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I.

Bajo una tenue capa de difumino, el ojo verde y enrimelado de Carmina se asoma. El anochecer ha descendido a través de la ventana y se ha ido arrastrando lentamente por el piso hasta tocar con la punta de sus dedos el caballete que está observando de pie, junto a la puerta. Carmina observa, insultante, abriendo las piernas desnudas en posición de loto, donde las ingles se fruncen y sus labios se quejan adoloridos, a medio grito; entreabiertos. Me encanta la forma en que Yoko prosigue con su rutina: día a día, las veinticuatro horas completas, Yoko trabaja metido en su pequeño estudio oscuro y un tanto húmedo –con bata, pinceles y todo–, tal como lo haría una pulga metida bajo la almohada. Yoko es sencillo: el pelo alborotado y en las manos siempre carga varios tubos  aplastados de pintura, y un pincel de pelo de camello enjugado en ocre, metido en los bolsillos.

En la oscuridad, Yoko pinta una raya, después una línea, más tarde un punto y, ya cansado, a eso de las tres de la madrugada de un martes, abre su maletín de aceites de colores diversos vertidos unos sobre otros como si jugaran a mezclarse y ahoga entonces el pincel en el frasco de solvente a los pies ásperos de Carmina, acercándose sigiloso para olerla. Ella lo ve, mueve la cabeza un poco, le sonríe de nuevo irónicamente estirando la pierna derecha para tocarle el hombro con la planta del pie tan áspero como la lengua del gato, y él la besa en el tobillo, trepando con fuerza por la longitud de su pierna. Los labios de Yoko se pegan a Carmina; le va catando la piel fría, húmeda, perfumada a lirios y a naranjas, y por un breve momento puede sentir cómo su pene se erecta, e incluso alcanza a vislumbrar entre los parpadeos de la vela la sombra de su miembro despertando y abriendo su ojo contra el techo, proyectándose en la puerta: recto, incólume, viendo a Carmina allí sentadita, y ella abriendo sensualmente las piernas para ser tomada en volandas, mientras sus labios se templan poco a poco.  Yoko coge un difumino del caballete y le pinta un monte de Venus como un gladiolo abierto, en las manos una azucena, y después el clítoris en frágil botón de rosa. ¡Ahhh…! , Carmina respira y se entrega. Yoko se electriza al palparle untuosamente entre tanta negrura los senos redondos como dos grandes manzanas, y los prueba con la lengua. La noche paza rozándole el aliento con sus brazos negros, y Yoko y Carmina se tocan, se huelen, se comen, se besan…

II.

En la pared, donde vive Carmina, hay un hoyo; justo en el centro bajo el ombligo de ella. Carmina detesta el frío y la húmedad de la habitación, y de vez en cuando se pone furiosa cuando Yoko no la visita.  Desde hace más de una semana, Carmina ha estado de muy mal humor y ha tenido muchas molestias: la lluvia, el clima, el frío, la luz, el aire… Yoko lo sabe y abre de nuevo el estuche de óleos para sacar la sanguina y el pincel largo de finas cerdas.

En la oscuridad, desde hace tres días, yoko delinea un sexo con el pulso entrecortado sobre el muro de la estancia, inahala de cuando en cuando y prosigue, cuidadoso de no herirle  ni tocarle palmo alguno con el difumino en la pierna. Ellos se aman, y quizás algún día Carmina pueda salir de su cueva para entregarse a él por completo, y entonces su piel deje de ser de piedra.

III.

En la última luna nuevaa, Carmina desapareció. eran tiempos de lluvia entonces (Julio, parece), y de moho y salitre aferrándose a la pintura lavanda del estudio, a las lozas pardas del jardín, a la tierra. Nadie sabe qué sucedió con ella; si decidió marcharse un día y abandonar a Yoko para siempre, dejándolo solo y llorándole pinceladas bajo la luna hambrienta. Lo cierto es que aún queda la huella de Carmina junto a la puerta, como un simple surco que alguna vez fue el abismo de los delirios de Yoko donde penetraban sus sentidos (por donde se unía a Carmina), y ahora permanece frío, una simple grieta rojiza, donde antes hubo un cuerpo, unos senos, un ser esbozado de sanguina.

@ Rigatito Némesis, 2011.

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