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Faburla de amor
 
  Érase que se era, la historia de dos hombres solitarios unidos por una terquedad tremenda. Uno, a veces frío, a veces no, a veces nada, terco y ensimismado. (Narciso caprichoso, convaleciente muy posiblemente del complejo de Peter Pan). Otro, loco, berrinchudo y enamorado hasta el exceso como se había visto jamás en los cuentos de hadas (ni el Príncipe Felipe sintió tal amor por la Bella Durmiente, como el de Ceniciento por Mambrú), pero no bien correspondido, nunca de los nuncas. Pero finalmente los dos juntos, cohabitando una fantasía común: el amor de dos seres simples, que a falta de otra cosa qué hacer, se dedican a conocerse a través de fútiles premoniciones: ¿amor premónico, augúrico, fatuso? Quién sabe. El hecho es que estos dos hombres se conocen un día, y uno de ellos queda prendado del otro, de sus magníficas nalgas y las inolvidables y empañadas gafas de caramelo; y le anhela, ansía tenerlo, darse a sí mismo, ¡ya!, justo en ese momento. Y aquél gato le ve simplemente con una mirada díscola a aquel ratoncito, e indiferente juguetea con él, como un guiñapo. El gato tiene ahora entre sus garras el rabito del roedor. «¡Oh, qué lástima!», piensan algunos. «Se lo va a comer… No. No se lo comerá. (Ablandará el entremés)» Va a seguir trapeando la moqueta de la cocina con aquel peludo cuerpecito de hámster; y entonces le hace arrumacos y le susurra tiernamente al oído (como para darle ánimos al ratoncito entre tanto ajetreo): «Te amo». Y al ratoncillo se le iluminan esas canicas pequeñas que tiene por ojos y se entrega. «¡Aquí estoy, amor!», le dice. «¡Soy tuyo!». Y el gato se ríe y maúlla de complacencia, de saber que el ratoncillo no se irá jamás, que lo tiene aprisionado entre sus garras y que le pertenece (muy suya esta concepción narcisista del amor).
Entonces un día de tantos el ratoncillo decide salir finalmente de su agujero a buscar queso, y en el camino se encuentra a otro congénere, y le dice: «¡El gato de la cocina me ama! ¡Me ama! ¡Por siempre me amará, estoy seguro! ¡Y me ha dicho que piensa vivir conmigo!». Y el congénere ratón se quiebra de la risa, se aprieta la barriga y toma valor, un respiro, y serio le responde: «El gato no te ama; ¡ingenuo!. Él no puede amarte. En su corazón sólo hay espacio para uno: él. Y tú vienes a ser el segundo».
Y el ratoncillo se echa a llorar y llorar y llorar (un mar de lágrimas el pobre roedor), y se echa a correr fugaz por el campo y furioso tropieza, y después se levanta y vuelve a tropezar, y va a caer finalmente dentro de un hoyo. Dentro está el gato. Y otro ratón. El ratón de esta vez no es mejor que el primero, sin embargo, el gato lo ha preferido. ¿Por qué? Yo no sé decirlo (qué frasecita tan fastidiosa ésta de Sabines), pero creo que porque el amor es así: que contra voluntad tiene que ser doloroso, egoísta, y, a vecesmuy, muy, muy a veces—, esquivo.
Y entonces el ratón huye con el corazón lacerado (su mente le muestra entonces una serie de escenas conti-nuas de película acerca del gato acariciando a la otra rata: su pata sobre el vientre peludo del otro; un lametón de gato a la altura de la entrepierna de la rata; las garritas de la rata peinando las piernas membrudas del gato…) y vuelve a echarse a correr con un galope tremendo a tra-vés de aquel campo tan vasto que a momentos pareciera interminable, hasta más allá, lejos del denso chaparral, y llega a una carretera. Pero esta vez el ratón no le importa ya nada y sigue su correría sin fijarse, mientras que un camión se acerca a lo lejos con una velocidad igual de increíble, bajando por la cuesta como a 130 kiló-metros por hora. Entonces el ratón, sin pensarlo, da un brinco hacia la plancha hirviente, cruza, y justo en el momento en que está atravesando, uno de los enormes neumáticos del camión lo aplasta:
¡Crunch!
 
(Y el gato nunca se dio cuenta de ello)
 
 
Tan-tán.(1),
© 2004, Ricardo Mata.
 


 (1). Esta historia pertenece a un capítulo de mi libro, el cual fue escrito ex profeso como un regalo para alguien en aquél entonces, 2004. 
 
 
 

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