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XXII. La Cama

Jamás sentí tantas ganas de matar a alguien como cuando encontré a mi ex pareja haciendo el amor con su mejor amigo hace tres años. En ese momento, completamente horrorizado, sentí que me arrancaban las entrañas con las manos y se me salían los ojos de sus órbitas de la rabia, y entonces corrí a alcanzar un cuchillo de la cocina y quise clavarlo con la fuerza de mis dos manos hasta lo más profundo de su pecho. Quería sentir el filo hundiéndose cada vez más en su carne y la sangre calentita hirviendo de deseo escurriendo presurosa por el filo de la navaja. Aquella madrugada de diciembre, quise, por vez primera, abrir el envoltorio que los contenía: quise matar a su amante tendido en la cama completamente desnudo y abrirle el pecho como una naranja. Deseé jugar a ser Dios y aniquilarlos apretando mi dedo infame de sal hasta dentro de la llaga; convertirlos en piedra con la mirada de medusa inundada de cólera, hacerlos polvo y escupirlos a la nada. Quise incluso pintar un cuadro de los amantes con la sangre aún fresca sobre la duela de mi departamento y mojar los pinceles de mis huellas dactilares en el óleo sanguinolento, tejerme una brocha con los cabellos lacios y las nefandas pestañas, y quizás hasta hacerme un diario forrado de su piel curtida, como el botín obtenido después de haber sobrevivido a semejante espanto.

Me imaginé mil y un formas perversas de cómo deshacerme de los cadáveres, desde meterlos bajo la cama envueltos en bolsas negras mientras los tiraba a un vertedero esa misma noche; triturar sus cuerpos marchitos y arrojarlos a la basura, escondidos entre los almohadones de la sala; hasta acuchillarlos y alimentar a los perros famélicos de la esquina por semanas. Verlos enroscados cuerpo a cuerpo como dos serpientes fundiéndose en un largo beso sobre mi cama fue el espectáculo más grotesco que yo haya presenciado hasta ahora. El engaño es una aguja en la garganta…

Mi cama ha sido el lugar donde paso más tiempo de mi vida: en ella como, pinto, en ella duermo; sobre mi cama hago el amor, leo un libro, veo una película, la convierto en mi oficina y también escribo. Mi cama es el lugar más sagrado e íntimo de mi casa y muy pocos tienen acceso a ella. En los tres años que viví al lado de él, una fila interminable de personas asistió periódicamente a mi cama para recibir transfusiones de amor y migajas. Más de un centenar de veces pavoneó sus nuevas conquistas frente a mis narices, y en su afán insaciable de coleccionar amores, un día desapareció. Tres días después lo hallé escondido entre los arbolitos del estacionamiento de mi departamento haciéndole el amor a su mejor amigo, frente a la mirada impávida de un par de vecinos que espiaban asomándose detrás de las cortinas.

E. no era infiel; era, por así decirlo, un “coleccionista de amor”. Coleccionaba olores, texturas, besos, caricias y una infinidad de imágenes de rostros ensayando simulacros de amor sobre mi cama. Y un día de tantos, sin pensarlo, cogí una maleta llena de recuerdos amargos y mis libros y dejé de ser el abrigo colgado detrás de la puerta o el feto dormido en su cama de éteres sofocantes y formoles, dentro de un frasco.

Sobre el edredón de plumas donde jugamos a amarnos, mi alter ego le dejó esta nota:

“Paralítico, manco, diarréico de amor que grite, descalzo, desmemoriado, entre espejos turbios y charcos desencajados. Que chille y sienta cómo el dolor pesado, en los muslos (tu inimicísimo hematoma: tú eres la serpiente y yo el veneno en tu boca), se nos va encajando. Abre las piernas. Acuchíllalo sobre la ménsula, clávalo, mátalo. En un paraje desolado, de noche, abre la puerta del coche, la guantera, sácalo, arrastra el bulto, aviéntalo a un lado. Dejemos que la víscera repose. Que los jacintos pálidos, desmayados, germinen bajo sus lánguidos sobacos. Que se pudra, que se deshoje en trece docenas de orugas bajo las cáscaras de tierra y los músculos enhiestos de su encanto. Arráncale las muelas y la lengua. Que no estorbe. Que te deje. Que se vaya. Que joda a otro lado. Que no vuelva. Nunca. Que se le contraigan los tendones del corazón, de las orejas, detrás de la nuca, a un costado. Sobre la frente ancha y la quijada desnuda, tumba al espanto. Sanseacabó. Desátalo…
Duerme, lindo, ahora sí, duerme, calentito, junto a los bebés de las avispas, junto a tu nombre conjurado, a dos pasos del geranio.
(Me muero de tristeza nada más de mirarte)”.


2012. Rigatito Némesis.

foto de Weeraya Wuanalertlak Fouchard. Sin título, 2010

url de la imagen: http://centrodelaimagen.wordpress.com/2012/01/06/relaciones-y-relatos-seminario-de-fotografia-contemporanea-del-centro-de-la-imagen-2010-parte-ii/

One Comment

  1. WOOOOOOOWWWWWW! AS USUAL, YOU’VE GOT MY HEART ONCE AGAIN WITH THESE WONDERFUL THINGS YOU WRITE, I CAN’T FIND THE WORDS TO EXPRESS HOW PLEASED YOU MAKE ME FEEL , IT REMINDS ME OF THOSE AWESOME DAYS WE SPENT TOGETHER SHARING FEELINGS AND PLANS LONG… LONG TIME AGO.


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