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 El Pájaro negro 

E

ntró en tu alcoba por una ventana,
como el cuervo de Poe, y se posó,
con aire indiferente, en el alféizar.
Tu dijiste en seguida: "En ese pájaro
está la imagen de mi desastrosa
existencia, el espejo de mis males."
Creías que anunciaba otra desgracia
cuando voló hacia ti y buscó refugio
en tu hombro, como si fuese el loro
de Long John Silver, pero no decía 
nada desde su luto riguroso;
tan sólo te miraba y te miraba.
Por fin rompió su tregua de silencio
y dijo lo siguiente: "Amiga mía,
soy el cuervo de Odín, no sé si Huginn,
el divino y alado Pensamiento,
si soy Muninn, la Memoria sacra
(porque somos gemelos), pero vengo
—y esto sí que lo sé— a curarte el alma
y a devolverte la ilusión perdida.
Lo que pasó, pasó. Tendrás el mundo
a tu disposición si me haces caso.
Deja ya de enhebrar bobas metáforas
sobre el pájaro negro del dolor,
el fantasma de la melancolía,
las ruinas del espíritu o la cueva
de la angustia y de la desesperanza.
Deja ya de ensañarte con la vida
por lo que, en tu opinión, te ha arrebatado.
Sólo hay futuro. El sueño tiene alas.
Sé mi zorra, que yo seré tu cuervo.
 
  © 1999, Luis Alberto de Cuenca, Suplemento Cultural "La Jornada".  
 
 

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