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XXVI. Ojos de Cobayo (versión final)

 

Eran tiempos de lluvias torrenciales cuando él vino a este mundo. Desde muy niño y cuando aún era un renacuajo con cola y sin dedos en las manos ni lengua para poder defenderse, sus padres eligieron su destino y lo maldijeron de por vida. Bastó con sólo abrir un libro atiborrado de nombres en el listado de una página, señalar una palabra al azar con el dedo índice y proferir el encantamiento: Claudio. Desde ese momento, la criatura disforme cobró vida retorciéndose en el vientre de su madre y dejó de ser un embrión que buceaba dentro de su cálido capullo. Aquella mañana de abril, sin embargo, el niño fue bautizado con un nombre colmado de problemas, bordando su existencia con la estrella de su mote: “el cojo”.

Ese niño pequeño de enormes ojos saltones y dientes de cobayo siempre envidió a los futbolistas de la televisión. Era un alevín que pasaba gran parte del día haciendo un sinfín de suertes con la pelota, practicando la jugada de las tijeras o el látigo con sus amigos imaginarios en la cancha polvorienta de un parquecito cerca de casa, o imitando a su gran ídolo Pelé. No obstante, los hilos de su destino ya habían sido tejidos, y el gran pasatiempo de Claudio no era en realidad el fútbol, sino las niñas.

A los diez años, mientras trepaba con la agilidad asombrosa de un mono hasta la punta de una jacaranda para poder espiar a una vecinita por la ventana de su cuarto, Claudio resbaló del árbol y fue a caer de bruces sobre las flores en el patio. El resultado fue desalentador para el hincha: se había quebrado las dos piernas en varios pedazos y se lastimó algunas vértebras. Fue así como pasó los seis meses siguientes empotrado en una cama de bronce viendo los partidos en el televisor a blanco y negro de su habitación, orinando en una bacinilla de peltre y estampando su silueta en el colchón. Sus piernas se enflaquecieron a tal grado que parecían dos tubos largos y escuálidos, casi dos remos de grillo. Desde entonces, sus ancas de metal quedaron desoldadas a la cadera y los chiquillos crueles del colegio le apuntaban con el dedo en el recreo, gritando:

–Ahí viene Claudio el cojito, escóndanse todos. Al que lo toque se vuelve de piedra y se le cae el brazo…

Los niños corrían despavoridos a ocultarse y se burlaban de él porque rengueaba al caminar, razón por la cual siempre lo excluían de los partidos de fútbol porque no anotaba ni un sólo gol, sino que a duras penas podía desplazarse por la cancha. Claudio se movía con la gracia de una gallina despescuezada con la pata rota.

La verdad es que a las niñas de la escuela siempre les pareció que Claudio era un ser frágil que inspiraba mucha lástima, y nunca quisieron dirigirle la palabra; ni siquiera Leticia que era la niña por la cual Claudio se había quebrado las dos piernas aquella noche mientras la observaba quitarse el vestido y enseñar las bragas. Para el grupo de niñas malcriadas, ver a aquel joven arrastrarse por los pasillos de la escuela les producía la misma aversión que cuando se encontraron a un gorrión tieso sobre el pavimento un día, muerto por el frío y relleno de gusanos, y le picaron los ojos con un palo. Es por ello que Claudio aborreció educación física gran parte de su pubertad y pronto olvidó el sueño de practicar fútbol profesional para siempre. En cambio, prefería pasar las horas sentado en la ventana del salón de clases viendo a sus compañeros corriendo de un lado a otro con sus jerséis mojados de sudor y tierra, pateando el balón con gran destreza y anotando goles con la cabeza. Siempre alerta, percibía la emoción regándose por el rostro de Leticia cuando algún jugador anotaba un gol en la cancha. Muchas veces deseó en secreto poder tener unas piernas de acero que obedecieran sus pensamientos, que lo pudieran llevar corriendo hasta donde ella estaba sentada, tomando el fresco en una banca debajo de los árboles, y dejarla boquiabierta con el marcador del partido. Pero Leticia era un témpano de hielo que ni siquiera se inmutaba ante la presencia de Claudio, y él era un espectro que registraba cada movimiento suyo en la oscuridad del aula: un mechón de cabello cayendo dócilmente sobre los ojos de Leticia; su blusa de blonda semitransparente; la juventud de sus caderas curvas. 

 A los quince años con su cuerpo asimétrico y su cojera de perro, le brotó un bultito en la espalda. Se fue a mirar al espejo mientras se duchaba y vio una protuberancia que se asomaba tímidamente entre sus omóplatos del tamaño de un durazno. Asombrado, Claudio les contó a sus padres lo que había descubierto en la regadera esa mañana mientras comían, y su padre le pidió que se abriera la camisa:

–A ver, déjame verlo. Ponte bajo la luz para que pueda ver qué es –explicó el padre, colocándose las gafas y estirando la mano para tocarlo–.

Bajo la luz mortecina de la lámpara apareció algo semejante a un chichón amoratado sobre la línea de la columna, y el padre no pudo evitar abrir los ojos horrorizado y alejarse unos cuantos pasos.

–¿Acaso te golpeaste? –preguntó, mientras se limpiaba las manos con un pañuelo–.

–No, me salió solito. Empezó como una bolita que fue creciendo desde hace un par de días, pero hasta apenas hoy lo noté –replicó el muchacho un poco asustado–. ¿Es grave?

El hombre notó que el pequeño bulto se retorcía por debajo de la piel elástica como una sanguijuela cuando le ponían el dedo encima, y también hacía lo mismo cuando Claudio trataba de incorporarse y poner la espalda recta. Su madre simplemente cerraba los ojos y fruncía el ceño de asco tapándose la boca para no gritar. Exaltados, ambos padres decidieron llevarlo con un médico al día siguiente, pero no pudieron borrar de su mente la imagen horrible de aquella noche: la fotografía repulsiva de una protuberancia en la espalda de su hijo moviéndose parsimoniosa bajo los músculos.

Al día siguiente, después de muchos exámenes escrupulosos y una docena de radiografías y análisis, el pronóstico fue un tanto desolador para Claudio:

–Tiene una joroba. No hay otra explicación. Hay que operarlo de inmediato –añadió el doctor con una expresión grave en el rostro–.

Claudio, acostumbrado a su cuerpo débil y deforme de mantis después de vivir tantos años encerrado en ese traje de esperpento, accedió inmediatamente a arrancarse de encima ese bulto que lo hacía parecer un camello raquítico y que le aterraba tanto o incluso más que a sus padres.

–Quítemela, por favor, doctor; quítemela…–dijo–.

Mientras Claudio yacía entumecido boca abajo en la plancha del quirófano tras el letargo profundo de la anestesia, los doctores se apresuraron a extraerle la protuberancia. Al clavar el escalpelo en la turgencia de su espalda y dar el primer pinchazo, notaron que además de la sangre que emanaba profusamente había una gran cantidad de aire que salía de aquel orificio minúsculo, como si se tratara de un pequeño globo de látex desinflándose, lo que provocó un profundo silbido que hizo eco en todo el recinto: zzzzzzzzzzzzzzzzzt… cla… u… dio.

–¿Qué carajo fue eso? –gritó uno de los enfermeros, aventando el cubrebocas y salió de la sala, despavorido–.  

Una semana después, aún en cama, mientras su madre le cambiaba los vendajes, notó que la cicatriz en su espalda se comenzaba a cerrar y repasó los dedos tibios sobre los puntos de nylon. Por un momento se sintió aliviado y pudo respirar con tranquilidad, sintiendo cómo el peso que había cargado por tanto tiempo sobre los hombros se iba aligerando poco a poco. Era como si alguien se le hubiese trepado en cuclillas al cuello y ahora, después de la operación, simplemente hubiera desaparecido. Ahora sólo restaba concentrarse en la  cirugía de las piernas que había sido programada dentro de los dos meses siguientes y pedir un milagro al cielo. Quería caminar. Quería poder trepar hasta la copa de los árboles donde subían las ardillas como cuando era niño. Quería invitar a Leticia a bailar.

Cuando por fin se pudo calzar la camisa él mismo, decidió que era tiempo de tomar algo de aire fresco y salir al patio después de la convalecencia, y darle de comer al perro.

De pronto, empezó a sentir un leve cosquilleo que le nacía en lo más profundo del pecho, detrás de los pulmones, y le subía ágilmente por el cuello. Volvió a sentir el peso de plomo en su cuerpo, pero esta vez no en la espalda, sino detrás de la manzana de Adán. Era una pequeña protuberancia que empezaba a emerger a un lado de su laringe y le calcinaba la piel; el mismo bulto violáceo que al parecer le habían extirpado unas semanas antes. Corrió a buscar un espejo en el baño sintiendo el miedo en su corazón que brincaba aterrado entre las costillas, y al quitarse las manos del cuello, observó el pequeño balón tapizado de minúsculas venas que se infló más y más hasta alcanzar el tamaño de un puño, bajo su mandíbula.

–¿¡Qué diablos me está pasando!? –chilló Claudio, y revolvió el cajón bajo el lavabo del baño, buscando unas tijeras–.

Sin pensarlo, tomó el bulto con la mano izquierda apretándolo entre sus dedos y clavó las tijeras con tal fuerza que en la habitación retumbó el mismo silbido que se había oído en la sala del quirófano, al mismo tiempo que la sangre borboteaba en la herida: zzzzzzzzzzztttttttt… cla… u…dio. El joven quedó impasible tratando de entender lo que recién había escuchado, y al ver sus manos envueltas en el rojo de la sangre, se desplomó.

Fueron muchas las intervenciones que el muchacho sufrió con el paso de los años; muchos los hospitales donde se corrió la voz entre las enfermeras sobre el caso del joven que tenía un abultamiento que le caminaba todo el cuerpo bajo la piel; y también donde se consumió gran parte de su juventud. Los periodistas eran cucarachas que recorrían despavoridos los pasillos del sanatorio tratando de captar las primeras imágenes del chico. El canal de National Geographic incluso le ofreció grabar un programa acerca de su insólita enfermedad, a lo cual Claudio se rehusó pues consideró que la humillación recibida por tantos años al vivir encerrado en una burbuja de plástico había sido suficiente como para que todavía pudieran conocerlo miles de espectadores alrededor del mundo en vivo y a todo color. Cierto es que la gente en aquel entonces se atropellaba para poder verlo a través del vidrio de la puerta del sanatorio como si se tratase de la mujer serpiente o el hombre de dos cabezas. Hubo muchos especialistas que trataron de ayudarlo, provenientes de muy diversas partes del continente, pero la protuberancia nunca desaparecía. Un día se la desenterraban de una pierna y a la semana siguiente le volvía a salir en la nuca. Si le extirpaban el bulto de un brazo, le brotaba en el dorso de la mano, y así sucesivamente. A veces comenzaba como un cosquilleo bajo la lengua; otras veces como un dolor agudo parecido al pinchazo de una aguja y una pequeña verruga brotaba en su lugar, floreando un horroroso chichón. Así que Claudio, harto de tanto ajetreo y de la comida insípida de la clínica, y temeroso de que la turgencia le pudiera aflorar en la cara como un tercer ojo, decidió abrazar a su destino y no volvió a pisar ese lugar nunca más.

De modo que el muchacho pasó gran parte de su vida odiando su apodo porque sabía de buena tinta que era el alias de varios antepasados infortunados, y en cierta forma el mote le recordaba a un bisabuelo alcohólico que había muerto de cirrosis, un abuelo compulsivo que acumulaba trastos y cajas inservibles en pilas inmensas alrededor de las habitaciones, y a un tío muerto. Sin siquiera consultarlo, sus padres lo habían bautizado nombrándolo al igual que el tío desaparecido (que además de cojo era indigente), con lo cual acrecentaron sus múltiples penas.

Entonces ocurrió que, cansado de su tormenta, decidió darse a la búsqueda de un nombre nuevo que lo ayudara a cambiar su fortuna. Empezó por recorrer con gran dificultad las calles de la Ciudad de México coleccionando y copiando nombres ilustres en una libretita, pero se le ocurrió que la leyenda de un político asesinado o el cuento de un poeta colgado del alféizar de una ventana podrían condenarlo a repetir la misma historia funesta. No, no quería eso. Suficiente ya había tenido todos esos años. Después buscó incansablemente en las ramas de su árbol genealógico y encontró algunas ficciones sobre parientes que eran malhechores, familiares asesinados, primos que habían sido secuestrados, tíos lejanos que habían muerto de enfermedades poco comunes y hubo hasta caudillos que incluso lucharon a lado de Pancho villa y agonizaron baleados sobre pencas de agave o bajo los rieles del ferrocarril. Sin embargo, Claudio continuó buscando incansablemente un nuevo alias. Recorrió los barrios bajos, las librerías antiguas del centro y sus nombres novelescos, los callejones oscuros llenos de historia prehispánica, las cantinas, el registro civil, las notarías, e iba calcando los nombres que hallaba sobre placas de metal a su paso.

Claudio siempre fue un hombre aquejado. A menudo el sobrenombre le daba comezón en la garganta porque se le atoraba al pronunciarlo produciéndole una terrible carraspera y le inundaba el alma de rencor al recordarle las risotadas y los insultos añejos de los niños del instituto. Era tanto su coraje, que un día se armó de todo el valor que pudo y, harto de esa malaventura, se arrancó el nombre del cuello como una pluma de ave. De aquel orificio turgente brotó todo el mal contenido durante años que le corrió como un ventarrón por todo el cuerpo buscando una salida, aullando: claaaaau…u…u..di…ooooooooooooooooooooo…. Y cayó en un profundo sueño.

La idea le había venido en sueños. Al despertar lo primero que hizo fue correr a la cocina, abrió la gaveta de la alacena y sacó un bote lleno de harina. Del refrigerador extrajo algunos huevos y una poca de leche y manteca. Mezcló todos los ingredientes, amasó con los dedos una masa espesa por un buen rato, e hizo unas pequeñas magdalenas. Sobre cada una, escribió cortando con un cuchillo las letras de azúcar: Altaír. Al cabo de veinte minutos, la casa se impregnó con el olor de la vainilla y se halló sentado al comedor, frente a un plato blanco con unos cuantos bizcochos recién horneados, y se dijo:

Este es mi nombre: Altaír, pájaro que vuela alto…; Este es mi nombre: Altaír, pájaro que vuela alto…; Este es mi nombre: Altaír, pájaro que vuela alto

 Y entonces recibió su nuevo mote como al espíritu santo, y mientras devoraba hasta la última migaja, el apodo le iba penetrando en cada poro de su cuerpo. Así se regaló Altaír su nuevo nombre aquel día y se vistió con él, orgulloso de portar algo que por fin lo identificara y ya no ser más “el cojo”.

 En los días siguientes, Altaír se sintió aliviado de la carga tremenda que había llevado a cuestas por años. Su espalda se enderezó, sus piernas se engrosaron y se sintió como un hombre reinventado. Por fin se pudo levantar de esa cama de bronce en más de treinta años sin el apoyo de las muletas, y puso la planta del pie derecho sobre el frío azulejo, hasta que se incorporó en sus dos pies y pudo caminar por sí mismo, sin nadie que lo cogiera del brazo. La risa le germinó en los labios demacrados borrando su alma tenebrosa y el pelo se le tiñó de un color avellana claro, como si una ola de luz hubiera empapado su rostro de pronto. Al mudar de alias no sólo le cambió la apariencia, sino también el carácter, y se volvió un muchacho robusto, feliz, y de huesos anchos; fuerte, atlético. Ese mismo día siguió mutando una y otra vez de cuerpo tantas y tantas veces, y capa tras capa de aquel ser horrendo se le iba cayendo como la piel de una cebolla hasta que un hombre de gran belleza se reveló ante sus ojos. Tanto cambió que al regresar sus padres y descender del coche y entrar en el vestíbulo, viendo a Altaír inmóvil, vestido en bata y sin zapatos, con un brillo inusual en sus pequeños ojos de cobayo, no lo reconocieron.

–¿Y usted quién es? ¿Qué hace aquí? –preguntaron sus padres, aterrados–.  

Por primera vez, Altaír se sintió libre como un pájaro volando en lo alto del cielo.

 © Rigatito Némesis, 2013. 

ojos raros

One Comment

  1. Hermoso, a veces el alma también necesita mudar de apariencia. Nunca me ha gustado mi nombre pero creo que no me deforma, al contrario me hace ver como un Ángel


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