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XXIV. Pájaros de Nieve

Bombilla de luz,

¡Bendice mi vuelo!…

1.

El amor de Adrián por Manuel comenzó en la más tierna infancia hace 42 años. Atrapados en una piscina de aguas profundas y líquidos amnióticos, bailoteaban abrazados en una danza somnolienta como pequeños peces jugueteando en el útero templado de su madre. Desde mucho antes de nacer y abrir los ojos a este mundo, el gran amor y el lazo psíquico que ambos hermanos sentían eran tan fuertes que compartían la misma placenta y dormían en la misma cuna de agua, y con el tiempo no sólo compartieron los mismos gustos, sino también los mismos hombres y hasta la misma cama.     

Manuel y Adrián eran dos espíritus inseparables, tercos y de carácter fuerte. Eran, lejos del ojo experto, el facsímil casi perfecto del otro: caminaban erguidos con un porte altanero y un tanto delicado que hasta parecía que flotaban en el aire al caminar; eran muy altos, delgados y de talle elegante como antílopes, y hasta podría decirse que de buen cuerpo; tenían grandes ojos marrones y cabello muy oscuro, lacio, que hacía un hermoso contraste con su piel apiñonada; y compartían el gusto por las telenovelas y las canciones de antaño. Criados por su abuela materna en una casita setentera de dos pisos en Coyoacán, bordeada por una docena de malvones rojos serpenteando en el jardín, crecieron en una atmósfera repleta de baúles atiborrados de un sin fin de cachivaches, vestidos y pelucas viejas, discos de vinilo y tocadiscos polvorientos sobre carpetitas de crochet, escuchando atentos las historias interminables acerca de las tantas artistas de cine que en su juventud la abuela Tita había idolatrado.

Adrián y Manuel, que a menudo jugaban a encerrarse en el estudio del segundo piso y a ser las nuevas “divas del cine de oro mexicano” con las pelucas bien puestas con horquillas clavadas en el pelo, las caras de geisha embarradas de maquillaje y talco maja del tocador de la abuela, y los enormes vestidos raídos de encajes y sedas estampadas enredados como fundas de almohada alrededor del cuerpo, amaban sentarse por las tardes sobre la alfombra del recibidor y pasar largas horas viendo telenovelas. No es que la parafernalia del cine no les atrajera en aquellos tiempos de su niñez en absoluto, sino que Manuel, que tenía un carácter mucho más tozudo y fustigador que Adrián, consideraba que las artistas de telenovela eran mucho más multifacéticas que las de cine al realizar un sin fin de muecas en un solo capítulo, por lo que muy frecuentemente preferían imitar todas las poses y gestos de las actrices favoritas de telenovela frente al espejo del estudio, dando giros de ballet al ritmo del tocadiscos.

Desde muy pequeños, ambos hermanos se sentían atraídos por la farándula. Manuel era un excelente imitador de Lucía Méndez y le encantaba ponerse vestiditos de puta de cabaret bordados de lentejuelas y ser “Colorina”, y volverse la mala encarnada de la historia. Adrián, que era más sensible que Manuel y que de no haber sido gemelo bien pudiera haber sido el hermano menor, mucho más inocente y dramático, hacía el papel de la desarrapada Mariana (Verónica castro) en “los ricos también lloran” y se colgaba cuanto trapo sucio y viejo se encontraba en los baúles de la abuela. Así, los dos hermanitos jugaban a ser los escritores y las actrices protagónicas de sus propias telenovelas en aquellos tiempos, y la abuelita Tita reía a carcajadas mientras los niños encarnaban a una prostituta fugitiva con una boa de plumas enredada al cuello y a una malhablada privada de buenos modales y de educación, en busca de la felicidad que sólo el amor puede dar, brincando sobre la cama.

Manuel y Adrián redescubrieron su amor desde muy pequeños. Desde niños, aún a la tierna edad de nueve años, Tita los metía a bañar juntos en una tina de hierro y los enjabonaba con sales y perfumes, y los niños se quedaban largas horas solos jugando con la esponja de baño y los cepillos entre las burbujas, metidos en el agua hasta el cuello hasta que la piel de los dedos se les arrugaba y se les volvía como pasas. Fue en uno de esos chapuzones en que sin querer la mano de Manuel fue a parar a la entrepierna de Adrián tras el jugueteo, y éste, a cambio, sintió un tremendo escalofrío que le subió velozmente como una chispa de electricidad por todo el cuerpo y se le atoró en la garganta, arrancándole la lengua. Ambos hermanos se quedaron embotados en silencio mirándose fijamente por un largo rato, incrédulos, sin saber qué decir, y de pronto el pie de Adrián se sintió obligado a tocar la dócil entrepierna de Manuel bajo el agua, para después terminar envueltos en un cálido abrazo, sintiendo el calor del sol dentro de sus pechos. Sin darse cuenta, Manuel se encontró en los labios de Adrián y probó el sabor metálico del primer beso, y Adrián conoció el erotismo que hay detrás de una erección y supo el olor de un cuello imberbe muy parecido al de la espuma de mar. Ambos hermanos habían entendido todo ese día: estaban destinados a amar a un hombre de por vida.

Desde aquel entonces, los jóvenes hermanos se dedicaron a aprender el arte secreto del amor y a quererse a escondidas. Fueron muchas las veces en que tendidos sobre el pasto y cogidos de la mano, en el jardín, dieron rienda suelta a sus más profundos deseos, camuflados bajo el frondoso arbusto de azaleas mientras la abuela dormía profundamente en su alcoba bajo el arrullo rítmico de un bolero; y fueron muchas más las veces en que encerrados con llave en su recámara y completamente desnudos, la abuela Tita, vieja y cansada por la edad, tocando a la puerta con su bastón, estuvo a punto de descubrir su amor en la clandestinidad del armario.      

Al pasar el tiempo, Adrián y Manuel siguieron creciendo y desarrollándose juntos y amándose en un sin fin de formas y posiciones a escondidas de la abuela, y aunque eran la copia exacta del otro, sus vidas cambiaron. Manuel que era un ferviente admirador de Lucía Méndez desde su infancia y de las telenovelas, terminó aprendiéndose de memoria los ademanes y canciones e interpretando a varias cantantes famosas por aquellas épocas en un bar gay de mala muerte por el centro del D. F en las noches. Se compró un par de pelucas en la lagunilla y un centenar de vestidos bordados con bisutería barata, varios rellenos y cajas de maquillaje, y se volvió un transformista profesional. Ya travestido en la pista de baile parecía una Sasha Montenegro en una película del Santo y Blue Demon contra el doctor Frankestein. Adrián, que era un poco más reservado y apegado a la casa, optó por convertirse en la enfermera de la abuela Tita hasta sus últimos días, siempre sentado al lado de la pobre viejecita encorvada viendo el televisor, dándole de comer gelatina y papillas de verduras en la boca, y recordando las épocas doradas de antaño.

2.

La primera que se adelantó en morir ese año fue la querida abuela Tita. Ocurrió dos meses después, en septiembre; murió del beso azucarado y mustio de la diabetes que le fue picando el hígado como cuervo a través de los años hasta desgarrarlo. La empalagosa muerte la tendió con sus raíces plateadas penetrando en la tierra y quedó silente como tronco caído; la enterró una noche mientras dormía con los rulos enredados el pelo y su perra obesa le lamía los dedos de los pies, bajo las sábanas. 

Pocos días después de que muriera la tía Tita y al quedarse sola la casa, Manuel llegó desconsolado un día sin decir ni una palabra, aventó el sombrero y las gafas oscuras sobre la cama, y dijo: “yo ya me harté de esto… No aguanto ni un minuto más en esta pinche casa. Todo huele a naftalina… Hay que vender todo”. Y así, sin más ni más, tomó una maleta que estaba guardada bajo el cubo de escalera, metió toda su ropa dentro, sus vestidos y sus pelucas, descolgó la chaqueta beige a cuadros de la silla y sacó un cigarrillo de uno de los bolsillos. Lo encendió. Salió de aquella casa fumándose su Marlboro como un tren encabritado aventando pequeñas bolas de humo por el pasillo… y se marchó.  

3.

Adrián, que vivió solo durante varios años entre las penumbras de aquella casona antigua leyendo los diarios apolillados de la abuela Tita de cuando fue artista de radio y reorganizando los vestidos en el tocador antiguo, y desconociendo el paradero de su hermano, se convirtió con el tiempo en lo que Manuel siempre temió muy dentro de su corazón: un hombre que estaba locamente enamorado de una mujer. “Jamás, jamás me dejes; ¿entiendes? Nunca te enamores de una mujer, porque entonces me romperás el corazón; me vas a dar en toda la madre. Yo no puedo competir con ellas. Enamórate de un hombre, cógetelo, consíguete un amante si quieres, pero no de una mujer. Me muero de celos tan solo de pensarlo”, le había advertido Manuel una tarde mientras estaban tirados en el patio viendo los aviones pasar volando en el cielo. Adrián, que era un buen mozo de aspecto reservado y muy atractivo, siempre bien vestidito y afeitado, sin querer había conquistado el corazón de una de sus vecinas (amiga de Tita) llamada Helena. No hay mucho qué decir acerca de la tal Helena que, aunque era una española rica y era unos cuantos años mayor que Adrián, se dice que era una mujer que poseía una muy mala suerte en la vida: se había divorciado tres veces a sus cuarenta y siete años (los tres esposos fallecidos), nunca engendró hijos (se dice que abortó a una preciosa niña cuando tenía como veintiséis años) ni tampoco tuvo mascotas; sin pasatiempos, sin ningún recuerdo, sin familia. Sólo era una pelirroja ricachona muy supersticiosa y de caderas amplias que tenía mucho dinero atiborrado en una cuenta del banco y una hermosa casa bordeada por una enorme barda de piedra y una densa cortina de hiedras en el mismo rumbo, justo a unas cuadras de la casa.

Adrián y Helena se conocieron gracias a la tía Tita cuando éste acompañaba a su vieja abuela a venderle galletitas que ella misma preparaba en su cocina, y al verla por vez primera asomando su nariz aguileña por el enrejado del patio con ese cabello como espuma de zanahoria, Adrián inmediatamente depositó en ella las esperanzas de formar una familia, de ser normal, de tener a alguien a quien poder amar sin tener miedo, sin jugar siempre a las escondidas o amar en las sombras. Helena, por su parte, mientras tomaban el té en el patio trasero con el perfume penetrante de las gardenias explotando entre los arbustos del jardín y Helena acariciando su zapatilla contra la pierna de Adrián bajo la mesa, vio en ése buen hombre la oportunidad de tener el hijo que tanto había anhelado por tantos años, de sentirse mujer nuevamente y se imaginó tomada entre esos brazos fuertes, varoniles, amarrada al dosel de la cama, y sintió aquello que no había sentido en mucho tiempo: las ganas de no morir sola. Helena temía horrores a la soledad.

Se decían muchas cosas de Helena en aquellos tiempos. No tenía ni una sola amiga porque las vecinas le habían apodado “la malasuerte” y escondían a sus maridos cuando Helena pasaba muy rara vez contoneando sus caderas por el mercado metida en esos vestiditos rojos de licra mientras compraba baratijas y antigüedades para su casa. También se dice que tuvo una hija que concibió en un viaje de noche, en el baño de un avión, mientras atravesaba el pacífico siendo tomada en volandas por un narco Colombiano barba partido a treinta mil pies de altura. La niña fue procreada en mitad del trayecto de la Ciudad de México a Barranquilla.

Helena era una mujer de “altos vuelos”.

4.

¿Qué decir qué sucedió después? Sucedió lo predecible. Manuel llegó a la casa un día llorando, sucio, con la barba sin afeitar de días y sin un peso en el bolsillo. Traía la maleta vieja llena de cachivaches y ropa sucia en bolsas de plástico, y con moretones en toda la cara y sin un diente. Parece que se peleó con el dueño del bar donde trabajaba por un cliente que le agarró las nalgas en plena función y se agarraron a golpes, y éste lo echó a la calle como un perro, y Manuel vagó varios días durmiendo en hoteles baratos del centro del D.F. hasta que se le acabó el dinero.

Al entrar en la casa, Manuel percibió algo diferente en la atmósfera añeja del vestíbulo. Era como si el aire estuviera cargado de electricidad estática y saltaran chispas al contacto con la piel. Había en el ambiente un olor nuevo, diferente al de la naftalina que le recordaba el olor del cabello de la abuela Tita y a las termitas, al olor rancio de las flores en el patio, un olor dulzón que se le metía hasta adentro de las narices y le erizaba uno a uno los vellos de la nuca: el olor del amor. “Tenemos que hablar, Manuel…”, le pidió Adrián, agarrando a Helena fuertemente de la mano que se escondía tímidamente tras su espalda. “Dime…. Te escucho” –contestó Manuel, rechinando los dientes–. “Hay una fuerza maligna en mi corazón, y esa fuerza se llama desamor. Lo siento mucho…”, añadió Adrián.

Manuel permaneció inmóvil por un momento, en silencio, repitiéndose para sus adentros que no quería confirmar lo que ya sabía: Adrián ya no lo amaba. Incrédulo de lo que sus ojos veían, apretó los puños sintiendo unas enormes ganas de matarlos, se dio media vuelta y se marchó; subió las escaleras rápidamente y se dirigió a la recámara de la abuela para no salir en tres días. Aquella noche, convertido en todo manos y dedos, se hizo el amor como nadie jamás se lo había hecho.

En la semana siguiente, Adrián no volvió a tocar el tema en la casa, y Manuel no volvió a dirigirle la palabra nunca. Sentados los tres a la mesa del comedor, había un completo silencio mientras los tres agachaban la mirada y miraban al vacío con los ojos sumergidos en el fondo de la vajilla.  

Manuel y Adrián no volverían a compartir el mismo lecho, abrazados uno al otro en ese enorme camastro rodeado de cortinas, ni compartirían los mismos amantes.  Helena la malasuerte lo había reemplazado, avanzando en su cama como una lepra.

5.

En su viaje de golondrina, igual de etérea que el viento, Helena se vio en sueños. Era una hermosa pájara de ojos bordados de chaquira y plumas abrillantadas de seda negra, y cuando abría la boca ocasionalmente para soltar un ¡yuju! de alegría mientras caía en picada, no salían palabras. En vez de eso, un agudo y férreo canto de urraca brotaba.

En su sueño se sentía libre. Era como una pequeña cometa sin cuerda llevada a hombros del viento, planeando en las alturas y dando piruetas repetidas sobre el techo de la casa. Pisar el viento era como pisar una tonelada suave de algodón invisible bajo las plantas de los pies, y no caer.

Podía oler la resina de los naranjos. Podía mover las alas. Podía volar…

Desde arriba, pudo apreciar las altas palmeras de la construcción que se erguían como curveados pararrayos entre el jardín y el huerto instalado en el patio trasero, a un lado de una pequeña charca enflaquecida por el agobiante calor de mayo: ruda, manzanilla, menta, albahaca, laurel, tomillo. Vio a Adrián y Manuel y la negra, la mascota de la abuela Tita, una perrita criolla, tumbados bajo la sombra tupida de un limonero, tomando el fresco.

Helena continuaba en cama con los párpados pegados. Mientras su mente estaba dispersa en la densa bruma de aquél sueño, vio algo más que el simple vuelo de aquella noche. Se vio a sí misma nuevamente, pero esta vez ya no era una pájara de canto de urraca de largas plumas brotándole por debajo de los sobacos, sino Helena la “malasuerte” contemplando dubitativa su imagen en la luna del ropero con la mano puesta sobre el cuello tibio y vestida en camisón ligero.

Un chiflón del jardín penetró a través de la ventana con un leve siseo cargado de un intenso olor a jazmín, y una vela se encendió en algún punto de la habitación, inyectando un desagradable vapor de azufre a la atmósfera. Sintió como si alguien le mordiera suavemente el cuello y le repasa la cicatriz en la nuca con la lengua. Su conciencia se crispó. De modo que para cuando cayó en la cuenta de que estaba de pie, viéndose imitada en aquel espejo, la habitación ya había dejado de estar en tinieblas, y sabía que soñaba. Sabía que nada podía ser real dentro de aquella alucinación y que aquél debía ser un mal sueño…

Gotas de sudor le besaban los pechos.

6.

—Fíjate qué tengo en el cuello…. —pidió Helena a Adrián levantando medio cuerpo de la cama y se echó el cabello hacia atrás—. Me pica, ¿qué tengo?

—Un lunar.

—Tonto. Mira más abajo. ¿Qué es, dime…?

—Es un lunar —contestó Adrián.

—¡Yo no tengo lunares! —gritó Helena y fue a registrarse en el espejo del ropero, estirando el cuello tan blanco como el mármol—. ¡Dios Santísimo! Un morado… ¡Me ha besado el diablo!

—No parece un beso —corrigió Adrián, de pie, enrollado en la sábana como un fantasma—. Parece más bien un piquete.

—No se ve como un piquete. Te dije que lo había soñado. Algo malo va a pasar… –contestó Helena, reacomodándose el camisón.

—No lo creo. Vuélvete a dormir, nena… —dijo Adrián leyendo la hora en el reloj que estaba clavado arriba de la cama—. Aún es temprano. Tengo que irme a acostar.

7.

Al día siguiente, Helena tuvo una macabra idea: limpiar el aura de la casa. Rasparle el maligno vaticinio como si limpiara la mugre pegada al horno de la cocina. Limpiarla de todo mal.

Lo primero que se le ocurrió purgar fue la sala y el amplio recibidor. Para tal efecto, cargó varios gramos de aromática mirra en un incensario de cobre sobre la mesa del comedor, y lo alimentó con la lumbre de una cerilla sacada de su bolso. Botó a la negra a puntapiés de la casa, que se fue aullando con tal espanto hasta el patio, como si alguien le hubiera soltado un balazo entre las patas. Además, sacó las alfombras, las carpetas tejidas, el juego de té de la abuela con florecillas rojas que yacía con sorprendente equilibrio dentro de una charola de plata y sobre la codera del sofá, y el macetero del baño repleto de begonias que traía ya varios botones disimulados entre las ramas. Después se dio a la tarea de pasear al oloroso fuego hasta el último rincón de la casa: arriba y abajo, de un lado a otro.

—Malas vibras, malas vibras, ¡Fuera de esta casa! —increpó Helena balanceando el péndulo de humo y el rosario con tremenda fuerza, para después depositarlos sobre la mesita de centro—. Demonio, ¡Largo!… In nòmine Patris et Filii et Spiritus Sancti!

Cuando Helena llegó a la ventana del comedor se detuvo un momento, asomó la vista otra vez hacia el cielo que apenas si podía distinguirse por la densa lluvia, y preguntó, alzando las manos:

—Virgen María. Dios Santísimo. San Pedro: ¿Recibieron finalmente mi mensaje?

Envíenme una señal.

8.

Después de bajar a la cocina a beber un vaso de leche tibia para conciliar el sueño, aporreado desde hacía un rato por los potentes truenos, y habiendo reacomodado las cosas expulsadas al patio por la mañana —ahora las alfombras destilaban líneas de agua sobre el linóleo de la sala por la lluvia—,  Helena fue a acostarse.

Se puso el camisón de franela que sólo utilizaba en contadas ocasiones cuando sabía que por la madrugada la visitaría el frío, y se untó la mascarilla grumosa de avena hecha a partes iguales de agua y de miel alrededor de los ojos y la boca con un pincel duro. Con el cepillo de crin de la cómoda se acicaló el cabello frente al espejo por un buen rato.

Más tarde, se ungió la cera de abeja de un pomadero con un dedo sobre los labios, se puso dos rodajas gruesas de pepino sobre los párpados, y sobre éstas, el antifaz de tela. Lista.

Media hora después, enquistada en cama, Helena logró tener el sueño tan pesado como de piedra.

9.

Helena recibió la señal que tanto había pedido al cielo.

A eso de las cuatro de la madrugada, el intenso calor que se logró condensar en la habitación la obligó a dar un vuelco sobre la cama y despertar. Adrián seguía durmiendo profundamente a su lado. Su rostro, así como la cubierta plástica del colchón debajo de su cuerpo y su cabello, estaban completamente empapados, como si alguien hubiera vertido con mala voluntad varios galones de agua sobre ella al estar durmiendo. Pero no era agua de lluvia, ni agua del fregadero de la cocina, sino la humedad atrapada por horas durante el sueño, entre los surcos elevados de la cama. El camisón de franela se le adhería al pecho y sus redondos chupetes saltaban a la vista.

Cuando por fin pudo abrir los ojos en la oscuridad, aún húmeda y tibia, sintió miedo. Algo en su conciencia se volvió a crispar como en el día del sueño, y cuanto nervio había alojado en sus piernas y brazos se tensó al instante, como si un fuerte calambre le estuviera recorriendo el cuerpo y paralizándola. Era el aviso del miedo: “Algo malo ha ocurrido. Quieta. No te muevas. Podrías quemarte…”.

Al poner un pie sobre la alfombra del cuarto, sintió el piso tan caliente que gritó y dio un brinco de gato hacia la cama, como si una plancha de tostar hubiera sido reemplazada en lugar del antiguo linóleo corroído de la casa.

Helena tuvo entonces más miedo. Alguien llamaba ahora a la puerta con fugaces golpeteos: clap, clap, clap…

—¿Quién es?

Por el resquicio, una luz incandescente trataba de penetrar hacia ella, de alcanzarla. ¿Sería la luz del pasillo? ¿Ya habría despertado Manuel?.

 —¡Satanás! —se dijo a sí misma metiendo la cara bajo el cobertor—: ya vienes por mí… ¡Dios Santísimo, ocúltame en tu manto!.

 10.

Dos horas más tarde, Adrián despertó de súbito y se dirigió al cuarto de baño y notó que Helena no estaba en la cama. Después de afeitarse, se lavó con sumo cuidado el rostro, los dientes, se pasó el peine de cerdas abiertas por el cabello y se limpió el cuello y detrás de las ojeras con un paño del toallero. ¿Qué era lo que olía y soltaba tanto humo en la casa? Apenas si se podía ver la botella de alcohol entre tanta bruma, apenas si podía verse a sí mismo en el espejo. ¿Helena estaría todavía haciendo la limpieza espiritual de la sala? ¿Tan temprano?.

Fue abajo a investigar.

11.

—¿Qué fue? —preguntó Manuel al policía de la brigada contra incendios que en ese momento estaba concentrado,  terminando de redactar su reporte.

—Parece que una brasa de un incensario olvidado en el comedor empezó todo —respondió—. El fuego devoró más de la mitad de la casa, pero dejó intacto el lado norte.

—¿Y Helena? ¿Se pondrá bien? –preguntó Manuel al rescatista esta vez.

—No lo sabemos aún. Veremos si su suerte le ayuda a pasar la noche. Está muy delicada  —añadió el rescatista, consternado—. Suerte que no quedó toda hecha cenizas como la cotorra del patio…. 

 —¿Y la negra? ¿La han visto? —inquirió Manuel, que en ese momento se acercó a donde estaba Adrián, llorando.

—Sí. Se fue corriendo despavorida, hacia la charca del patio. Por ahí ha de andar metida —dijo el policía.

—¿Y qué fue? ¿Qué inició el desastre, por fin? —volvió a preguntar Manuel.

—Mala suerte, tal vez… —dijo el policía.

—Suerte que no cayó un rayo y partió la casa en dos —comentó Adrián—. Si no, también Dios nos hubiese churruscado… 

A pocos metros de ellos, el crujido de uno de los muebles quemados por el incendio desplomándose los obligó a volver la vista hacia la puerta delantera, y Adrián pudo ver algo entre los escombros que atrajo de inmediato su atención. Era una esfera de vidrio con un gran agujero en la base y algo dentro, que se parecía más bien a la borra deforme o al plástico derretido, y aún estaba caliente. Adrián cogió la orilla de su chaqueta y envolvió la pelota de vidrio con cuidado y caminó hacia la charca en el patio trasero, buscando a la negra.

—¡Negra! ¡Negra…!

En el camino, al pasar bajo las palmeras humeantes con las hojas parcialmente mordidas por el fuego, Adrián recordó algo. Desenvolvió la pelota de vidrio, la miró con detenimiento y pudo recordar qué era: el amuleto de Helena.

Helena, que era tremendamente supersticiosa, tenía esa bola de vidrio sobre el tocador de roble para darle suerte. Adentro de la bola había un pajarillo de plástico y agua con diamantina blanca como azúcar que simulaba la caída de la nieve sobre el animalito, al agitarse. Cada noche, antes de rezarle su cuota de rosarios a la Virgen y al batallón inmaculado de santos alojados dentro del ropero, Helena se vestía el camisón ligero de seda y se aplicaba la mascarilla de avena sobre los pómulos y la frente, y dedicaba un rato a contemplar la esfera de vidrio, sentada frente al espejo. Ella creía que eso la protegería de su mala suerte. Pero el mal augurio siempre llegaba a su vida de una forma u otra, siempre.

Cuando Adrián halló la esfera entre las cenizas, recordó a Helena siendo subida en la ambulancia y su rostro de pájara de plástico derretido.

La pájara y Helena (sólo unos días más tarde) murieron casi en las mismas circunstancias: la pájara hecha un churrusco en la casa dentro de su jaula y Helena hecha un churrusco en el hospital. No hubo suerte para ninguna de las dos.    

Esa mañana, las pájaras de nieve habían volado.

© RIGATITO NEMESIS, 2013.

PÁJARO AZUL

One Comment

  1. amigo, que gusto saber que estas escribiendo. A mi me gusta mucho lo que escribes, lo disfruto cañon. Este lo leere al lado de mi ventana con una copita y un cigarrito. Besos y te escribo mi humilde opinion en unos dias. Te quiero siempre aunque estemos alejados fisicamente, verbalmente y ciberneticamente siempre estas en mis pensamientos. Eres de esas personas que me recuerdan que la vida tienen sentido y que tenemos que hacer lo que se nos pegue la gana. Para eso es la vida.

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