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XXIII. El Coleccionista de amor (Versión final)

 

Marcelo era un judío de hermosos ojos azul topacio que tenía la manía de complacer a la gente con tal de ser amado. No sólo nació con la desdicha de tener una madre que poseía la vocación innata de ser puta y brindar un servicio social a más de una docena de clientes asiduos a sus sábanas, sino que pasaba gran parte del día arrumbado como un mueble en la esquina de un cuarto húmedo dentro de su cuna, bajo el arrullo fétido de las ratas lamiéndole los dedos regordetes con olor a leche. Su padre, un archivista monótono de gafas de fondo de botella que invertía más de diez horas sembrado frente a un escritorio, jamás mostró interés alguno por conocer a su primogénito. En cambio, gastaba el tiempo nadando en un mar de expedientes entre archivos perdidos y gruesos libros de contabilidad. La verdad es que la vida de aquel hombre aburrido transcurrió como la de un accesorio más de la casa que igual se hundía en el sofá de terciopelo cada noche mientras veía el televisor, o era una sombra que pedía de cenar siempre a la misma hora sin alterar su rutina. De tal suerte que un día simplemente se olvidó del pequeño niño y dejó de notar su existencia.

–¡Papá! ¡Mira! Papá, ¿te gusta mi dibujo…? 

–Marcelo, por favor, deja en paz a tu padre y no estés jodiendo… ¡vete a jugar a la calle, con un carajo! Anda –le ordenaba la madre.

Marcelo, o Michel (Michelle) como alguna vez su madre lo nombró porque muy dentro de ella habitaba el deseo reprimido de que fuera una niña hermosa y poder vestirla con bucles, listones y falditas de encajes, resultó ser un niño muy solitario que tuvo una infancia desprovista de todo tipo de amor e ignoraba el sabor de las caricias. El único familiar cercano que le sobrevivía era una abuela drogadicta que con gran frecuencia se turnaba la cama con la hija, e incluso habían fijado horarios bien establecidos en los cuales cada una podía atender a los clientes y rentar el cuarto sólo en ciertas horas permitidas. Así que, a falta de cariño y sin dinero, el chiquillo se vio en la tremenda necesidad de recurrir a su imaginación un sinfín de veces para matar el tiempo mientras permanecía encerrado bajo llave en un cuartucho repleto de muebles viejos de peluquería y enjambres de cucarachas que corrían despavoridas a esconderse bajo el colchón. A veces el encierro se alargaba hasta más de doce horas y las tripas le rechinaban de dolor. Había ocasiones en que su madre se olvidaba de abrirle el candado de la jaula, pues se iba a visitar a clientes desde muy temprano y regresaba borracha hasta la mañana siguiente, por lo que Marcelo no tenía otra opción que llevarse puñados de cucarachas a la boca que con el hambre que tenía le sabían a tostadas de maíz y a hierba. Pero de alguna forma milagrosa el chiquillo siempre sobrevivía.

Esa misma semana, a la madre se le ocurrió ventilar la casa después de cinco días de ausencia. Llegó toda mugrosa con la falda desabrochada y las pantimedias descocidas, abrió el candado preocupada por lo que podría encontrar dentro, y una vez que sus ojos se acostumbraron a la penumbra del cuarto, notó que Marcelo estaba al fondo, empapado sobre un charco de orines. Su conciencia se encrespó y entonces se sintió tan mal de verlo ahí tirado como un perro muerto que quiso rectificar su error llevando al niño al mercado.

–¿A dónde vamos? –preguntó Marcelo soñoliento, mientras los dedos del pie se le asomaban por el zapato.

–A comprarte lo que tú quieras, mi niño. Ya verás que te compro un animalito para que no estés tan solito. ¿Sí? –respondió la madre.       

De entre una docena de opciones, Marcelo se apresuró a escoger treinta pesos de pececillos multicolores y una pecera de globo en los que invirtió todo su presupuesto. La madre le compró algunas cebras y peces japoneses, pero no le duró mucho el gusto a Marcelo, pues a la semana siguiente la madre volvió a desaparecer y sólo regresó hasta cuatro días después cuando una patrulla la encontró vagando por Río Churubusco y la escoltó a regañadientes hasta su casa. Fue así como en un ataque de rabia e impulsado por el hambre nuevamente, el niño no tuvo otra opción que devorar a los peces uno a uno mientras les arrancaba los ojos y escupía las entrañas que sabían a metal, y se bebía el agua con orines donde las pequeñas sirenas habían hecho su nido.     

Con el tiempo, Marcelo creció y sus padres decidieron empezar una nueva vida cada quien por su lado. Juraron no volver a cruzarse en el camino del otro para evitar más rencores de antaño antes que terminar matándose el uno al otro por tanto odio recolectado durante tantos años de matrimonio, y de mutuo acuerdo se borraron de la memoria. Así que pusieron tierra de por medio y el padre subió sus cachivaches a una pick up prestada para nunca regresar. Esa fue la última vez que el niño volvió a saber de él. A Marcelo, un eterno cacharro que rodaba de casa en casa con cada mudanza al igual que la loza rota, la cama con dosel salpicada de garrapatas y los sillones forrados con plástico, le tocó la desdicha de quedarse a vivir con su madre y su abuela malhumorada, quien poco conocía de él y a veces olvidaba ponerle cubiertos en la mesa.

En aquellos tiempos Marcelo vivió su adolescencia en un burdel clandestino que estaba instalado en el segundo piso de una vecindad por el rumbo de la Merced, acostado sobre un colchón de hule espuma apenas más grueso que una hoja de cartón, y dormía bajo nubes espesas de cigarro y mariguana. Vio a más de un centenar de hombres desconocidos y una docena de feligreses asistir con gran religiosidad a la cama de su abuela y adentrarse en las piernas de su madre como en un templo, y vio cerrarse las cortinas del dosel un quintillón de veces frente a sus narices. Su abuela era una morsa que apestaba a tabaco y se revolcaba detrás de un mar de muselina. Cada gemido, cada olor, cada maniobra le resultaban tan familiares a Marcelo que a esas alturas del partido ya no le sorprendía en absoluto ver a cuadrillas de narcos subiendo las escaleras, cargando un cuerno de chivo al hombro y en las manos un six-pack de Tecate. Así que apretaba los párpados fuertemente y se ponía a imaginar que estaba en algún lugar muy lejano, que tenía una vida de circo nómada, o simplemente se ponía a dormir hecho un ovillo, arrullado por el canto monótono de un disco de vinilo: perfume de gardenias.

 Marcelo vivió así hasta cumplir los dieciséis años, justo el día en que conoció a un tipo treintón de buen ver en el último vagón del metro y se hicieron novios en menos de quince minutos, en el trayecto de la estación Pino Suárez a Tacuba, sin saber siquiera sus nombres. A pesar de sentir el peso de las miradas curiosas sobre sus espaldas, se fueron agarrados de la mano hasta llegar al final de la línea donde decidieron enfrentar juntos al destino. De esta forma, Marcelo que siempre había sido un tanto tímido y desconfiado, se sintió seguro con aquel hombre desconocido y no dudó siquiera en pedirle al tipo que le diera hospedaje, y le prometió que algún día se lo pagaría.

–Puedo trabajar en lo que sea; sólo quiero irme de aquí. Ayúdame por favor, te lo suplico –le dijo Marcelo. No te pido más…

El tipo asintió un tanto asombrado, lo metió a escondidas a su departamento en un tercer piso con su ropa metida en una caja de cartón, se tejieron unas cuantas mentiras para que la hermana de éste no sospechara que eran amantes y de esa forma es que Marcelo por fin se independizó de su abuela y su madre para jamás volver a saber más de ellas. Obviamente por la vida de Marcelo pasaron muchos hombres y muchas parejas con el tiempo, pero en cuanto consiguió empleo como ayudante en una tienda de vestidos de novia y pudo regresar el favor, no dudó en hacerlo.

Todo esto viene a colación porque el día que conocí a Marcelo jamás pude dilucidar el enorme sufrimiento que había en la vida de este precioso judío tras esos enormes ojos azules. Yo lo conocí un día de tantos en una cafetería del centro histórico que estaba por la calle de Moneda, y recuerdo haber accedido a pasar la noche en su departamento por el rumbo de la Condesa, beber un cóctel y quizás oír un cd de jazz. Marcelo amaba el jazz con toda su alma y era un hedonista que había aprendido el arte del placer en base a una vida de dolor. Pero también poseía una personalidad  bastante inverosímil.

La casa de Marcelo era completamente blanca como esas playas de Isla mujeres que casi parecieran cubiertas de azúcar impalpable. Era, más bien, una especie de penthouse con una terracita llena de plantas amazónicas y un bello porche tapizado de macizos de umbelas. Todo (desde la cocina hasta el rincón más íntimo del baño, incluyendo las baldosas del piso y el techo, la decoración minimalista, las plantas, hasta el patio) era de un lujo exquisito y de una belleza inmaculada. Marcelo tenía un gusto desmedido por la limpieza y había desarrollado con el paso de los años una fuerte alergia hacia el polvo y los ácaros, y dado el blanco es bien sabido que es el color más limpio que pudiera existir en el espectro, pues todo tenía que estar decorado en ese tono dando la sensación extraña de que la casa era un santuario de hielo tapizado por una sempiterna capa de nieve. Al llegar al departamento había que sacarse los zapatos y entrar descalzo para no manchar con las suelas sucias una docena de alfombras níveas que parecían conejos desmayados por todos lados, y había que pasarse un par de toallitas desinfectantes por las manos, la cara y el cuerpo varias veces antes de darle la mano o de tocarlo. Marcelo limpiaba todo cuánto se cruzaba en su paso: el porro de la puerta, las hojas de las flores, el canto de sus libros favoritos cuando los abría con sus manos de látex y se ponía a releerlos. Recuerdo que el día que me invitó a tomar un trago a su casa terminó embalsamando cuidadosamente mi cuerpo para no tocarme. Marcelo acostumbraba meter a bañar a sus amantes antes de acariciar cada rincón y pliegue de sus cuerpos, pero como ese día no había agua en el edificio, simplemente sacó un rollo de plástico para envolver carnes de la gaveta de la cocina y empezó a dar vueltas a mi alrededor, una y otra vez, hasta formar una mortaja transparente y dejarme apretado como una salchicha. «Bah, ¿qué más da? –me dije.» Ya estaba habituado a los hombres raros y sus costumbres igual de extravagantes. Sabía que sólo así podría amarme aquella noche.

–No tengas miedo, lo hago muy seguido. Confía en mí –me dijo.

Esa fue la primera vez que me besó tímidamente a través de un orificio en el envoltorio de momia y que alguien me hizo el amor sin siquiera tocarme.

 Marcelo, además de ser amathofóbico y odiar el polvo, guardaba pequeños mechones de pelo de sus amantes preservados celosamente en frasquitos de vidrio como parte de las tantas rarezas de su personalidad, y además era una especie de bruja tarotista que escogía a sus amantes de acuerdo a la lectura de sus lunares. Creía con gran fervor que los lunares de una persona podían darle pistas, como en un mapa celeste, sobre la personalidad de un individuo. En mi caso sólo le bastó con leer mi lunar cerca del hombro derecho para saber que era gay en aquel café del centro y supo de mi gran espíritu sensiblero; notó mi lunar en la mano y supo al instante que era el símbolo del amor sincero. En cambio, mi lunar en el cuello le mostró que era una persona con un gran gusto por la mesa y que, por supuesto, no podría rechazarle la invitación a cenar. Así fue como nos conocimos. Marcelo, por su parte, tenía un lunar negro muy marcado en el codo que, según él, vaticinaba que tendría que luchar mucho en esta vida y enfrentarse a una multitud de obstáculos de toda índole, y poseía otro más pequeñito en el párpado izquierdo que, según decía, trágicamente le auguraba una fuerte dificultad para amar.

–Yo no puedo enamorarme de nadie, absolutamente de nadie, ¿sabes? Porque sé que sufriré mucho y además tengo mucho miedo de hacerlo. ¿Recuerdas al tipo pelón del que te conté, que me bajó el dinero durante más de un año y al final me dejó sin carro? No, ya no quiero eso. Este lunar significa lágrimas, muchas lágrimas –respondía–. Ya tuve suficiente. Mi lunar claramente marca que estaré solo de por vida.

–¿Y por qué no te lo borras con láser? –le preguntaba siempre con cara de incrédulo.

–Porque sería como ser un prófugo de tu propio destino. ¿Sí me explico? –contestaba–. A mi edad, uno no puede ir por la vida revelándose a los designios divinos de los astros.    

 Pero lo que más horrorizaba a Marcelo en aquellos años no eran los ácaros, sino el miedo a su propio olor corporal. Su rutina de baño consistía en tomar tres duchas diarias, intercaladas con el lavado incesante de manos, genitales y de axilas cada que entraba al baño. Como todas las filias y fobias que lo afligían, su trauma tuvo origen en su más tierna infancia. Cuenta que de niño su madre lo llevó un día a visitar a los abuelos maternos en un rancho polvoriento, allá por el rumbo de Jilotepec, y entonces quedó boquiabierto al ver un centenar de árboles de tejocote sembrados al lado del camino, cargados de racimos con frutos amarillos como si se tratase de un oasis en pleno desierto. Entonces Marcelo, sediento y con hambre por el viaje, se ofreció amablemente a recoger la fruta tirada en el piso y se atiborró los bolsillos del pantalón con fruta para el camino. Se fue a sentar a una piedra y se puso a comer tejocotes asoleados en el patio por un buen rato mientras adentro velaban a su tío.

–Quédate aquí y no hagas ningún ruido –le dijo su madre–. No quiero quejas de tus tías, ¿entendido?

A las dos horas, en pleno velorio y mientras una señora gorda lanzaba gritos de agonía, Marcelo sintió un dolor terrible en el estómago y, sin más ni más, sin poder avisar “ahí va el golpe” siquiera, se cagó en el rancho, justo ante la mirada atónita de los dolientes. Jamás sintió en su vida tanto dolor como el que su madre le provocó al propinarle una cachetada a puño cerrado.

–¡¡Eres un cerdo!! Cómo se te ocurre hacerme esto en estos momentos…  ¡escuincle cochino!

Su madre se lo llevó a rastras llorando hasta el río para lavarlo, donde lo nalgueó de nuevo con una vara por cagarse y lo desnudó frente a sus primos (que se meaban de la risa en la orilla) para que aprendiera una lección de semejante vergüenza. Estuvo tiritando en el agua fría hasta que la piel en la punta de los dedos se le ablandó como uva pasa. Desde entonces, Marcelo tuvo un temor morboso a cualquier fluido corporal e incluso a vomitar, y con el tiempo se convirtió en el Bromidrosifóbico consumado que fue al final de sus días: horror a los hedores del cuerpo.

De modo que para no ser rechazado, Marcelo se untaba tres desodorantes diferentes después de cada baño, se ponía una capa invisible de loción desde la punta del pelo hasta los dedos de los pies, y se metía en el bolsillo un sachet apestoso a lavanda que compró en un viaje a Francia y el cual le ayudaba a conciliar el sueño por las noches cuando lo mordía el insomnio por miedo a la oscuridad. Con el paso del tiempo, Marcelo desarrolló muchas más manías en su haber: miedo a los espejos, miedo a los colores, miedo al dolor, miedo a engordar, miedo a los gatos, miedo a la gente, miedo a los relámpagos, miedo a comer en vajillas de plástico, miedo a los espacios abiertos, miedo al sol, miedo a los mocasines con calcetas, miedo a los árboles; en fin, miedo a casi todo. Eterno ermitaño, Marcelo pasó sus últimos días encerrado en su penthouse leyendo novelas añejas y murió un día de agosto en su cama, ahogado como una oruga enrollada entre los plásticos que protegían su lecho del polvo. Supe que la policía lo declaró un “accidente mientras dormía”, pero también sé, de muy buena fuente, que Marcelo un día de tantos despertó de su sueño de pitonisa temiendo horrores a la soledad, y fue así como surgió en él el miedo a la vida.

  © Rigatito Némesis, 2012.

 

Imagen tomada de la url: http://coleccionistayapuntadora.wordpress.com/contacto/

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