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XXVIII: La Ligaterna

 

A mi mamá Hilda.

 

 

Desde que tengo uso de razón, siempre temí horrores a las lagartijas. Las veía correr deprisa en el patio trasero en la casa de mi abuela, escondiéndose entre las hojas de la higuera y brincando con gran destreza por las ramas del chabacano, trepando por los muros altos o comiendo mariposas blancas, y sentía un correr de hormigas subiéndome en tropel por el brazo que me erizaba hasta el más mínimo vello en mi cuerpo. Desde que tengo memoria, la palabra “lagartija” siempre tuvo connotaciones negativas en mi vida, pues a menudo la relacionaba con algo asqueroso, con el dolor de su mordedura venenosa (cosa que para un niño de cuatro años era bastante admisible, pero que algún tiempo después descubrí era falso) y con mi secuestro.

Mis padres empezaron a tener problemas casi al año de que yo naciera debido a los continuos engaños y a las escapadas nocturnas de mi madre. Se había fugado un centenar de veces con tipos desconocidos que conocía en la calle y que iban a esperarla en su camioneta a la vuelta de la esquina, en plena madrugada, para reaparecer unos días después como si nada hubiera pasado. Mi abuela, que con el correr de los años no tuvo otra opción que revestirse con el atavío de madre, me brindó la seguridad de sus faldas a cuadros marrones, y cada vez que veía pasar una lagartija corriendo desesperada por el jardín y gritaba asustado «¡ahí viene la lagartija!, ¡ahí viene la lagartija!», aferrándome a sus enaguas para que me cargara, mi madre me extendía la mano y me sujetaba recio para no dejarme ir. La sensación de seguridad que me brindaba ese simple gesto es inexplicable. No hubo monstruos de ojos saltones con cuernos y baba radiactiva bajo mi cama en mi infancia que pudieran perturbar mis más tiernos sueños o me despertaran con un sudor frío por las noches; en cambio, tuve lagartijas que me recordaban a la madre fugitiva que, muy de vez en cuando, veía acostada como un ser extraño que dormía hasta altas horas del día y se pintaba los labios y las uñas del color de las cerezas en aquella cama polvorienta. Fueron muchas las veces en que ella regresaba a casa con la cabeza gacha, a veces golpeada en el rostro por sus amantes o con la ropa hecha jirones, el pelo revuelto y sin un centavo, y mi padre la perdonaba en silencio con el corazón lacerado; la tomaba de la mano, la llevaba al cuarto y entonces le abría de nuevo la puerta de nuestro hogar.

Alguna vez, como a los cuatro años, jugando con mis playmobiles en la mesa de centro de la sala sin querer escuché una conversación de adultos y noté que mi abuela-madre la llamó “casquivana” cuando platicaba con las visitas. Sin saber siquiera lo que en realidad significaba aquel mote, desde ese entonces ella se convirtió para mí en “la casquivana”. Esa palabra me asombró desde el inicio y me la pasaba repitiéndola como un loro todo el día. «El perro es casquivana; no me gusta la casquivana caricatura; dame dulces, casquivana». Se me hacía una palabra fuerte, graciosa, pero sobretodo desconocida y extraña, tal como lo era mi madre para mí en ese entonces: una presencia chocante que pasaba de largo por mi casa y se comía nuestra comida. «¿Cuándo viene la casquivana a casa, papá?», le decía a mi padre, y éste, enojado, me decía «Te voy a coser la boca si sigues diciendo esa palabrota», me daba una nalgada y se encerraba en el cuarto a llorar como un niño y a echarse un trago. Como ya no podía decir “casquivana” en aquel entonces por temor a que me zurcieran la boca, y dado que la única palabra más cercana en mi léxico precario que me podía causar un cierto tipo de repulsión era “lagartija”, la madre fugitiva se convirtió con el tiempo en “La Lagartija”. «¿Por qué no me quiere la lagartija, mamá?», le decía a mi abuela, y ésta me contestaba «no, hijo, no se dice la lagartija; como sea ella es tu madre» y me arropaba entre sus brazos.

La verdad es que aprendí a tolerar un poco más a las lagartijas con los años, que aunque ellas no merecían toda la culpa de las sandeces y los deslices que mi madre a menudo cometía, siempre les guardé un cierto recelo en lo más profundo de mi ser. Tanto que la última vez que alcancé a ver una pequeña lagartija corriendo por el jardín, hace ya casi veintiséis años, no dudé en aplastarla con una roca enorme que sembró a la criatura en la tierra y le rompió los huesos, dejando una mancha de sangre esparcida en el pasto que nunca olvidaré.

Un día mi madre se escapó. Salió como una gata de la noche sin hacer el menor ruido por una ventana de la sala, toda ella sigilosa, y desapareció sin decir adiós. No se llevó nada, sólo la ropa que llevaba puesta y su bolso repleto de maquillaje. De tal suerte que a partir de ese momento quedamos desamparados, mi padre y yo, y nos quedamos solos a la deriva en ese cuartucho polvoriento como en una isla. Mi abuela-madre, que a menudo había velado mi sueño, se convirtió simplemente en “mamá”. Con el tiempo mis padres se separaron, era un ir y venir de los tribunales, vinieron muchos cambios en el cuartucho con láminas de cartón donde vivíamos en casa de los abuelos junto a la higuera, muebles se fueron y otros los reemplazaron, y mi padre se refugió cada vez más en el alcohol y en el trabajo, siempre trabajando para mantenernos y poder olvidarla.

Aunque no lo parezca, fui muy feliz en aquellos años. Mi mamá me llevaba al kínder tempranito, me hacía de comer, me picaba papaya con limón y azúcar, me compraba chucherías en el mercado, juguetes de plástico, canicas de muchos colores y algunas con ojo de gato, cajitas de playmobiles que olían a cartón nuevecito, y recuerdo estar tirado sobre mi estómago en una colchoneta vieja viendo el televisor los domingos junto a mis tías-hermanas y mis padres-abuelos. ¿Qué más podría pedir un niño de cuatro años al que nunca quiso su madre fugitiva si no amor?

La antepenúltima vez que vi a La Lagartija (y digo antepenúltima porque la vi una penúltima ocasión a los seis años cuando me acosó a la salida del colegio para tratar de raptarme de nuevo y pedir rescate, o la última cuando me llamó por teléfono veinte años después para agendar una cita y charlar sobre nuestras vidas en un café), fue una vez que me quedé al cuidado de una de mis tías-hermanas. Mientras jugaba en el patio de la casa, escuché a lo lejos que alguien llamaba a la puerta. Era ella. De alguna forma ya lo presentía. Venía vestida de jeans de tubo y con el pelo recogido, con la excusa de haberme comprado algo de ropa y algunos juguetes, pero al verla, más que sentir amor, sentí miedo. El cuijo de mi corazón golpeaba sus puños contra mi pecho. «La Lagartija, La Lagartija…», grité, pero ya era demasiado tarde, porque de un solo empujón ella y su amiga asaltaron la casa, y mientras la mujer sometía a mi tía-hermana y la maniataba, La Lagartija aprovechó el descuido para arrebatarme de aquella vida. No recuerdo mucho, pues algunas de mis más tiernas memorias después de tantos años aparecen rodeadas por una densa bruma de olvido y de espanto, pero sí recuerdo haber visto cómo La Largatija me cogió por la cintura y me trepó a un carro negro que bajaba a toda velocidad por la calle, y la imagen de mi tía-hermana gritando desesperada, pidiendo ayuda a través del medallón del auto, mientras aquella horrible mujer la sujetaba firmemente del cabello. En la confusión, creo que empecé a llorar y a suplicar por mi vida en ese momento, y les pedí de favor que me regresaran a mi casa, vomité sobre el piso del auto, pero quizás me quedé dormido en pleno llanto hasta que me desmayé. Fue un rapto que duró casi un año.

Hace cuatro días, veintiocho años después de mi secuestro, al bajar las escaleras por la mañana encontré una pequeña lagartija de unos cuantos centímetros que estaba escondida tras una maceta. Quizás estaría cazando hormigas y moscas impulsada por el hambre. Al principio dudé en acercarme a ella siquiera como presintiendo el peligro que unos pasos más adelante me acechaba, e incluso intenté gritarle a David para que viniera a atraparla, pero no me escuchó. Al encontrarnos cara a cara, ambos nos miramos con cierta curiosidad, inmóviles, ella giró su diminuta cabeza hacia mí y pude entonces observar sus ojos de miedo. Noté que su corazoncito palpitaba deprisa bajo su torso recubierto de piel áspera y grisácea, y que los músculos de sus patas estaban contraídos y listos para emprender la retirada en cualquier momento. Traté de no hacer ningún movimiento brusco, me aproximé unos cuantos pasos hacia ella, pero debido a mi miedo absurdo de la infancia no quise siquiera tocarla. Así que busqué entonces una servilleta, la cogí por las patas y entonces la solté en el jardín; la infame corrió a camuflarse entre las plantas.

Pasé dos días buscando a la diminuta lagartija entre las hojas y debajo de las rocas. No quería pisarla por un descuido y cargar con otro crimen en mi conciencia, y cada que salía al patio a lavar la ropa caminaba con gran sigilo, buscando en cada pisada y rincón a la susodicha. Pero ayer muy temprano, cuando ya mis esperanzas se habían consumido, la vi haciendo sus ejercicios matutinos de calistenia sobre la hoja ancha de una begonia, y al verse observada, rápidamente trepó sobre la pared para desaparecer bajo el calentador de la casa.

Me di cuenta que ese insignificante reptil que tanto miedo me causó en mi niñez y que constantemente inundaba mis pesadillas de miedo quizás estaba más asustado que yo al verme, y que no era venenosa como las arañas del Amazonas como yo había imaginado. Hoy temprano al buscarla de nuevo, ya no encontré a la lagartija. Lo último que supe de ella es que ayer estaba encaramada en un tiesto de flores y que mi perro la perseguía. No sé si éste se la haya tragado o si decidió por fin marcharse y emprender el regreso a casa.

Cierto es que algunos miedos de nuestra infancia a menudo corren y desaparecen como el cuijo entre la hierba, que mueren cuando uno despierta envalentonado un día y entonces aprende a enfrentarlos y los aplasta de un zapatazo, pero también existen otro tipo de lagartijas mucho más grandes y poderosas que corren sin cesar por nuestra memoria sin que el paso del tiempo pueda vencerlas. La verdad le fui perdiendo el miedo a La Lagartija con los años, y la última vez que vi a aquella mujer de cuarenta y tantos años cruzando la puerta de cristal en el restaurante, con la cara deslucida y marcada por el sufrimiento de una vida licenciosa que aparentaba ser el de una mujer mucho mayor; cuando vi mi propio rostro reflejado en el de ella, las mismas facciones, la misma boca y los mismos ojos, sentí pena. Quise ayudarla, quise conocerla más en esas cuantas horas que pasé tomando café con ella y escuchándola bajo la luz neón, quise adivinar sus razones, saber de aquella desconocida que estaba sentada frente a mí en el comedor, pero era obvio que ella ya había elegido su propio camino.

Sin duda alguna, me quedo con la madre que me tocó escoger en esta vida.      

© 2013, Rigatito Némesis  

lagartija

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