No recuerdo exactamente cómo fue, pero de repente me encontré llamando a la puerta de una casona antigua, cerca de la plaza Río de Janeiro, justo donde está la efigie enorme del David rodeado de galerías esnob de arte y mostrando sus bien torneados músculos al aire.

Desde afuera la casona parecía abandonada, con largas cortinas amarillentas y llena de toda clase de baratijas amontonadas, pero por dentro, cada sábado por la noche, aquella casa escondía un oscuro secreto. En contraste, había un letrero con luces neón fundido sobre la vieja casona que daba fe en aquellos años del giro del lugar por las mañanas: “escuela de danza clásica y cursos de inglés”. Al llegar, recuerdo que unos ojos enrimelados se asomaron tímidamente tras una puertecita de alambre y me pidieron les acercara mi ife para que pudieran verla. Vestido de negro desde la punta del pelo y hasta las botas militares de caucho, el tipo me condujo hacia el umbral de un lounge casi completamente oscuro, donde me pidió que me desnudara y metiera toda mi ropa dentro de una bolsa de plástico, para después rotularla con mi nombre, meterla dentro de un gabinete y darme una llave que me colgué como un rosario al cuello. Con mi cuerpo tiritando de frío y los brazos cruzados al pecho, me condujo hacia un amplio salón rojo con piso de duela y paredes repletas de espejos churriguerescos y candelabros dorados, y en la intimidad más absoluta y clandestina, pude percibir una humedad vaporosa con olor a incienso y tabaco que provenía desde un jardín edénico más allá de los espejos, repleto de infinidad de plantas exóticas, lámparas y hiedras trepando hasta el techo, y en el centro una fuente. Con los ojos bien abiertos miré asombrado por un par de minutos la gran cantidad de efebos desnudos arremolinados hombro con hombro en un hormiguero de gente bailando y charlando en medio de una pesada nube de almizcle y sudor, pude contemplar entonces la belleza casi perfecta de tantos cuerpos bien formados desfilando en una continua pasarela frente a mis ojos.

Esa madrugada en la casona fue una noche memorable llena de un sinfín de excesos. Tomé y fumé lo que nunca había hecho en toda mi vida, y al entrar a la intimidad erótica del cuarto oscuro, en medio de la negrura invisible de la luz negra, sentí el perfume de su espalda. Él era alto y tenía unas hermosas piernas. Treinta años. De aspecto de campo, un tanto ranchero y manos curtidas por el sol. Soy de un pueblito, me dijo, pero tengo un chingo de lana y soy narco… ¿cómo la ves? ¿Te vienes conmigo, o qué onda; jalas? Sí, susurré mientras bailaba música electrónica, inhalando el olor ácido de un popper.

Mi narco desconocido se llamaba “O”. No hay mucho qué decir en realidad, pues para mi suerte lo conocí muy poco, pero al lado de “O” gocé de una vida llena de comodidades y atenciones, y supe de lugares caros y lujosos a los cuales nunca antes había podido acceder; probé platillos tan extraños que hasta ahora aún no alcanzaría a pagar con mi sueldo e incluso me codeé con la gente más respetada del espectáculo en ese entonces (“O” era amigo de todos por obvias razones). A la salida de la casa de mis padres, una caravana de camionetas negras aguardaba a menudo esperando que yo saliera y llevarme con “O” a una casa de campo (la cual tampoco nunca supe dónde rayos quedaba) para pasar el fin de semana o simplemente acurrucarlo entre mis brazos. Ése era mi trabajo sin paga, ser una sombra en su cama: jamás preguntes nada, no mires, no oigas, no recuerdes, no digas nada…

A diferencia de Miss Bala, yo conocí muy poco de “O” en esos pocos meses que, muy esporádicamente, pasamos juntos. Jamás supe si el cuento de que era narco era cierto o era pura fantasía. “O” con el tiempo desapareció. Tengo muchos negocios, me dijo, y pues verás… me voy a casar con una morra allá por el Norte, y quizás ya no te vea; ya no volveré a verte, ¿entiendes?, y tantán, así como si nada, un día ya no volví a saber más de él. Hoy en día aún me queda la duda abierta de si “O” en realidad era simplemente un fantasma…

2012. Rigatito Némesis.

XXII. La Cama

Jamás sentí tantas ganas de matar a alguien como cuando encontré a mi ex pareja haciendo el amor con su mejor amigo hace tres años. En ese momento, completamente horrorizado, sentí que me arrancaban las entrañas con las manos y se me salían los ojos de sus órbitas de la rabia, y entonces corrí a alcanzar un cuchillo de la cocina y quise clavarlo con la fuerza de mis dos manos hasta lo más profundo de su pecho. Quería sentir el filo hundiéndose cada vez más en su carne y la sangre calentita hirviendo de deseo escurriendo presurosa por el filo de la navaja. Aquella madrugada de diciembre, quise, por vez primera, abrir el envoltorio que los contenía: quise matar a su amante tendido en la cama completamente desnudo y abrirle el pecho como una naranja. Deseé jugar a ser Dios y aniquilarlos apretando mi dedo infame de sal hasta dentro de la llaga; convertirlos en piedra con la mirada de medusa inundada de cólera, hacerlos polvo y escupirlos a la nada. Quise incluso pintar un cuadro de los amantes con la sangre aún fresca sobre la duela de mi departamento y mojar los pinceles de mis huellas dactilares en el óleo sanguinolento, tejerme una brocha con los cabellos lacios y las nefandas pestañas, y quizás hasta hacerme un diario forrado de su piel curtida, como el botín obtenido después de haber sobrevivido a semejante espanto.

Me imaginé mil y un formas perversas de cómo deshacerme de los cadáveres, desde meterlos bajo la cama envueltos en bolsas negras mientras los tiraba a un vertedero esa misma noche; triturar sus cuerpos marchitos y arrojarlos a la basura, escondidos entre los almohadones de la sala; hasta acuchillarlos y alimentar a los perros famélicos de la esquina por semanas. Verlos enroscados cuerpo a cuerpo como dos serpientes fundiéndose en un largo beso sobre mi cama fue el espectáculo más grotesco que yo haya presenciado hasta ahora. El engaño es una aguja en la garganta…

Mi cama ha sido el lugar donde paso más tiempo de mi vida: en ella como, pinto, en ella duermo; sobre mi cama hago el amor, leo un libro, veo una película, la convierto en mi oficina y también escribo. Mi cama es el lugar más sagrado e íntimo de mi casa y muy pocos tienen acceso a ella. En los tres años que viví al lado de él, una fila interminable de personas asistió periódicamente a mi cama para recibir transfusiones de amor y migajas. Más de un centenar de veces pavoneó sus nuevas conquistas frente a mis narices, y en su afán insaciable de coleccionar amores, un día desapareció. Tres días después lo hallé escondido entre los arbolitos del estacionamiento de mi departamento haciéndole el amor a su mejor amigo, frente a la mirada impávida de un par de vecinos que espiaban asomándose detrás de las cortinas.

E. no era infiel; era, por así decirlo, un “coleccionista de amor”. Coleccionaba olores, texturas, besos, caricias y una infinidad de imágenes de rostros ensayando simulacros de amor sobre mi cama. Y un día de tantos, sin pensarlo, cogí una maleta llena de recuerdos amargos y mis libros y dejé de ser el abrigo colgado detrás de la puerta o el feto dormido en su cama de éteres sofocantes y formoles, dentro de un frasco.

Sobre el edredón de plumas donde jugamos a amarnos, mi alter ego le dejó esta nota:

“Paralítico, manco, diarréico de amor que grite, descalzo, desmemoriado, entre espejos turbios y charcos desencajados. Que chille y sienta cómo el dolor pesado, en los muslos (tu inimicísimo hematoma: tú eres la serpiente y yo el veneno en tu boca), se nos va encajando. Abre las piernas. Acuchíllalo sobre la ménsula, clávalo, mátalo. En un paraje desolado, de noche, abre la puerta del coche, la guantera, sácalo, arrastra el bulto, aviéntalo a un lado. Dejemos que la víscera repose. Que los jacintos pálidos, desmayados, germinen bajo sus lánguidos sobacos. Que se pudra, que se deshoje en trece docenas de orugas bajo las cáscaras de tierra y los músculos enhiestos de su encanto. Arráncale las muelas y la lengua. Que no estorbe. Que te deje. Que se vaya. Que joda a otro lado. Que no vuelva. Nunca. Que se le contraigan los tendones del corazón, de las orejas, detrás de la nuca, a un costado. Sobre la frente ancha y la quijada desnuda, tumba al espanto. Sanseacabó. Desátalo…
Duerme, lindo, ahora sí, duerme, calentito, junto a los bebés de las avispas, junto a tu nombre conjurado, a dos pasos del geranio.
(Me muero de tristeza nada más de mirarte)”.


2012. Rigatito Némesis.

foto de Weeraya Wuanalertlak Fouchard. Sin título, 2010

url de la imagen: http://centrodelaimagen.wordpress.com/2012/01/06/relaciones-y-relatos-seminario-de-fotografia-contemporanea-del-centro-de-la-imagen-2010-parte-ii/

XXI. Mudanzas

Después de estar sometido a décadas de telenovelas, innumerables reality shows y una docena de series gringas de televisión, creo que el drama por fin ha afectado sobremanera a mi vida. Me he transformado en un ser cuya existencia no podría imaginarse sin aquellos dramas telenovelescos en los que el dilema “¿me suicido con valium o sigo viviendo?” lo llevan a uno a estar constantemente al borde del abismo. Mi último drama se presentó hace no más de 48 horas a las afueras de mi trabajo, entre un ex-gran-amigo-ex-compañero y su servidor. Terminamos, por así decirlo, dándonos en la madre con la verbigracia y dándonos puñetazos de traición en la cara.

Siempre lo he dicho: amar es a menudo la calma antes de la desgracia, como lo es el silencio aún mucho antes de que arribe el huracán y se ancle estático en el puerto, derribando, así, todo cuanto se cruce en su camino. Así es el amor: una calma infinita que luego se convierte y se trasmuta sigiloso una y otra vez en una fiera huracanada de afiladas garras, que defiende a zarpazos y a mordidas todo lo que le es propio: el objeto del amor. A menudo el blanco de dicho ataque suele ser un amigo, un pariente lejano al que no habíamos visto en mucho tiempo, algún compañero de trabajo, algún profesor que alguna vez nos elogió simplemente por nuestras buenas notas, o incluso un desconocido del que, por supuesto, no sabemos nada, y por ello nos atrae mucho más. Porque, seamos sinceros, el amor llega áspero pegando como martillo encabronado y así puede llegar muchas más veces, pero una vez que anida dentro de uno, es difícil deshacerse por completo de éste. El amor es un Alien, un parásito, un fuego fatuo que invade a su huésped contra voluntad. Siempre queda la herida fresca que se abre y se contrae, se resana y se sutura, pero que no cierra nunca del todo. Las heridas del corazón son una de las lesiones más difíciles de tratar porque nada tiene que ver con lo físico o lo tangible, sino por el contrario, con lo espiritual. Es como la hierba de los jardines: se la puede cortar una y otra vez, pero si no se la arranca desde raíz, indudablemente volverá a crecer.

Casi siempre es así –ya lo decía Cesar Milosz–: “enamorarse no equivale a ser capaz de amar. Son cosas distintas…”. El error más grande que hasta ahora he cometido fue el enamorarme de mi mejor ex amigo y no corresponderle. Un hombre herido de amor es peor que una mujer despechada que puede hacer todo lo posible por retenernos hasta el punto de la locura. Quizás me enamoré alguna vez, cierto, pero nunca fui capaz de amarlo. Fingía, actuaba, me engañaba, me encogía de hombros, y a menudo me enamoraba de forma lúdica donde yo acechaba y cazaba a la presa. No es difícil. Si se es un muy buen actor casi nadie lo nota. Y así, un día de tantos, caí directo en la red de un amor falso, inexperto; incluso cruel. ¿Qué clase de amor se funda en la posesión obsesiva del otro, asfixiándolo, ultrajándolo, matándolo…?

De las heridas más grandes que alguien pudiera hacer a otra persona en esta vida se cuenta el perjurio. La mentira es un arma tan vil y baja que puede atravesar la carne y el corazón hasta lo más profundo. La decepción, por otra parte, es un sentimiento de agonía, de angustia, de querer saber qué fue lo que hicimos mal aunque seamos totalmente inocentes de aquello que se nos inculpa. Ahora resulta que decir la verdad es recompensado con el desprecio. En qué momento llega uno a perderse en ese mundo lleno de mentiras, en qué momento se vuelve uno parte de ese universo embustero, de ese círculo farsante? P.S. He renunciado a ti completamente. Más vale que te enteres, mi estimado thingy… Sé que quizás estés leyendo esto…

Hoy me acabo de dar cuenta de que una mudanza es, en cierta forma, una catarsis para el alma… no sólo dejas cosas atrás que ya no te son útiles, sino que tiras recuerdos enmohecidos, vivencias y personas que nos han hecho tanto daño en el pasado… Toda mudanza es, en cierta forma, un nuevo comienzo; es un “borrón y cuenta nueva”.

Rigatito Némesis, 2011.

 

Ilustración de Mercedes Jara:

 http://mercecrist.blogspot.com/2008/12/mudanza_03.html

 

I.

Bajo una tenue capa de difumino, el ojo verde y enrimelado de Carmina se asoma. El anochecer ha descendido a través de la ventana y se ha ido arrastrando lentamente por el piso hasta tocar con la punta de sus dedos el caballete que está observando de pie, junto a la puerta. Carmina observa, insultante, abriendo las piernas desnudas en posición de loto, donde las ingles se fruncen y sus labios se quejan adoloridos, a medio grito; entreabiertos. Me encanta la forma en que Yoko prosigue con su rutina: día a día, las veinticuatro horas completas, Yoko trabaja metido en su pequeño estudio oscuro y un tanto húmedo –con bata, pinceles y todo–, tal como lo haría una pulga metida bajo la almohada. Yoko es sencillo: el pelo alborotado y en las manos siempre carga varios tubos  aplastados de pintura, y un pincel de pelo de camello enjugado en ocre, metido en los bolsillos.

En la oscuridad, Yoko pinta una raya, después una línea, más tarde un punto y, ya cansado, a eso de las tres de la madrugada de un martes, abre su maletín de aceites de colores diversos vertidos unos sobre otros como si jugaran a mezclarse y ahoga entonces el pincel en el frasco de solvente a los pies ásperos de Carmina, acercándose sigiloso para olerla. Ella lo ve, mueve la cabeza un poco, le sonríe de nuevo irónicamente estirando la pierna derecha para tocarle el hombro con la planta del pie tan áspero como la lengua del gato, y él la besa en el tobillo, trepando con fuerza por la longitud de su pierna. Los labios de Yoko se pegan a Carmina; le va catando la piel fría, húmeda, perfumada a lirios y a naranjas, y por un breve momento puede sentir cómo su pene se erecta, e incluso alcanza a vislumbrar entre los parpadeos de la vela la sombra de su miembro despertando y abriendo su ojo contra el techo, proyectándose en la puerta: recto, incólume, viendo a Carmina allí sentadita, y ella abriendo sensualmente las piernas para ser tomada en volandas, mientras sus labios se templan poco a poco.  Yoko coge un difumino del caballete y le pinta un monte de Venus como un gladiolo abierto, en las manos una azucena, y después el clítoris en frágil botón de rosa. ¡Ahhh…! , Carmina respira y se entrega. Yoko se electriza al palparle untuosamente entre tanta negrura los senos redondos como dos grandes manzanas, y los prueba con la lengua. La noche paza rozándole el aliento con sus brazos negros, y Yoko y Carmina se tocan, se huelen, se comen, se besan…

II.

En la pared, donde vive Carmina, hay un hoyo; justo en el centro bajo el ombligo de ella. Carmina detesta el frío y la húmedad de la habitación, y de vez en cuando se pone furiosa cuando Yoko no la visita.  Desde hace más de una semana, Carmina ha estado de muy mal humor y ha tenido muchas molestias: la lluvia, el clima, el frío, la luz, el aire… Yoko lo sabe y abre de nuevo el estuche de óleos para sacar la sanguina y el pincel largo de finas cerdas.

En la oscuridad, desde hace tres días, yoko delinea un sexo con el pulso entrecortado sobre el muro de la estancia, inahala de cuando en cuando y prosigue, cuidadoso de no herirle  ni tocarle palmo alguno con el difumino en la pierna. Ellos se aman, y quizás algún día Carmina pueda salir de su cueva para entregarse a él por completo, y entonces su piel deje de ser de piedra.

III.

En la última luna nuevaa, Carmina desapareció. eran tiempos de lluvia entonces (Julio, parece), y de moho y salitre aferrándose a la pintura lavanda del estudio, a las lozas pardas del jardín, a la tierra. Nadie sabe qué sucedió con ella; si decidió marcharse un día y abandonar a Yoko para siempre, dejándolo solo y llorándole pinceladas bajo la luna hambrienta. Lo cierto es que aún queda la huella de Carmina junto a la puerta, como un simple surco que alguna vez fue el abismo de los delirios de Yoko donde penetraban sus sentidos (por donde se unía a Carmina), y ahora permanece frío, una simple grieta rojiza, donde antes hubo un cuerpo, unos senos, un ser esbozado de sanguina.

@ Rigatito Némesis, 2011.

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