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II. Diario de una Ninfómana (parte I)

 

De entre los muchos recuerdos que tengo sobre mi amiga Evelyn, uno que constantemente vuelve a mi memoria es aquél sobre un libro llamado “Diario de una Ninfómana”, que, indudablemente, fue otro gran parteaguas en mi vida. Por otro lado, en una versión “distinta”, más que remasterizada de dicho recuerdo, Evelyn aparece completamente excitaba con el mismo libro, asfixiándolo entre sus pequeñas manos e imaginándose por unos momentos siendo la victima de un flavio ensalivado que le ofrece un hombre gordo, parado a lado de ella, en el andén del metro Guerrero (la mujer se sentía igual de bitch que la tal Vanesa en aquellos tiempos, je… Y yo también, lo confieso…jojo). En algún momento surrealista de nuestra amistad (no recuerdo cuándo, quizás cuando trabajé para AMX, y antes de mudarme a T.), decidí desprenderme por fin de mi segunda “Biblia” de mano que hasta esos momentos venía dictando mi existencia, y decidí dársela no sé por qué rayos a Evelyn. Encontré ese libro en “El Rebusque”, una librería muy barata ubicada sobre el Eje central donde los encargados solían amontonar los libros sobre una gran montaña de papel, y había que echarse de vez en cuando un clavado a esa fosa de páginas y películas VHS para encontrar algo bueno. Eso sucedió un día de tantos en que la mente no me daba para pensar en opciones sobre qué hacer un domingo caluroso, y en aquellos días en que prefería mucho más chichifear en busca de turistas por el centro, que regresar temprano a casa.

 Recuerdo que la librería estaba como a dos calles del cine Teresa, y ese día se estrenaba alguna película barata en la marquesina art-Decó del cine, y súper porno (buga, creo). Y también recuerdo haber pagado como treinta pesos por una experiencia de lo más engorrosa que me había pasado hasta entonces. No diré nada de la función, puesto que no hay mucho qué contar, pero diré que además de haber entrado ese día al cine con un miedo tan pesado como un yunque cargado a hombros, con miedo de no saber qué o a quién encontraría ahí dentro (pues se cuenta tanta y tanta bizarrés sobre aquellas salas… :S), al final salí sin mi cartera, sin mi celular y con las suelas de los zapatos cubiertas de algo pegajoso que prefiero no recordar… yuck! Obviamente, mi experiencia fue de lo más digerible que puedo recordar, pues al menos no perdí los calzones Calvin Klein nuevecitos de quinientos pesos en el cuarto oscuro de un club de encuentro gay como el engendro, y por los cuales la mujer ésa casi llora…. (¡me cago de la risa…!) jejejejejejejeje…. LOL.

 

Ese libro era mi hit. Era como leer la historia de Evelyn y la mía juntas, vertidas sobre el papel; convertidas en una novela. Debo confesar que aquí en T. el espacio es lento y es como si el tiempo se hubiera detenido de repente y mi historia hubiese sido borrada de algún anaquel de la memoria, pues siempre hay alguien que muy entusiasta cuenta su historia como si hubiera sido lo más grandioso de la vida; y la mía, simplemente, la ignoran. Yo En T. soy un fantasma sin pasado ni memoria; soy alguien totalmente diferente. Pero en algún punto de mi historia, fui la más golfa de las golfas y la más perra de las perras… Fui cualquier cosa que pueda superar a mis amigos de T. y sus historias, y las historias de sus historias: me convertí en la ninfómana francesita, Vanessa, jugando a romper corazones, a chingarle el alma a los gueyes patéticos que me ligaba y a tener sexo sólo por dinero. A chingar por chingar a quien fuera. De ahí en adelante, el sexo sería mi “profugus fatus”; me perseguiría como un cuervo negro volando tras mis ojos por toda mi adolescencia…

La última memoria que guardo sobre un guagüis de cortesía a un turista, es aquella que precisamente sucedió el día en que compré el libro. Después de chacharear por un rato en el centro, me lancé a vagar afuera de Bellas Artes, y después de media hora de no hacer nada mas que flirtear con tipos en el jardincito, un gringo se acercó a mí. Traía jeans ajustados, pelo rubio y una sonrisa de pervertido que no podía con ella, pero que me gustó mucho más cuando el tipo se acercó a mí y me tendió la mano para acercarse lentamente a mi oído, y murmurar: “I like you… Wanna fuck?”. Un latigazo de luz recorrió mi espalda en ese momento y subió por mi entrepierna para brindarme la fuerza necesaria, y entonces responder: “Yep. Do u have a place?”.

Desperté a la mañana siguiente en el cuarto de un hotel en penumbras y completamente desnudo. El cuarto olía a sexo y todo en mi cuerpo olía a resaca. Al voltear y buscarlo a mi lado, noté que el gringo ya se había ido y en su lugar habían dos billetes de doscientos pesos bien dobladitos. Junto a mi almohada, había un condón usado sobre el buró y un post-it amarillo, que decía: “Hope to see you again, my friend J”.

Ésa fue la primera vez que no cobré por sexo, y también fue la primera vez en que disfruté que alguien pudiera hacerme el amor de tal manera, o por lo menos “sentirme” amado por una noche. Dos años después, el destino me llevaría a conocer al engendro en un cóctel erótico en una fonda que había por atrás de la Catedral del centro y darme cuenta, seis años más tarde, que el amor no era como yo imaginaba, sino una completa pesadilla a lado del hombre ése, y volver a sufrir de soledad. “E.” habría de romperme el corazón sin siquiera yo darme cuenta, aún más que cuando cogió a un tipo desconocido frente a mis narices y sin mi permiso en un campamento de Cuernavaca; y aún más, pero más, cuando se fue a vivir a Barcelona dejándome solo a mi suerte para terminar poniéndome el cuerno con un español anciano…  ¡¡¡coño!!!

Aprendí dos cosas del Diario de Vanesa: 1) no importa qué tan bien se porte la gente con uno, jamás de los jamases dejes de ser una perra; y 2) el amor es muy difícil de encontrar en estos tiempos, pero si logras encontrarlo, más vale dejar de ser la perra que eras…

(la fracesita es mía, claro está…)

Rigatito Némesis.

 

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