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XVII. El Tragafuegos

 

 

 

Ser un tragafuegos es, en cierta manera, una forma de suicidio. Es devorar la lumbre con la boca y sorber el fuego que se escurre caliente por los labios. Es probar el amarillo de las flamas que hinchan la carne de los labios como una vulva, como se hincha el sexo de una mujer en celo y explota convertido en fruta madura. Tragar fuego es hacerle un fellatio ardiente a la muerte, es quemarse la lengua y las vísceras en tan efímero sorbo. Es un harakiri a los pulmones que corta con la velocidad del trueno, es asestarle un gancho rápido al hígado. Ser un tragafuegos es morir en vida un poquito más y más cada día.

 

 

 

  

 

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