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III. La Casa de las Mariposas Negras…

 

 

 

 Frida kahlo escribió alguna vez: “hablar es combatir a la tristeza”. Hoy hablo no por tristeza o por enojo; hablo más bien como una forma de combatir al olvido. Combatir a ese olvido que con el paso del tiempo va haciendo mella en la memoria y va devorando lentamente uno a uno los recuerdos. Compartir los recuerdos con alguien antes de que se extingan de la mente, y también compartir esos traumas y deseos (como aquél en el que un día desperté sumergido en la ruina total, sin dinero, y a falta del mismo tuve que rematar gran parte de mi colección de libros preferidos a una librería de M. de Quevedo… L snif, snif….!).

 

A mi amiga Marlene la conocí un día de tantos cuando fui a una entrevista para trabajar en el call-center bilingüe de una aerolínea gringa. La recuerdo allí paradita en una esquina de la recepción, todita vestida de aeromoza con ese traje sastre azul marino que marcaba delicadamente su silueta y sus enormes glúteos, llenando una papeleta con su información personal. Recuerdo haberme aproximado hacia ella, haberle preguntado cualquier cosa, y bastó no más de cinco minutos entonces para volvernos almas gemelas. Cabe aclarar que ésa no fue la primera vez que yo la veía, pues ya antes habíamos coincidido al trabajar para AMX, pero fue hasta entonces que pudimos intercambiar una que otra palabra y darnos cuenta que estaba predestinado que algún día seríamos amigos. Descubrimos, entre otras cosas, que éramos del mismo signo zodiacal, Aries, y que nos gustaban los mismos tipos de hombres: “feo, fuerte y formal…”, decía mi mami (basta recordar al engendro para entenderlo, jeje). Descubrimos que padecíamos el mismo carácter irascible que de vez en cuando nos causaba grandes conflictos con los demás; que compartíamos el mismo gusto por las chácharas viejas y exóticas del bazar de antigüedades de la esquina que visitábamos de cuando en cuando en nuestra hora de comida. Y descubrimos, además, la afinidad por la comida china de un restaurantito del Centro; la enorme tendencia a crear siempre un halo de dramatismo entorno a nuestras vidas; y que la crema de limón con coco en el helado sabe más rica si le pones mermelada de blueberry encima.  En fin, éramos uno sólo deambulando codo con codo por las calles del Centro en aquél entonces. Tan parecidos éramos, que el día en que un estúpido hindú al otro lado del mundo me gritó en inglés por la bocina del teléfono reclamándome un cobro indebido, simplemente no dijimos nada: aventamos los auriculares a un lado, nos levantamos de nuestro asiento y nos enfilamos lentamente hacia la puerta de la oficina, barbilla arriba, abandonando para siempre ese horrible trabajo. Ésa tarde Marlene quería ir a un billar, quería conocer güeyes, ligar, y quizás beber una que otra cerveza, pero por alguna razón inexplicable terminamos perdidos entre la calles del centro. Yo quería ir al cine porno de la esquina de Venustiano, entrar a conocer güeyes en la clandestinidad que sólo la oscuridad ofrece, y ponerle… y ponerle…, y seguirle poniendo…

Con el tiempo, M. y yo nos distanciamos más y más. Ella, eterna ariana voluble, cambió de trabajo una y otra vez. Y yo hice lo propio, pero por mi lado: me mudé de casa, de amigos, de vida, de novio y me quedé a vivir en T. Y entonces el único lazo que nos quedó fue el librito de doscientas páginas empastado en color verde que alguna vez escribí para el engendro en nuestro aniversario: “La Casa de las Mariposas Negras”.

Cuando pensaba que jamás volvería a ver mi libro, después de más de dos años de ausencia, un día apareció de repente en la puerta de mi casa. Venía envuelto en papel periódico y un poco maltratado, con las hojas sucias de dedos y un poco húmedo por la sal del mar. Cuenta Marlene que aquél libro pequeñito cayó en las aguas azules del caribe y que casi se pierde en la inmensidad del océano; que alguna vez ese ejemplar insignificante casi se vio perdido, pues fue raptado por el novio celoso de una amiga y no fue hasta que se pagó el rescate que retornó por fin a sus brazos. Cuenta también M. que ese libro huyó alguna vez del fuego en el incendio del apartamento de Cancún, y que pasó después por muchas, muchas otras manos que lo leyeron. Asimismo, cuenta el engendro que también su libro viajó con él por toda Europa, acompañándolo en su travesía y que se quedó a vivir con él un año entero en Barcelona (cosa que yo jamás pude lograr), y que nunca lo dejó solo cuando por fin llegó a Canadá, para después brincar a Colombia.

Algún día ese libro visitará otros lugares, otra gente, otras manos, otros cuerpos y podrá contarme otras historias al oído.

 

Rigatito Némesis. 2008.

 

 

 

 

3 Comments

  1.  
    Soleluna: 
     
    De entre todas las personas que conozco, amiga, hoy quiero agradecerte especialmente a ti porque tú fuiste la única que me brindó un gran aliento de vida y ánimo de seguir por este camino literario, al postear tu nota en mi space. Tienes razón, amiga: recordar es algo hermoso. Y más cuando recordar a personas como tú, marlene, angie, o a b,c,d…. se trata. No importa a quién se recuerde, sino recordar, y traer a la vida aquellas travesías que hemos pasado juntos. No creas q te he olvidado. He estado escribiendo una pequeña nota acerca de ti, ahora que la musa me ha visitado este semana, y espero no lo tomes a mal el día que lo veas posteado en mi space; sabes que lo hago con cariño. Te agradezco mucho, amiga, por ser de las veintiúnicas personas que se preocupan por leer mi espacio y por tomarte 2 minutos para escribirme lo que piensas. ESpero mi panda lea algún día mi space, jeje. P.D: Me encantó el poema. Espero seguir en contacto, vale? Un abrazo.
     
    Rigatito.

  2. amigo del alma!!!!
    que bonito es volver a leer esto y recordar nuestros perfectos ayeres, mil besos y bendiciones para ti, te super quiero😀

  3. amigo del alma, es un placer volver esto, nuetros perfectos ayeres, te quiero amigo😀


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