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SERENA 

 

Cuenta la gente del pueblo que cuando Serena estaba presta a venir a este mundo y apenas faltaba una semana para su nacimiento, se oyó un trueno sobre el cielo de la campiña que rugió como un león con gran fuerza, y el estruendo fue tal que no se vieron pájaros en el cielo por semanas. Era el tiempo de los aguaceros bíblicos que desbordaban presas con su terrible plañido, arrasaban bosques de flamboyanes y ahogaban aldeas enteras a su paso.

El día de su desgracia, la madre de Serena regresaba de su jornada muerta de cansancio. Venía arrastrando los pies que le pesaban como columnas de cemento. Trabajaba de sirvienta en una hacienda cercana y le dolían los dedos de tanto pelar ajos y fregar los pisos. Dicen que la mujer se detuvo en el camino a respirar el olor añejo de la tierra húmeda que se levantaba desde el pasto como el heraldo de la tormenta en la cercanía, y recordó que había olvidado preparar la cena, así que apretó el paso. Mientras avanzaba con rapidez a través del páramo e iba arrastrando los huaraches de hule contra las piedras, sintió los dedos del viento destrenzando su largo cabello que le llegaba hasta la cintura, de donde saltaron una docena de chispas que parecieron incendiar el cielo cárdeno al contacto con la atmósfera. Nunca supo cómo fue ni en qué momento, pero al parecer de entre las nubes se dejó caer un rayo que golpeó como un látigo ardiente sobre su menudo cuerpo, atraído quizás por el pararrayos de su trenza. No fue sino hasta un par de horas más tarde que unos campesinos la encontraron flotando desnuda a la orilla de un río y se la llevaron cargando hasta su choza.

Por fortuna, el cuerpo gestante de la madre sobrevivió al aguijón de fuego, pero el relámpago le había penetrado la mollera y le había escapado por uno de los dedos del pie, calcinándole los vellos del pubis y las pestañas. También cuentan que con el correr de los días el cabello se le volvió metálico y los ojos cansados se le llenaron de cataratas por el flechazo de luz. Aun cuando la criatura no sucumbió en el accidente ni tampoco sufrió daño alguno dentro del marsupio de su madre, su tez de mulata sí cambió. Su dermis se tornó extranjera y violácea como la piel de las ciruelas, lo que en su juventud despertaría el anhelo de los hombres del pueblo y le granjearía la envidia de muchas mujeres. Fue así como Serena, hija del trueno, arribó a este mundo sorprendiendo a curiosos y extraños con ojos incendiados del color del ámbar, y se convirtió en la criatura más encantadora que haya florecido en aquellas regiones del país. Tenía el nombre de un cielo sin nubes, del mar en reposo.

De alguna forma sus padres siempre supieron que Serena era una niña diferente. Y lo supieron no por la belleza extraordinaria de su piel malva que la hacía resaltar del resto de las mujeres al igual que una flor bucólica abriéndose paso entre la nieve, sino porque muy rara vez pronunció palabra alguna hasta cumplir los ocho años.

Desde muy pequeña, Serena se mostró reacia a cualquier contacto humano. Era un animal salvaje que escarbaba la tierra con los dedos buscando piedras de colores y sabandijas, y mordía la hierba como un potro. Al igual que otros chiquillos de la aldea, le gustaba galopar descalza por el monte y arrancar cosmos desmayados por la lluvia. Pero al contrario de los otros niños, ella nunca dormía en casa, sino en el corral de los caballos. La verdad es que la niña se sentía más a gusto hablando el lenguaje de los animales que el de los hombres, y aprendió a hablar pájaro a los diez años. Estudió el canto de las aves, sus gorjeos y su piar, y podía predecir con gran destreza si caería lluvia abundante esa temporada o si habría sed en el campo. 

–Este año tendremos sequía –dijo–.

–¿Quién te ha dicho semejante cosa, Serena? –preguntó el padre asombrado, pues era la primera vez que escuchaba hablar a la niña en mucho tiempo–.

–Las aves. ¿Ve cómo vuelan en parvada escapando de la mano del viento?

–Sí

– Es que están escribiendo mensajes en el espejo del cielo. 

–¿Y qué dicen?

–Que no habrá ni una gota de agua en todo el valle.

No obstante, a pesar de sus habilidades de adivina y de poder leer el augurio de las aves, la gente la observaba transitar por el pueblo como una criatura errante a una distancia prudente, pues sus ojos amarillos les producía un terrible escalofrío. Durante años se rumoró que el mismo diablo la había tocado con el rayo, arrancándole la lengua aquella noche en la tormenta. De modo que su madre, para evitar el cotilleo incesante de las vecinas que la tenían más que harta, se dio a la tarea de educarla ella misma en las labores de la casa y la preparó en el arduo artificio de ser mujer.  

–¡Niña tonta! ¿Quién te dijo que los ajos se pelan así –dijo–. Debes aprender a ser buena esposa.

A pesar de los castigos dolorosos que a menudo la madre se inventaba para hacerla hablar, ya fuera quemándole los brazos con cera caliente o encerrándola en casa por semanas, Serena no tuvo ánimos de articular sonido alguno y el instrumento de su garganta se desafinó con el tiempo. En algún punto de su trágica historia, los padres de la muchacha llegaron a creer que esa chiquilla desnutrida en verdad había perdido la voz por completo de forma misteriosa, pues nunca rechistó ni una sola palabra cuando su padre la tomó de la mano un día y la trepó en el lomo de una mula, llevándola al monte para venderla con un hombre veinte años mayor que ella.

–¿Qué opina? –dijo el padre, arrimando a Serena para que el hombre pudiera examinarla más de cerca–.

–Pues la verdad está muy delgada la chiquilla y tiene un busto de pichón que apenas si se asoma, aunque sus dientes están blancos como conchas –respondió el hombre, hurgando en la boca de la niña con el dedo–.

— Pero las ancas de india son buenas para sembrar hijos –se apresuró a responder el padre–. Y además puede predecir el temporal.

–Sí, puede ser que tenga usted razón.

–Obedece a tu esposo siempre, Serena. Sé buena mujer –sentenció el padre–.

–Tres mil pesos tal como lo habíamos acordado, ¿cierto? –preguntó el hombre, sacando una bolsa de cuero con monedas de entre sus ropas–. Ahí está mi parte del trato. Cuéntelo.  

–No hace falta, jefe –dijo el padre–. Somos hombres de palabra, ¿qué no?

Así, sin más ni más, el viejo se dio la media vuelta y se alejó contando el dinero con el corazón contento por un camino de terracería, para desaparecer detrás de un cerro.

Aquella mañana, sin embargo, Serena permaneció afónica todo el trayecto hasta su nueva casa y no movió los labios mientras iba sentada sobre la carreta. Mientras él la iba tanteando con sus dedos bajo las bragas e iba preguntándole sobre guisos y artes culinarias, ella miraba en silencio el matiz encarnado de los mirasoles que apuntaban boquiabiertos al cielo tragando las primeras gotas de lluvia. Ese hombre tosco era Genaro, el hombre que milagrosamente le devolvería la voz a puntapiés en los años venideros.

Al cabo de un tiempo, el espíritu silvestre de Serena cedió bajo el yugo de su amo al igual que su juventud de leche, y esa mujer se volvió una hembra dócil, casi igual de mansa que un perro. Jamás se supo que se quejara de algo, porque sabía de antemano que de haber chistado una sola palabra aquella tarde, de haberle pedido que recordara sus deberes matrimoniales que tanto había jurado en el altar cuando se casaron unos años más tarde en el pueblo, habría perdido hasta las muelas. Ya antes había tenido que escapar bañada en sangre y había corrido a refugiarse en el hogar cercano de una comadre. Pero Genaro siempre la iba a buscar hasta el mismo infierno con pistola en mano y la sacaba de donde estuviera escondida. Sólo bastaba con peinar el aire con su olfato minucioso y de inmediato ubicaba el rastro en la brisa, y entonces la traía de vuelta, arrastrándola por todo el camino, hasta que por fin la metía a empujones y la pobrecilla, con la boca atragantada de polvo y los codos arañados por las piedras, se guarecía como una gata asustada a llorar bajo la cama.

–Genaro, mi amor, yo te amo… ya no me pegues, por favor –pedía la mujer, abrazándose los pechos–. Te lo ruego.

–¡Cómo chingados no, tú eres mi mujer y aquí haces lo que yo te diga! ¡faltaba más! –gritaba Genaro, mientras picaba con la escopeta bajo el colchón como si se tratara de un arpón ballenero–.

Así que Serena se clavaba una flor en el pelo para apaciguar el alma de Genaro y pasaba las tardes desviviéndose en atenciones maternales para su esposo, procurándolo con gran dulzura en todo momento y viéndolo sorber la sopa caliente.

–Esto sabe a mierda. A ver si aprendes a cocinar, pendeja –le dijo, aventando el caldo contra la pared de la cocina y saltó enfurecido sobre ella, lanzándola de un manotazo contra el muro.        

Esa misma noche, bajo el fulgor de un quinqué de aceite que alumbraba la habitación, Genaro decidió perdonarla en silencio y sintió entonces unas ganas tremendas de hacer el amor bajo las sombras que bailoteaban en el techo.

–Flaca, ¿estás despierta? –le dijo–.

Sintió el cuerpo tibio de Serena al otro lado de la cama, acostada de espaldas, y lanzó el gancho de su brazo para atraerla contra su pecho. Notó que la muchacha estaba indispuesta, que refunfuñaba algo extraño entre sueños, que le rechazó las caricias al primer intento pues le dolían los pechos al apretarla contra su cuerpo, pero no le importó. De pronto, el hombretón la montó como a una yegua tratando de iniciar los primeros movimientos del amor, y Serena lo rechazó con la fuerza de su brazo y sus codos, aventándolo a un lado.

–¿Ahora qué chingados te pasa, eh? –gruñó Genaro, abriéndose la cremallera del pantalón–.

–Nada –respondió ella–. Tengo la garganta seca.

Serena se levantó de la cama y fue entonces a la cocina. Al fondo de una de las gavetas estaba escondida una botella de alcohol que sólo utilizaba en contadas ocasiones cuando horneaba los pasteles que tanto le gustaban al esposo, así que la abrió y le dio un gran sorbo. Aquella noche, sin embargo, se dio valor tomando tequila para amarlo en la penumbra del cuarto y hundir la cara en ese pecho lanoso. Su barba le picó el escote, tensando todos sus nervios al instante, y sintió el asco de una lengua recorriendo su cuello, besándola. Bajo la carne de aquél hombre monstruoso le ardieron las entrañas. 

Genaro despertó al primer cacareo del gallo. Le pidió a Serena que le prepara el desayuno. «¡Muévete!», le dijo. Se lavó la cara y los sobacos con el agua de una palangana, se puso una camisa limpia, y partió rumbo a la hacienda, con su mula a un costado. Ella se quedó en la puerta mirándolo con su cuerpo yerto y los ojos mirando al vacío, como si el alma se le hubiera desinflado por el ombligo, viéndolo alejarse cada vez más y más hasta que el hombre fue sólo un punto apenas visible en el horizonte. Después, la muchacha se recogió el cabello con la ayuda de algunas horquillas y se fue a lavar la ropa al río.

Entonces sucedió que, dos días después, a Serena se le ocurrió bajar a la aldea a comprar provisiones. Desde que se le empezó a marchitar la vida a lado de aquél hombre horrendo, el recuerdo del pueblo con su plaza amplia y su quiosco de hierro forjado, sus tiendas de raya y sus ancianos vestidos con calzones de manta, comenzaba a ser tan vago como una fotografía en sepia en un periódico carcomido. No había vuelto a pisar ese lugar en más de ocho años, y no porque lo tuviera prohibido, sino porque ella conocía a la perfección los ataques de celos que Genaro sufría cuando otros hombres se le acercaban para ayudarla a cargar las provisiones. Era tal su delirio, que la enfermedad podía tumbar a Genaro en cama durante semanas, o la boca se le iba de lado, o las anginas lo ahorcaban, o los ojos se le enyerbaban de derrames. Parecía un perro con rabia. Así que prefería evitar esas escenas. De modo que aquel día la muchacha aprovechó la ausencia del esposo para vestirse con las mejores ropas que tenía, se envolvió un chal alrededor de los hombros cubriendo la cabeza, tomó el dinero de una lata de café en la alacena, y se fue caminando, cuesta abajo, hasta el pueblo.

El primer lugar que Serena volvió a visitar y que al principio no reconoció del todo fue la iglesia. Enormes setos bordeaban el atrio bajo los árboles, y una fuente de piedra con querubines labrados escupía el agua a borbotones. La muchacha fue a persignarse frente a la puerta y luego se sentó en el primer escaño. Pidió por el perpetuo descanso del alma de su madre, muerta hacía ya tanto tiempo, pero le reprochó en silencio que no tuviera el coraje suficiente para defenderla cuando la arrancaron de sus brazos. No pudo evitar sentir rencor para su padre que llevaba años enfermo, pues recordó el precio que había cobrado al venderla aquel día en el monte, por lo que no hubo plegaria alguna para su alma. «Ojalá se queme en el infierno, tata», pensó. En cambio, pidió a los santos que Genaro pudiera reprimir un poco más su naturaleza brava, que ya no le floreara la boca; que no la dejara tirada, ahogándose en charcos de sangre. Se dejó llevar por el olor penetrante del incienso y la cera de las velas derritiéndose a los pies de una virgen, y cerró los ojos.

Al salir del templo, vio a las parejas de novios que marchaban alegres hacia la plaza y se iban a comer viandas en las bancas alrededor del quiosco, mientras una banda de viento tocaba en lo alto de un escenario improvisado. Sin embargo, pudo descubrir un rostro familiar entre la multitud, a lo lejos. Bajo la sombra espesa de un sabino había una pareja besándose. Pudo percibir que las ropas de algodón y el sombrero eran muy parecidas a las de Genaro esa mañana, que bien podrían haber sido como las de cualquier otro hombre en la plaza, si no fuera por el cinturón de cuero azul que siempre portaba su marido y con el cual le había aporreado la espalda en varias ocasiones. «Tiene que ser él, no hay duda», se dijo. Temerosa al principio, pero después con una gran resolución, Serena serpenteó hasta donde estaban sentados los enamorados y se puso a espiarlos detrás de un árbol. Sólo entonces cayó en la cuenta de que el esposo le daba la vuelta con una india del pueblo, una chiquilla tonta de cuerpo de pájaro que parecía estar hechizada con los galanteos del hombre. Entonces sintió que la boca se le encharcaba con el sabor amargo de la bilis y deseó tener un revolver para clavarle una dumdum en el pecho. «Ese malnacido no sabe con quién se ha metido», se dijo. Era tanto su cólera, que los ojos se le abrieron como faros y se le cubrieron de diminutas vetas purpúreas, ahogados de rabia. Luego entró a un almacén que tenía los anaqueles repletos de numerosas mercancías y compró todos los víveres que necesitaba, junto con una caja de veneno. Una hora más tarde, ya en casa, Serena estaba apurada en la cocina horneando un delicioso biscocho.  

Aquella tarde funesta, sin embargo, Serena perdió el sentido del olfato. Cuando Genaro se quitó el sombrero y abrió la puerta de un manotazo, el olor a pan recién horneado le golpeó las narices, abriéndole el apetito. No pudo resistir la tentación y corrió a clavar su dedo en el betún añil, llevándoselo a la boca. «Espera a que se enfríe», lo reprendió en el acto, esbozando una sonrisa perversa que apenas pudo difuminar tras un semblante radiante. «Anda, ve a lavarte las manos», le dijo. Genaro tenía la mirada de un niño, ansioso por probar la suave torta deshaciéndose lentamente en su boca, e incluso se apuró a sacar los platos polvorientos de la alacena y puso los cubiertos que tenían sobre la mesa. Quizás la enorme dulzura y el amor ilusorio en los ojos de Serena aquel día habían logrado hacer milagros, templando la naturaleza feroz de ese hombre tosco. La comida le había vuelto a recordar el fogón en casa de su madre mientras le horneaba galletitas de cacahuate y tartas rellenas de manzana. Para su desgracia, Genaro se tragó el cuento de que la fiera que dormía agazapada en el corazón de Serena había sido domada por completo, y por un instante pensó que su mujer al fin había comprendido cuál era su lugar en aquella casa.

Afuera, el viento ronroneaba en el mosquitero de la puerta, y Serena la cerró de un sólo golpe.

–Hay muchos gorriones piando en los árboles –dijo la muchacha–. Se avecina una gran tormenta.

–No es un buen augurio entonces –respondió el hombre–.

–Ya lo sé. Será una mala noche sólo para unos cuantos –dijo–.  

Serena encontró en el augurio de su trinar que el desastre llegaría.

Cuando terminaron el ritual de la cena, la mujer recogió los platos y le pasó el cuchillo a Genaro para que hiciera los honores. El hombre se dispuso a cortar el pastel con gran frenesí y reservó un gran pedazo para sí mismo. No había terminado de darle el tercer mordisco a la torta cuando un sudor frío le empezó a caminar por el cuerpo, bajo la piel, haciendo que su estómago se crispara del dolor. La ponzoña le había mordido el pecho, sujetando su corazón entre sus dientes, sofocándolo.

–Maldita india, ¿qué me hiciste? –chilló Genaro, llevándose las manos al pecho–.

El hombre caminó algunos pasos estirando su brazo, tratando de alcanzar a Serena que sonrió impávida a su amo, pero ésta dio un brinco hacia atrás y él cayó de bruces sobre la plancha de cemento, inconsciente. Serena creyó que había muerto y corrió de inmediato a buscar una sábana del ropero. Empezó envolviéndolo por la cabeza para cubrir su horrible cara de espanto con los ojos de pescado llenos de miedo, y luego amortajó el torso que le tomó un poco más de tiempo debido a la amplitud de la espalda. Mientras le quitaba los huaraches de cuero, sintió que una mano rústica la tomaba por detrás, arrancándole los cabellos.

–¡Suéltame! –le ordenó, mientras su blusa se hacía jirones–.

La mujer clavó sus dedos de india salvaje en las cuencas de Genaro como dos aguijones (quien aulló de dolor), y un ojo botó de repente como un tapón de corcho sobre la cara del hombre, el cual quedó colgando de un fino hilo de seda cubierto de sangre.

 –¡Ya muérete! –le dijo–. 

Lo vio por última vez tendido boca arriba y con las fauces abiertas sobre el piso de la cocina. Tenía las órbitas del color de la carne viva, y se guardó la canica blanquecina en el bolsillo del delantal. Salió de la casa caminando despacio bajo un cielo púrpura y se sacudió el cabello cubierto de polvo. Al pasarse la lengua por los labios secos la boca le supo a plasma; entonces sintió un sabor ácido y metálico que le recorría la garganta. A lo lejos se podía oír el ladrido de unos perros corriendo despavoridos por la calle, entre las pencas. Por último, la muchacha entró en el corral de los pollos, que se arremolinaban en torno a ella impulsados por el hambre, hurgó en el fondo del bolsillo, y arrojó el ojo de seda entre las zancas de los pollos, que picotearon el globo con desesperación hasta reventarlo.

Cansada y con el cuerpo entumecido, fue a recostarse a su habitación. Era tal el dolor que traía acumulado sobre los hombros que no pudo evitar caer rendida sobre el catre y se durmió profundamente, casi de inmediato, dejándose caer en la densa bruma de su realidad.

En su sueño, Serena pudo olfatear el aroma de la hierba fresca creciendo bajo sus patas y el hedor agrio del estiércol de algunas vacas pastando en la cercanía. Tuvo la intención de olvidar todo cuanto había hecho aquella tarde en esa casa maldita, dejar el cadáver tumefacto sobre el piso de la cocina con la sangre todavía caliente. Al cabo de un largo rato, empezó a reconocer algunos sonidos en el ambiente que le llegaban al azar desde todas partes dentro de aquel espejismo donde se encontraba atorada (el rebuzno de un asno quejándose; el tamborileo de las pezuñas de un caballo corriendo a todo galope por el campo), y alcanzó a oír su nombre, murmurado dulcemente al oído en una voz de niña: «Serena, despierta». De pronto sintió unas manos de hombre que le acariciaron el lomo y que le propinaron una tremenda nalgada a la altura de las ancas tratando de despertarla. Quiso seguir durmiendo, deseó seguir anclada a la cama sintiendo el calor de las sábanas bajo su cuerpo maltrecho, pero esta vez el golpe enérgico de un fuete en las costillas la obligó a abrir los ojos de repente, calcinando sus pupilas de ámbar al chocar contra una luz de espanto.

Cuando Serena intentó hablar y preguntarle al capataz dónde se encontraba, un relincho grave brotó de su boca, y sintió que los labios carnosos se le ponían cada vez más pesados y se retorcían sin control sobre una pared infinita de enormes dientes. Sintió que la crin de su cabello se ondulaba al soplar el viento, y alcanzó a divisar una cola que brotó a un costado y se movió de forma autónoma, espantando a las moscas que bajaban a beber gotas de linfa en su negro pelaje.           

Cuando por fin Serena despertó de la duermevela y cobró conciencia de que había estado durmiendo todo ese tiempo, giró la cabeza tratando de enfocar con sus orejas cuanto sonido se escuchaba en el corral, y vio la vida desde sus preciosos ojos equinos mientras comía hierba. Aquella mañana, Serena soñó que era una mulata que podía ver a colores.

© Rigatito Némesis, 2014.

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