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XXIV. MISS AK-47

Mi paso por el narcotráfico fue efímero y extraño. Efímero porque afortunadamente duró no más de un par de meses y extraño porque en ese tiempo viví toda suerte de cosas raras que jamás me habría imaginado a mis 17 años. Yo no era Miss Bala queriendo participar en un concurso de belleza ni tampoco andaba buscando a mi amiga borracha, perdida en una fiesta VIP allá por la frontera. Yo era un joven estudiante de universidad ávido de experiencias que sin querer un día de tantos fui a parar al lugar más insólito justo en el centro de la colonia Roma. Sucede que en aquel entonces andaba en la eterna búsqueda del amor y me topé con un clasificado en el periódico sobre una fiesta privada de ambiente que decía en letras pequeñitas y cursivas “Milk: grupo VIP de encuentro para gente de ambiente; sábados de 9 en adelante. Toque la puerta.”. Sólo eso decía, y más abajo un teléfono. No recuerdo exactamente cómo fue, pero de repente me encontré llamando a la puerta de una casona antigua, cerca de la plaza Río de Janeiro, justo donde está la efigie enorme del David rodeado de galerías esnob de arte y mostrando sus bien torneados músculos al aire.

Desde afuera la casona parecía abandonada, con largas cortinas amarillentas y llena de toda clase de baratijas amontonadas, pero por dentro, cada sábado por la noche, aquella casa escondía un oscuro secreto. En contraste, había un letrero con luces neón fundido sobre la vieja casona que daba fe en aquellos años del giro del lugar por las mañanas: “escuela de danza clásica y cursos de inglés”. Al llegar, recuerdo que unos ojos enrimelados se asomaron tímidamente tras una puertecita de alambre y me pidieron les acercara mi ife para que pudieran verla. Vestido de negro desde la punta del pelo y hasta las botas militares de caucho, el tipo me condujo hacia el umbral de un lounge casi completamente oscuro, donde me pidió que me desnudara y metiera toda mi ropa dentro de una bolsa de plástico, para después rotularla con mi nombre, meterla dentro de un gabinete y darme una llave que me colgué como un rosario al cuello. Con mi cuerpo tiritando de frío y los brazos cruzados al pecho, me condujo hacia un amplio salón rojo con piso de duela y paredes repletas de espejos churriguerescos y candelabros dorados, y en la intimidad más absoluta y clandestina, pude percibir una humedad vaporosa con olor a incienso y tabaco que provenía desde un jardín edénico más allá de los espejos, repleto de infinidad de plantas exóticas, lámparas y hiedras trepando hasta el techo, y en el centro una fuente. Con los ojos bien abiertos miré asombrado por un par de minutos la gran cantidad de efebos desnudos arremolinados hombro con hombro en un hormiguero de gente bailando y charlando en medio de una pesada nube de almizcle y sudor, pude contemplar entonces la belleza casi perfecta de tantos cuerpos bien formados desfilando en una continua pasarela frente a mis ojos.

Esa madrugada en la casona fue una noche memorable llena de un sinfín de excesos. Tomé y fumé lo que nunca había hecho en toda mi vida, y al entrar a la intimidad erótica del cuarto oscuro, en medio de la negrura invisible de la luz negra, sentí el perfume de su espalda. Él era alto y tenía unas hermosas piernas. Treinta años. De aspecto de campo, un tanto ranchero y manos curtidas por el sol. Soy de un pueblito, me dijo, pero tengo un chingo de lana y soy narco… ¿cómo la ves? ¿Te vienes conmigo, o qué onda; jalas? Sí, susurré mientras bailaba música electrónica, inhalando el olor ácido de un popper.

Mi narco desconocido se llamaba “O”. No hay mucho qué decir en realidad, pues para mi suerte lo conocí muy poco, pero al lado de “O” gocé de una vida llena de comodidades y atenciones, y supe de lugares caros y lujosos a los cuales nunca antes había podido acceder; probé platillos tan extraños que hasta ahora aún no alcanzaría a pagar con mi sueldo e incluso me codeé con la gente más respetada del espectáculo en ese entonces (“O” era amigo de todos por obvias razones). A la salida de la casa de mis padres, una caravana de camionetas negras aguardaba a menudo esperando que yo saliera y llevarme con “O” a una casa de campo (la cual tampoco nunca supe dónde rayos quedaba) para pasar el fin de semana o simplemente acurrucarlo entre mis brazos. Ése era mi trabajo sin paga, ser una sombra en su cama: jamás preguntes nada, no mires, no oigas, no recuerdes, no digas nada…

A diferencia de Miss Bala, yo conocí muy poco de “O” en esos pocos meses que, muy esporádicamente, pasamos juntos. Jamás supe si el cuento de que era narco era cierto o era pura fantasía. “O” con el tiempo desapareció. Tengo muchos negocios, me dijo, y pues verás… me voy a casar con una morra allá por el Norte, y quizás ya no te vea; ya no volveré a verte, ¿entiendes?, y tantán, así como si nada, un día ya no volví a saber más de él. Hoy en día aún me queda la duda abierta de si “O” en realidad era simplemente un fantasma…

2012. Rigatito Némesis.

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