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Cándido, el Embalsamador

 

N

unca hubo una vez un embalsamador que rellenara pájaros y escueros con tanta pasión como cándido.
El día de su boda le regaló a Marieta un cisne rubio que encontró muriéndose entre los juncos de la laguna. Cuando nació, después de diecinueve años su único hijo, Miguel, colgó en su cuna una tijereta coluda como un colibrí , hasta que un día tuvieron que retirarla porque el niño quiso comerle la cabeza.

Por ese entonces vivían los tres: Marieta depilándose siempre con el cerote frente al espejo carcomido; Miguel jugando con las plumas de las aves o las vértebras de las víboras; Cándido trabajando en la piececita de la derecha, la más iluminada, la que tenia en la ventana latas de duraznos florecidas en malvones.

La pulcritud de la familia era comentada por loas escasos amigos que la visitaban, especialmente la del hombre, quien siempre sonreía como desvirtuando la desdicha que suponía su cruel oficio. La perfección de su labor no escapa a las críticas, tampoco esa manía de no recibir animales si él mismo no los cazaba. Jamás cándido embalsamó un chingolo si él no lo mataba (se solía recordar entre los amigos la anécdota del sabio Hussay que le trajo un día una boa para que la trabajara). Le gustaba venderlos ya acabados; con la satisfacción de haber sido él el que salía a buscarlos, viviendo la hora y el lugar de encuentro. Sentir correr por sobre sus dedos el líquido colorado y tibio y, lo mejor, el calor espeso de los cuerpecillos apretados en el saco de cuero.

Si había algo con que también gozaba, era cuando prepara la maleta para los viajes por el monte, por el campo; eran los instantes en que Marieta limpiaba sigilosamente la pieza de la derecha, mientras  el hijo seguía relamiendo las plumas o construyendo casas con las vértebras de los lagartos.

A su regreso, las habitaciones volvían a adquirir ese tufo oloroso y cálido de los pájaros húmedos, mezclado al agrio de las botas mojadas. Entonces Marieta y el niño se recluían en el comedor de ventanas con cortinas de crochet, sin olvidar el cerote y el espejo.

Así iba transcurriendo la fama de Cándido, el embalsamador. Jamás se supo de alguien capaz de rellenar tres pichones de palomo fijados en la ansiedad de sus picos hambrientos; de dar el lustre cobrizo y la mirada esquiva a la mulita desorientada y de mantener la cresta roja y flexible de un gallo.

Pero quien conociera a Cándido —como yo lo conocí— sabía que no era feliz. Estaba demasiado enterado de su oficio. No se quejaba de la precisión rítmica de sus muñecas ni de la destreza de su índice al introducir la lana en los cuerpos huecos. Tampoco de las tardes en acecho para sorprender a las perdices, justo en el momento en que despliegan su sociabilidad, cuando están sobrias y elegantes; o de los amaneceres de las garzas bajo el primer desperezo de sus alas. No. Pero eso no bastaba. Era sólo una acumulación de sensaciones; simples formas esquemáticas de sentir, repetidas, o quizás algunas nuevas, pero continuos y precisos subterfugios de una totalidad que aún no se abarcaba. Cándido buscaba amar desde la creación del ser, desde su principio. Crearlo con la exactitud pura de lo recién hecho, pero pensado en su destrucción para igualar todo en la perfección de una sola cosa.

Pensaba en su obra, una obra donde fuera él el único creador absoluto. De qué valía volver a dar vida muerta a una anguila o a un sapo si no podía darles antes la vida toda, total.

La sonrisa de Cándido fue haciéndose una mueca. Nunca había pensado en la muerte y ahora le atormentaba. Sus salidas se iban prolongando hasta semanas, volviendo a veces solo con las trampas inútiles y al hombro el saco vacío, caminando de memoria.

La gente comenzó a condolerse pensando en los años de Cándido, el embalsamador, y el la viudez que pasaría Marieta sin un centavo y con un niño de años. La mujer sufría y hacía callar a Miguel cuando quería repetir el nombre de los pájaros que ella misma le enseñara. El hombre se olvidaba de comer y estaba siempre con la cabeza erecta mirándose a sí mismo.

Pero un día todo cambió. Marieta recordaba la hora exacta por la sonrisa con que apareció Cándido: las tres de la tarde. , siete días antes de la Navidad. Habló tanto el hombre que ella jamás supo lo que dijo, embebida en cierta luminosidad de su rostro, y hasta lo vio joven y titánico como veintidós años antes, cuando le colocó el anillo y ella no supo qué hacer con el ramo de azahares. No quiso contradecirlo en nada, aunque iba a estar sola porque el hombre se llevaría al niño con él.

Esos siete días volvió a ser dichosa. Lo fue más, mucho más, cuando los vio acercarse. No mentía si afirmaba que venían envueltos en una aureola, que explotaba una claridad a su alrededor, tan brillante que enceguecía, y que resplandeció de golpe cuando Cándido, el embalsamador perfecto, le entregó el hijo, livianito, mientras le decía con una sonrisa simple:

—Tengo que hacerle los ojos del mismo color que los tenía.

  © Luis Mario Schneider.

 

 

 

 

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