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XIII. Ne me quitte pas, solitude… 

 

 

Sucede que a veces uno despierta enredado en los brazos de un amante desconocido, apresado entre las sábanas olorosas y las almohadas húmedas de una habitación a oscuras; asfixiado en una perpetua nube de perfume y semen. No se sabe cómo es que llegó al punto en que se inició la rutina de los viernes, justo a las 3 de la tarde, cuando uno se haya entre esos brazos grandes y peludos, y desconoce también el cómo de aquél hombre pesado repasándole los labios con la lengua, dibujando círculos infinitos con el dedo ensalivado en su espalda y sobre su vientre,  ya sea lamiéndole el lóbulo de la oreja derecha, o bien haciéndole el beso negro. El hombre es un erizo que devora con su pequeña boca rosa el cuello largo de cisne de su presa, y le muerde salvajemente las axilas y la nuca, como un felino reclamando su gorrión desmayado que recién ha muerto entre sus fauces.

Sucede que a veces uno se despierta en una cama ajena que no es otra cama sino la propia, pero que por ser compartida con otros amantes se vuelve impura, extraña, diferente. Las sábanas se impregnan entonces de olores y sudores de otros cuerpos, y la alfombra no es sino un campo sembrado de manchas invisibles que brillan en las tinieblas sólo con luz ultravioleta. 

Sucede que a veces uno coge no por amor, sino por soledad, aburrimiento y desesperanza.

 

 

  

Rigatito Némesis, 27 febrero de 2009.

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