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VIII. Recordando a Fobiasberto

 

 

I.

 

Primero fue la aracnofobia. Con sus largas patas negras y peludas, y con sus colmillos puntiagudos, caminaba la araña despacio sobre mi pecho. Tendría 4 años. Yo jugaba en medio de un campo de girasoles gigantes cazando mariposas en la casa de una tía y de repente quedé enredado en la telaraña. Una araña verde con una bola negra por joroba brincó a mi pelo y corrió presurosa a esconderse bajo mi camisa. Su pequeña y dolorosa mordida me dejó ámpulas alrededor del torso y en el brazo, y dos semanas de infinita comezón. Desde entonces temo horrores a los arácnidos. Mis peores pesadillas han sido con ellos (arañas gigantes que me aplastan; miles de arañas que se trepan a mi hombro queriendo morderme; arañas que entran como en un torrente a mi boca, etc.), además de aquellas en que leones furiosos me persiguen incansablemente por las calles hasta atraparme; y si alguien dice “a-ra-ñña…”, la piel se me eriza y me brincan entonces los escalofríos detrás de la nuca como arañas ponzoñosas. Aún miro debajo de la cama y la almohada antes de acostarme para cerciorarme de que ninguna de ellas perturbe mi sueño.

 

II.

 

Despúes fue la agorafobia. La agorafobia comenzó un día estando en plena plancha del zócalo. No sabría cómo describirlo, pero lo más cercano a tener agorafobia es cuando sientes que te falta el aire, un sudor frío empapándote el cuerpo, un miedo paralizante y entonces un vértigo tremendo te azota las piernas como un fuerte ventarrón, y caes al suelo. Así vivía yo aquellos años de mi adolescencia, entre los 16 y los 19 años: enclaustrado en mi cuarto, escribiendo en la computadora, comiendo sopa Carnation recién calentada en microondas y viendo televisión. Cualquier espacio abierto representaba para mí el más horrible de los miedos que podría tener por ese entonces. Era desmayarse en la calle; tener diarrea. Ser agorafóbico gran parte de mi vida aquellos años me impidió salir siquiera a la esquina de la casa por algún mandado o ir a alguna fiesta. “Tengo mucha tarea”, “no me siento bien” o “no se me antoja ir a la fiesta…” eran las excusas perfectas para ocultar mi miedo. Sin embargo, ésa fue la etapa de mi vida en que más cree cosas y cuando más pinté. Quizá estar encerrado trajo consigo algo bueno después de todo. Aún guardo cajas y cajas de escritos de aquél entonces que todavía no termino de revisar y el libro que le escribí al Engendro y que también pertenece a la misma época.

Aún me tambaleo un poco al caminar por una larga avenida sin nada a mi alrededor.

 

III.

 

El miedo a comer es el miedo a la vida; es el miedo a esta vida absurda llena de estereotipos y cánones que nos limitan. Miedo a ser imperfecto. Miedo a ser rechazado. Miedo a no ser “atractivo” para los demás; es supervivencia. En casa, mi miedo por la comida empezó un día cuando, sentados a la mesa, mi madre dijo “estás gordo, eres un puerco; tienes que bajar de peso”, y desde ese momento mi nombre dejó de ser “R.” para simplemente ser “El Gordo”. Tuve alguna novia que me rechazó entonces por serlo, y pasé toda mi secundaria escondiéndome, conformándome con ser el mejor amigo bonachón de todos y cada uno de mis compañeros, atrapado entre constantes ataques de bulimia y anorexia. En Prepa la cosa fue diferente. Bajé de 75 a 55 kilos en unos cuantos meses, y cuando volví a reunirme con mis antiguos compañeros de la secundaria, muchos de ellos ni siquiera me reconocían. Me había transformado por completo. Era como haber resurgido de una crisálida después de mucho, mucho tiempo de estar atrapado y tener un cuerpo nuevo, ser una persona distinta y haber adquirido otra identidad y otra vida. Hace ya tiempo que le perdí el rastro a esa nueva persona que alguna vez fui. Ahora he vuelto a entrar a la crisálida y de vez en cuando recaigo en la bulimia, y no sé cuándo vuelva de nuevo a emerger de ella…

 

IV. 

 

Rompía las llaves del baño y del fregadero una y otra vez; mi madre se enfurecía a cada rato conmigo. Era como una constante en mi vida: o enchuecaba las llaves de tanto girarlas en el cerrojo de la puerta, al cerrarla, o rompía las perillas de la estufa o zafaba los grifos de la regadera por miedo a dejarlos abiertos. Era como el Rey Midas, pero en lugar de volver los objetos en oro, los volvía trizas. Tenía miedo de que la mínima gota de agua escapara de los grifos y de que el gas de la estufa pudiera quedar abierto y envenenarnos mientras dormíamos. Alguna vez el psicólogo de la escuela catalogó esta fobia como una manía, y tras un estudio minucioso de unas semanas en su consultorio, acertó al decir que jamás me curaría de dicho mal. Desde ese entonces, ya no he vuelto a romper ninguna llave más en casa, pero si resulta increíble el tiempo que suelo invertir en algunas simples tareas domésticas: 1) cerrar la llave del boiler (10 min.); 2) cerrar la puerta por las noches (7 min.); 3) cerrar la regadera (10 min.); 4) cerrar la puerta del carro (una y otra vez hasta que selle) y 5) cerrar la puerta del refrigerador… ufff! Ésta es la más difícil: puedo estar horas y horas empujando la puerta con la cadera hasta que estoy seguro que está por fin cerrada, y durante el día pasar frente a éste y checar una y otra vez que no se haya abierto.  

 Rigatito Némesis, 2008.

 

 

 

 

 
 

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