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V. “Bloody Side”

 

 

 

Angie y yo compartíamos un lazo psíquico, algo así como un vínculo telepático e infalible que nos decía dónde, cómo y cuándo es que le sucedían cosas al otro. Éramos casi como gemelos dotados de un extraordinario “sexto sentido” que nos revelaba cosas que a veces el otro omitía ya fuera por temor, miedo o vergüenza; qué se yo. El día que mi mejor amiga hacía el amor con un tipo al otro lado de la ciudad y se retorcía de placer en los brazos del hombre X, yo podía sentir aquél mismo orgasmo calentito brotando desde mis entrañas y haciendo vibrar mi cuerpo por completo. Aquel día en que ella se abandonó completa a ese hombre tan anhelado desde hacía tanto tiempo, pude sentir cómo aquel mismo hombre que le hacía el amor a mi mejor amiga en aquella cama, entre aquellas sábanas, también me lo hacía a mí, a la misma hora, a kilómetros y kilómetros de distancia…

 

Un tacón roto fue el motivo que desencadenó nuestro encuentro. Por alguna razón ridícula e incierta del destino, uno de sus tacones se rompió mientras esperábamos nuestro turno en la fila de una caja, y sin pensarlo tuve que sacarme de repente el chicle de la boca para pegar los dos extremos del zapato. Un año después, quién lo dijera, ya éramos los mejores amigos del mundo.

Juntos recorrimos los lugares más extraños y más desconocidos del centro histórico, sus museos zigzagueantes y sus galerías, sus callejones escondidos y húmedos, sus tiendas raras, sus mercados añejos y vivimos infinidad de experiencias que nos dejaron marcados de por vida. Vivimos, por ejemplo, aquél temblor que nos tomó por sorpresa en plena huida del departamento de mi ex novio Ulises y por el cual A. casi entra el estado de pánico (casi hubo que cachetearla para que reaccionara, je). Y peor aún, casi se lanza como una desquiciada por la ventana. Vivimos el drama de tener que sobrellevar un hermano bipolar que constantemente amenazaba a su madre y a ella de un día matarlas cortándoles la garganta, y por lo cual A. vivía siempre en un perpetuo estado de angustia (pobre A.). Y Vivimos nuestro primer y único beso. En uno de esos convivios ex profesos de la universidad y cuando yo aún era medio bicicleto y andaba saliendo con mi ex, Sandra, sucedió lo impensable. Ali llegó con una tipa X a la reunión, y A. con el corazoncito lacerado por aquél ultraje, decidió darse al alcohol. Ya borracha y casi desmayada, hubo que meterla al baño para vomitar. Adrián y yo la sujetábamos por los brazos mientras ella pendía aferrada a nosotros, vomitando, y en algún punto borroso de mi memoria ella comenzó a desnudarse. Conocí sus curvas extrañas y su piel morena; conocí la enredadera de su sexo obscuro y conocí la sierpe que era su lengua. El beso resultó fugaz, suavecito, húmedo e inesperado, pero ese beso vino a corroborar lo que yo desde hacía mucho tiempo sospechaba: jamás estaría enamorado de una mujer en mi vida; jamás de los jamases…

 

El primer hombre del cual los dos quedamos perdidamente enamorados se llamaba Ali. Con los audífonos del discman siempre conectados como venas de plástico a un CD de U2 y sus jeans deslavados, su melena negra y escurrida que olía a jabón de baño y sus sudaderas amplias, Ali paseaba desenfadado por los pasillos de la facultad o se tendía por un rato en el pasto a tomar el sol como lagartija, al final de día de clases. Siempre que yo pasaba por el jardín de enfrente de la cafetería y lo visualizaba ahí tendidito de espalda con las piernas estiradas, durmiendo tan profundamente, no podía evitar preguntarme cuál sería el olor de su sexo con esa piel de leche y la tersura de sus enormes labios rojos. Ali era feo. Tenía la nariz ancha y larga, y su rostro bien podría haber sido el de un árabe: peludo, mandíbula ancha, pelo largo hasta por debajo del lóbulo de la oreja y delgado. Pero tenía algo que ni yo ni A. habíamos sabido explicar y que nos atraía cada vez más.

Con el tiempo los tres, A., Ali y yo comenzamos a juntarnos más y más  a la hora del almuerzo en el patio de la facultad: Ali escuchando música en su discman (Pink Floyd, U2, Cranberries…); A. tendida como una pequeña foca sobre el pasto amarillento, acariciando el pelo sedoso de Ali entre sus dedos pequeños; y yo viendo de reojo a Ali, fumando, y de cuando en cuando observando tímidamente su entrepierna. Así pasábamos nuestros días en aquellos años.

El día de mi cumpleaños número 18, con mi sexo madurado y con unas ansias tremendas de conocer a tipos en los antros y poder entrar en cuanto lugar me había sido negado antes, nadie recordó ésa fecha. Sólo A. se aproximo de entre un grupo de personas y me abrazó. Y Alí, que sólo me dio una palmadita seca en la espalda y una hojita de papel doblado que decía: “Sapo verde eres tú, sapo verde eres túuuuuu…. Espero que algún día me dejes conocer tu Bloody Side.”

Mi sexto sentido no podía estar equivocado: el hombre aquél tendría que querer algo conmigo, o por lo menos traer algo entre manos.

El día en que A. cumplió su mayor fantasía, aquel día en que por fin pudo estar confiada y segura en los brazos de Ali., yo pude sentirlo.  Sentí los brazos largos de Alí recorriendo mi espalda como hierba fresca y su pelo suave cayendo sobre mi cara. Sentí sus caderas cuadradas y tibias, sus muslos apretados y su sexo rígido. Sentí sus labios rosas repasando en contorno de mi oído despacito y su pecho húmedo apretado contra mis pezones. Sentí lo que A. sentiría al explotar Ali dentro de ella, sentí el calor y el hambre de ese cuerpo, y sentí el orgasmo en comunión con ellos como en un trío. Sentí cuando A. se vino y rasguño entonces la espalda de Ali y cuando Alí soltó un pequeño gemido…   

De Ali jamás supe nada al salir de la facultad. Supe que lo casaron a la fuerza por embarazar a alguna compañera, y también supe que ya nunca sería el mismo. De A. sólo supe que se casó y tiene una hija preciosa.

Noche tras noche, recuerdo aquella nota que me dio Ali en mi cumpleaños y que aún conservo en una cajita, y no puedo evitar recordar aquél día, imaginarme entre sus brazos y sus cientos de caricias; recordar sus preciosas cejas árabes y su diskman. A veces desearía poder regresar 10 años en mis sueños y encontrar el Bloody Side de aquél árabe de Filosofía.

 

Rigatito Némesis, 2008.

 

 

 

 

 

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