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VII. Súcubo In Blues…

 

 A lo largo de los años, muchas personas me han dado algo de ellos que me ha marcado de por vida. He aprendido a ser una suerte de súcubo bastante sensato que absorbe características y dones de cada uno de ellos. Marisol, por ejemplo, una pequeña musa de cabello como espuma marina y grandes ojos melancólicos, y una de mis mejores amigas, me dio el don de la pintura. Me regaló aquél portafolio de madera que se transformaba en un pequeño caballete a capricho mío y el cual me permitió transportar todos mis materiales con una facilidad sorprendente a donde yo quise. Pinté a mis ex parejas, a gente extraña, a mis amigos, a sus formas y a sus sexos. Con ello, Marisol disparó mi creatividad inimaginablemente hasta los cielos y pude entonces pintar un día “El Sueño de Mambrú” donde retrataba a mi ex desnudo con esas hermosas ancas de tritón, durmiendo tranquilo sobre un centenar de olas turquesa. Necia enamorada de la soledad y un tanto enemiga del amor (más por las circunstancias que por decisión propia), Marisol ha sido siempre la figura que me ha inspirado con su talento a escribir máximas filosóficas y a no depender de nadie.

Nidia me dio el don de la paciencia y la clarividencia. Terca e insegura hasta los huesos, y una vez que descubrió mi nuevo talento como tarotista y oráculo de los sueños, ya no dejó más su vida a la suerte. Siempre quería saber cuándo, dónde y por qué es que las cosas le sucedían a través de la lectura de cartas. Fueron varias las veces en que incluso sostuvimos algunas sesiones de tarot, tendidos en el césped de la alameda y entre docenas de árboles, y muchas más las veces en que, insistente y bastante preocupada, llamaba a media noche por el teléfono pidiendo el consejo de las cartas.

De J. C. adquirí el don del buen amigo comedido. Aprendí de él que a veces un amigo tiene que hacer hasta lo imposible por el otro, aún si ello implicara un pequeño “sacrificio”. A cambio, yo le di el don del beso. Dejé que me tocara con sus manos blancas y delicadas, y dejé que explorara cada superficie con su lengua inexperta, cada textura, y que oliera cada rincón de mi cuerpo. Y dejé también que probara el sabor de unos labios que, a diferencia de los suyos, no eran nuevos. J.C. aprendía lento por aquél entonces, por lo que después de cada clase corríamos a escondernos en los baños de la torre de Rectoría a repasar una y otra vez lo ya aprendido. Con el tiempo, J.C. y yo le fuimos perdiendo el gusto al monótono beso, y entonces decidimos llevar las clases a la práctica, en la cama. Pero no funcionó. Un día, al vernos completamente desnudos, J.C. empezó a temblar con un nerviosismo tremendo por alguna razón desconocida, y decidimos mejor olvidarlo. No le insistí; estaba claro que ya no necesitaría más de aquel don que tanto habíamos ensayado. Ahora necesitaría alguien que pudiera regalarle por fin y para siempre el don del primer amor.   

De Eduardo (el primer engendro), adquirí prematuramente el don de odiar. Odié a todo y a todos con una enorme furia contenida dentro del pecho (La venganza es una flor en llamas que enciende el pecho de amargura, y le gusta chingarnos la madre de vez en cuando). Te deseo que donde quiera que estés, alguien pueda regalarte el don del amor, amigo, pues es la mejor cura para el odio que te consume desde hace años por dentro. Te deseo, además, que encuentres el don del perdón, de la sabiduría, de la comprensión y de la “no-soledad” en tu camino por si acaso…

De Olguis aprendí muchas cosas valiosas, pero quizá la más importante para mí fue aquella cuando, borracho y triste, me brindó el don del consuelo: aprendí a llorar sobre su hombro por el amor recién perdido, y he aprendido a reflejarme con el tiempo en el espejo transparente de sus ojos. Entre sus brazos delgados, sé que existe un refugio para mi alma incomprendida. Todo es cuestión de desenmarañar el laberinto que la encierra y encontrar la puerta que la limita. Algún día, ella podrá escapar del minotauro que la mantiene escondida en una cajita.

César, en cambio, me dio dos dones: el don de la compasión y de la verdad. De alma limpia y hasta cierto punto sensiblero, C. me acompañó como una sombra durante casi todo mi paso por la facultad, y muy pocas fueron las veces que caminé solo en aquellos pasillos de la escuela. Pasábamos las tardes bajo los arces charlando una y otra vez sobre el tremendo dolor de cabeza que era su novio, de cómo lo había engañado una y mil veces con tipos desconocidos que se topaba en la calle, de cómo C. pasaba las noches enteras en vela pensando en formas románticas para el suicidio y de cómo podría vengarse de E. de nuevo, y fue entonces cuando comprendí que el amor era eso: simplemente un largo y repetitivo dolor de cabeza. Quizás como un salvavidas al que uno, tarde o temprano, se aferra por miedo a caer en ese océano azul e inmenso que es la soledad. A menudo, uno cierra los ojos y se avienta de frente al vacío… Somos muchos los que, cobardes, al fin y al cabo, negamos nuestros instintos. Somos súcubos “in blues” buscando algo que le de cierto sentido a nuestra vida.

Steve, pequeño mío, me has dado indudablemente el mejor de los dones: el don de existir y darle una razón a mi vida. Te amo.

(Última actualización: 24 marzo de 2009)

 Steve, engendro mío: me has quitado el mejor de los dones que pudiste haberme regalado y a cambio me hundiste en la depresión más profunda, aplastándome con el pulgar como a una hormiga. Me eres indiferente. En la palma de mi mano te has ahogado bajo un charco de gargajos…

Rigatito Némesis, 2008.

 

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