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  IV. Menáge Me-trois (menásh me-truáh)

 

 

Para Papisberto

 

 

 

 

Empezó como un juego, un simple jugueteo. Comenzó como todas las filias comienzan: a través de una simple experiencia. Primero, con cierto recelo, empecé a frecuentar más y más el último vagón que en ese entonces decía Paco era donde uno podía encontrar más variedad de “niñas” qué ligar. Apenas llegaba la noche del viernes, sacaba la ropa más fashion que podía del ropero y me trasformaba. Me ponía el blazer de terciopelo negro, los jeans deslavados, la camisa de rayas de gis, las botas negras picudas y el backpack de piel atravesado de hombro a hombro. Conforme iba atravesando el andén interminable y sentía las miradas pesadas de güeyes observándome fijamente desde el otro extremo, me sentía toda una diva realizada en camino a los oscares, jeje…, como en una pasarela, y erguía aún más el cuello. Apenas abrían las puertas del vagón, ya había alguna presa frente a mí dispuesta a ser devorada. Con la mano puesta sobre el  bulge apretado de los jeans, la pulserita de colores asomándose tímidamente bajo la manga de la camisa o la mirada cachonda apuntando con una precisión de radar militar desde el otro extremo, podía uno saber inmediatamente quién y qué intenciones tenía. Entre aquel mar de gente y las violentas sacudidas del metro, el frottage de los cuerpos resultaba más que inevitable. Poco a poco los cuerpos tibios se iban aproximando instintivamente de un extremo a otro del furgón. Hallándose excitado y totalmente atrapado e inmóvil, uno no podía hacer nada más que quedarse quietecito y dejarse toquetear, y rendirse a aquél enorme abrazo de pulpo de cientos y cientos de manos ajenas encima de uno. De pronto, tras un súbito enfrenón del vagón, una mano robusta ágilmente trepaba como un mono por detrás de la pierna y acariciaba mis nalgas, subiendo con gran destreza por la entrepierna y deslizándose hasta encontrar el bulto. Bragueta abajo… zippppp….!

 

Su nombre era A. Tenía un cuerpo no muy marcado, medio delgado y compacto, espalda ancha y tendría como 35 años. De clase baja. Cabello castaño y hermosos ojos marrones. Sólo una mirada fugaz y un toqueteo disimulado con su mano metida en mi bragueta fue lo que necesitamos para bajarnos en la siguiente estación. Me dijo que iba camino a su negocio y que vivía solo; que tenía tiempo de sobra para enseñarme algunas técnicas del Kamasutra; que buscaba sexo y que esa mañana yo le había “latido”. Yo le dije que iba camino a la universidad, que vivía con mis padres y que no tenía lugar para ponerle, que tenía prisa y que le daba mi número del celular por si es que algún día él deseaba llamarme; quizás la semana entrante. Él asintió, desdobló la palma de mi mano sobre la suya como una suave hoja de papel, y sacó un boligrafo del bolsillo de la camisa, escribiendo su número con letras rojas y torpes: 0445558… 89…  “Soy de Tepito; ¿no te molesta, cierto?…”  “No, en lo absoluto”, le respondí, sin dejar de mirar su entrepierna abultada.

Llegué a las 11:30 tal como lo habíamos acordado. Lo vi venir a lo lejos, caminando con un paso lento, pero seguro. Esta vez traía puesto un pants, una gorra y una playera con dibujitos. Subimos juntos al último vagón vacío del metro, y tan pronto pusimos un pie dentro, noté que de su entrepierna comenzaba a emerger algo amorfo… Sentí entonces una inmensa bola de pelos atorada en la garganta, y lo que después recuerdo haber hecho fue deslizar mi mano dentro de aquél pants rojo… Y después (no recuerdo cómo diablos) estar desnudo… y… y… y….

Lo último que recuerdo es haber sido tomado en volandas, pegado como una mosca a la puerta del último furgón del metro. Recuerdo haber visto una procesión interminable de luces neón y violeta pasando rápidamente frente a mis ojos como una serie de lucecitas navideñas, y oír entre susurros un tímido “te quiero”. Y la oscuridad infinita del túnel.

Jamás volví a saber nada más de mi tepiteño favorito que me dio el mejor menáge me-trois de mi vida. Jamás le dije a mi novio en turno que lo había engañado con un hombre desconocido en el vagón de un metro. Desde entonces, lo confieso, jamás he vuelto a ver el último furgón del metro de la misma forma que antes de que me contara Paco sobre aquél tipo de encuentros…

 

Ahora duermo metido en el mar que es mi cama con un hombre hermoso a mi lado y la laptop sobre las piernas, mientras escribo esto. (Él lo sabe). Ahora duermo cobijado por sus brazos conocidos y tibios, y por su pierna suavecita que me protege como un tercer brazo cada noche. Duermo tranquilo con el arrullo de su respiración entrecortada sobre mi nuca y confiado en que la soledad no volverá a inundar jamás mi cama de nuevo. Y que cuando esas brillantes luces púrpura y neón que veo en sueños desaparezcan al final del camino, sé que él estará ahí siempre para tomar mi mano y cuidarme, y no dejarme solo, nunca, nunca más.

 

Gracias papito.🙂

Rigartito Némesis, 2008.

 

 

url de la imagen: miguelflores.com.mx

 

 

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